6 de diciembre 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

No se alcanza a entender bien -o somos flojos de «entendederas»- cuál es el significado de las autorizaciones que otorgó la CNV para que los intermediarios financieros pudieran tomar las órdenes de sus clientes. Se menciona internet, teléfonos, y la pregunta es: ¿cómo se manejaban hasta ahora, por telégrafo? O es que iban en persona a la oficina, para dictar la orden. Cualquier cliente que posea una cuenta habilitada en la oficina del agente, lo que también conduce a que exista una buena relación con su intermediario, simplemente hacía un llamado y la orden se llevaba adelante.

Antes, en el curso de la rueda, o después de ésta se supone que todos los instrumentos de comunicación disponibles se venían utilizando desde que surgieron. Antes de los celulares, en épocas lejanas, era cuestión de hablar con la oficina respectiva, la que se comunicaba con el agente en el recinto para que tomara la orden impartida por el cliente. Y si alguno se hacía el pícaro, desconociendo lo dicho porque la operación se le había vuelto en contra, podía pecar una vez, para después quedar raleado. No sólo eso, los «negadores seriales» se iban dando a conocer a todos los demás agentes del sistema, para que el individuo resultara tácitamente expulsado del circuito. Nunca ha sido problema la comunicación la toma de órdenes, el verdadero asunto pasa por clientes que aparezcan y operen en el mercado, con «dinero fresco».

Ahora que todo el nuevo régimen recién habrá de comenzar, ya oímos algunos anuncios radiales donde se prometía una suerte de títulos de «asesores financieros» que se realizan en 18 meses.

Probablemente, a todos los que se inscriban se los seducirá diciendo que -después- la CNV habrá de habilitarlos para salir al ruedo.

Seguramente que tal expansión habrá de producirse donde el dinero y la codicia corren, y los interesados se multiplican. Nuestro temor es de qué manera se habrá de poder ejercer un control efectivo de una legión de intermediarios que querrán salir a la plaza cuanto antes. Y, más que eso, de qué modo se los calificará para admitirlos. Si se busca a los más hábiles, los más preparados, los realmente talentosos, podrá suceder que allí está la simiente de los mayores peligros. Porque cuenta la historia que los estafadores son, a la vez, los más brillantes. Los mediocres y timoratos no son un riesgo. Pero, la verdad, a un Madoff lo habilitarían, ¿o no?...

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