26 de febrero 2014 - 00:00

Cupones bursátiles

Bajo el título: "El gráfico que habla", se reprodujo en Ámbito de unos días atrás un trabajo que procede de los escritorios de Wall Street. Y que compara, paso a paso, períodos actuales de 1928/29 con los de 2012/13 y los primeros pasos de 2014.

Ciertamente, y el lector que lo recuerde pensamos que habrá de coincidir, el paralelismo en los altibajos de ambos ciclos del mercado de Nueva York impresiona al observador.

Y tal cotejo no resulta en absoluto un simple juego visual entre dos tramos de historia del Dow Jones: se trata nada menos que de comparar el camino seguido por el mercado a lo que fuera el peor desastre de su extensa campaña y que desembocó en la denominada "Gran Crisis" (que asoló a las economías hasta arribar al estallido de la Segunda Guerra).

Al llegar a este punto, recordamos una sentencia que también proviene de la fuente de Wall Street y que podría ir totalmente en contra del gráfico realizado y sus posibles conclusiones. Es la que afirma que: "El mercado no tiene memoria"... que si la aplicamos, pues desestima toda posible deducción de analista y quedando solamente como el hallazgo de una "nota de color" por parte de quienes son adherentes a los gráficos. Sin embargo, es demasiado simple pensarlo así.

Y aquí ingresa otra de las frases famosas, la que habla de: "Los fantasmas no existen, pero que los hay, los hay...". Caso muy fresco, el de febrero en nuestro mercado y que, al llegar a la rueda del lunes pasado todavía estaba negativo en el 1,8%, a pocos días de culminar el trayecto. Y haciendo honor a su mala estadística, para el índice Merval. No existe ninguna razón aparente para que un mes sea especialmente propicio u otro decididamente adverso para la salud de los índices. Pero contra tal intento racional de ver el asunto se reiteran los mismos resultados y signos en cada segmento del ejercicio. Volviendo al gráfico, son dos épocas tan distintas en las formas y los instrumentos a disposición de los operadores, que 1930 y 2014 lucen como dos planetas distintos. Antes también corresponde colocarle un "pero": porque aquello que resultan los estímulos primarios, que mueven a las personas, no resultan distintos en las diversas épocas: el temor y la codicia son -y serán- los dos motores de los mercados de riesgo. El modo de reaccionar, ante iguales situaciones, también implica impulsos naturales, tradicionales. Y, entonces, todo termina en la pregunta más inquietante: ¿volverá a explotar Wall Street ahora, como en 1929? Lo contestará el futuro.

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