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Cupones bursátiles
Las demostraciones sobran, entre martes de rebotes entusiastas (apoyados sobre pompas de jabón) y la pendiente del miércoles nada quedó de rescatable. Y todo pasó como algo natural, acostumbrado, así como en cualquier momento -y unos cuantos lo esperan- en el mortecino junio de nuestro recinto surja como un rayo la semana «fantástica» que deja ocho, diez por ciento de diferencia para -del mismo modo- evaporar toda intención alcista y de volumen de negocios. Nadie se asombra de ello, salvo los que no entienden cómo es que sucede (como nosotros) y sin otro motivo a la vista que la decisión de los que pueden dar forma al mercado, con la actitud y los recursos para decidirlo.
Jugar en el corto plazo es cada vez más un campo «minado» donde el que se equivoque al poder el pie se verá volando y contando pérdidas. A menos que... se pueda interceptar la señal antes de que todo comience (y un rato antes de que se diluya).
Seriedad perdida
Entre tantos ejercicios atravesando la crisis de las eco-nomías, el mercado global -inclusive el que se considera líder clásico- vino perdiendo capacidad de negocios bursátiles. Pero, junto con ello -y la necesidad de crear movimientos- lo que se ha perdido por el camino es la seriedad.
Por ahora pueden modificar en el plazo corto y no la tendencia, aquella que se tropieza en cada tramo con la realidad de economías sin soluciones. Cada uno es «arquitecto de su propio destino» (tal lo dejó grabado Nervo) y en lo bursátil también el concepto es válido.
El amante del riesgo extremo posee el campo libre, para intentar acertarle a los golpes alcistas y eludir los de baja. Para los más prudentes, con pasta de inversor «a la antigua» -como si alguien hubiera inventado algo nuevo- siempre resuena la figura de ser época para comprar y guardar, buscando el ciclo largo en lugar de los pequeños bocados de gran riesgo.


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