20 de septiembre 2013 - 00:00

Cupones bursátiles

Jay Cooke conocía el paño y lo dejó de lado. 1ª parte.

De una oficina húmeda y oscura en los muelles de Filadelfia, donde las ratas echaban a correr adelante de los transeúntes, en los días sofocantes, fluyeron los millones de dólares que financiaron la Guerra Civil Americana. Ésta era la oficina del agente Jay Cooke & Cía., que en tiempos de guerra era una de las más respetadas casas bancarias, cuyo fundador ayudó a moldear el sistema bancario actual.

Un patriota feroz y creyente en la economía americana, Jay Cooke mantuvo a flote la deuda de guerra creativamente, emitiendo bonos y vendiéndolos puerta a puerta a pequeños inversores.

Conocido como "el magnate", Cooke era un banquero carismático, imaginativo, que usó formas innovadoras para empujar la economía de EE.UU., en una era aparentemente dudosa, justo cuando Lincoln fue elegido presidente y la tensión norte-sur se hacía insostenible.

Avizorando el costo de financiación que devengaría una guerra y con un poco de atrevimiento, se asoció con el Secretario del Tesoro, Salmon P. Chase, a quien conocía.

Hizo ondear sus métodos de distribución revolucionarios, obteniendo unos u$s 3 millones en préstamo para Pennsylvania, y distribuyendo bonos en casi todos los estados de la Unión, vendiendo millones en bonos de guerra a un aparentemente ilimitado mercado de personas comunes que antes nunca habían oído hablar de bonos o acciones.

Con liberalidad y hábilmente puso a Wall Street sobre el tapete y se la acercó a la clase media usando métodos poco ortodoxos, así como también hizo uso del patriotismo de los ciudadanos para ubicar todos aquellos bonos que necesitaban ser vendidos para financiar la guerra que estaban sosteniendo.

Su plan más grandioso fue el que le permitió redondear unos u$s 500 millones en acciones (suscriptas por un sindicato de Wall Street que involucraba a las casas más importantes), y luego vendidas a 2.500 inversores conseguidos a través de una promoción rural puerta a puerta, entrevistándolos uno por uno.

Era increíblemente listo y siempre trasuntaba optimismo. A lo largo de 1864, más de 600.000 personas poseyeron cuotapartes de la deuda de guerra, y todos ellos habían pasado por su empresa. Un año después, casi al final de la contienda,

Cooke vendió otros u$s 600 millones en bonos. Ningún otro banquero le anduvo cerca y fue proclamado por la prensa como "el salvador de la nación".

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