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Cupones bursátiles
Con ese dinero comenzó a hacer negocios en ferrocarriles, propiedades, y también financieros, pero se vestía con harapos, ropas muy viejas y rasgadas, y polleras que lavaba de tanto en tanto.
Se casó con un millonario -Edward Green- con el que tuvo dos hijos, y del que se separó cuando él pidió préstamos al banco utilizando la cuenta de Hetty como garantía (y sin avisarle nada).
Hetty tuvo una manera inusual de hacer negocios, aun con los clientes más grandes: cruzada de piernas en la calle y rodeada de acciones y registros.
Viviendo en pensiones, evitó la residencia en Nueva York, lo que la hubiera obligado a pagar impuestos a la riqueza.
Además, para evitar inspecciones, no olvidó prestar dinero a la ciudad. Cuando luchaba, era feroz; el día que murió Colis P. Huntington -con quien había pleiteado por los ferrocarriles hasta destruirlo-, exclamó: "Ese viejo demonio está muerto. Se lo tenía merecido...".
Siempre prestaba dinero durante los pánicos, por supuesto, a tasas de usura impiadosas. Y decía que para amasar fortunas "todo lo que hay que hacer es comprar barato y vender caro". Así, la bruja de Wall Street llegó a apilar más de cien millones de dólares.
En una ocasión, su hijo Edward sufrió una herida en la rodilla y lo llevó a una clínica de caridad. Para desgracia de Edward, el médico reconoció a Hetty y exigió que la mujer pagara la consulta. Hetty se negó a hacerlo. Dos años después y sin la atención médica correspondiente, la pierna tuvo que ser amputada debido a la gangrena.
Tras la muerte de Hetty Green, su único hijo varón heredó parte de la fortuna de su madre y se convirtió en un millonario extravagante.
El encono de toda una vida hacia su madre lo transformó en un despilfarrador que gastaba su dinero sin límites.
Su hija Sylvia murió en 1951, dejó un patrimonio de alrededor u$s 200 millones que fue donado, a su pedido, a organizaciones de beneficencia, escuelas, iglesias y hospitales.


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