Se hace cada vez más intrincado el follaje para los que deben asumir el papel de especialistas, a -peor todavía- de «asesores de inversión». Especie esta última que verá surgir -tal lo menciona la nueva ley sobre el mercado- una cierta oleada de autorizados para poder ejercer la actividad de direccionar el capital de terceros. Esto habrá de generar una feroz competencia, en tren de albergar los dineros disponibles en una comunidad que ha vuelto a guarecerse en el dólar y mostrar la profunda aversión al riesgo de las épocas donde todo se ve detrás de un vidrio esfumado. ¿Qué hay, más allá de tal vidrio? Las recomendaciones que consiguen trepar a los textos en los medios, donde -en general- se cubren con seudónimos para no complicarse la vida y el pronóstico, realizan una mezcla de diversos «bonos» de deuda, junto con una cuota -remanida- de nombres accionarios. Y la tarea no es para nada sencilla, menos todavía si se deben brindar algunas explicaciones -consistentes- para avalar tales designios. Basamentos que el «inversor inteligente» -diría Benjamín Graham- debería siempre requerir para que alguien lo induzca a invertir un dinero que le es propio. Sabido es que no existe especialista, ni asesor, o como se lo quiera denominar, que le otorgue un «seguro» de ganancias por aquello que señalan. Siempre la decisión queda en manos del poseedor del capital y -también- debe hacerse cargo de los resultados. Es una cuestión que suena tan sensata, lógica, que no deberá generar problemas, pero existen cientos de casos que hemos comprobado en el sistema bursátil donde después de una inversión malograda el inversor buscó culpables en quienes lo asesoraban. Inclusive, pretendiendo entablar alguna cuestión judicial y considerándose totalmente ajeno a la toma de decisiones. Éste va a ser otro ejercicio complicado, vaya novedad, donde entrarán nuevamente dentro de la misma olla la problemática que asuela las economías del exterior, más las seguras turbulencias domésticas (por serie de cabos sueltos que no cierran por ninguna parte). Dejarse llevar solamente por recomendaciones, ceder el paso a la codicia antes que a la seguridad, puede conllevar a cobrar un «premio» -si se acertó- o a tener que realizar un arqueo de perjuicios. Lo que debe evitarse es descargar culpas propias en terceros (o porque han seguido consejos de los medios). Y los «asesores» que se autoricen -nuevos- estarán navegando aguas peligrosas. Mejor, ser mesurados.
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