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Cupones bursátiles
La semana amaneció focalizada en un solo asunto, el de la «no-solución» para Grecia. Y ahora ya se está en la fase del conteo regresivo, donde la mecha se acaba: y explota la carga. Demasiadas presiones, discusiones que llevan de ninguna parte a la nada, donde los políticos griegos se aferran a no poner en riesgo su poder -frente a revueltas sociales- y la Comunidad Europea procura que se muestre un esencial principio de disciplina y de respetar condiciones, que liberen el dinero concedido. Siempre vuelve a estar vigente el ejemplo del valiente caballero con una espada clavada y que al agonizar decía: «Si me la quitan me matan, si me la dejan me muero...».
Si firman el ajuste pedido, todo tambalea en Grecia. Pero, si no lo firman, van derecho al «default». Lo que podría esperarse -al menos, lo que destaca- es que se efectúe un simulacro de acuerdo, donde ambas partes se saquen la foto -los «hacedores de imagen» del mercado lo publiciten, como un gran estímulo, y después..., que Dios lo ayude-.
Acontecimientos que todo lo gobiernan, simple posibilidad de intuirlos -a riesgo del acierto y del error- para que los focos se desvíen de Grecia por cierto lapso y aparezcan en escena otras siguientes joyitas, que están en espera. Bernanke se desespera por «dinámica fiscal insostenible», Krugman solicita que los europeos produzcan una porción de «inflación buena». En medio de esta selva, las Bolsas deben seguir palpitando, rueda tras rueda, afirmándose en la idea de que en ellas cotizan activos, empresas, la base misma de las economías.
Y que deberían poseer más valoración, cuando se ingrese a una zona de acontecimientos que sean regidos desde los centros naturales. Por ahora, será la sucesión de disfrutar de ciertos placeres de una noche, que se pagan a la mañana. Muchas veces, entre un loco y un soñador, se arman buenos negocios. (Después de todo, la Bolsa tiene alma de bohemia y, en su historia, lo probó siempre.)


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