En la que nos pareció una interesante "nota de color", publicada en El Cronista (la firma Matías Barbería y corresponde mencionar la autoría, aunque poco se lo practique en el medio periodístico) el título atrae: "El día en que Goldman Sachs se vengó de un 'tuitero' que lo puso en ridículo...". Sabe el lector que esta entidad resulta uno de nuestros "clientes" favoritos, cuando se trata de recordar -y relatar- desvíos y trampas en los mercados, pero en este caso lo vamos a tomar apenas como vehículo para arribar a otro fin. Y desembocar en lo que es otra "nota de color", con una casualidad histórica (como pocas veces se podría repetir). La síntesis del caso de Goldman Sachs, es que el "tuitero" es un exempleado de la firma y que logró miles de seguidores con sus "relatos de ascensor" (donde reproducía conversaciones que, por supuesto, dejaban mal parados a ejecutivos). Quiso editarlas en un libro, pero al unísono en que se develó su identidad hubo interesados en bloquear la publicación (y lo lograron). Una doble fatal jugada del "tuitero" y, en la cuenta oficial del banco, le escribieron: "Al parecer, los ascensores suben, pero también bajan...". Hasta aquí, la esencia de la nota. Y a partir de ahora, la identidad develada del "tuitero" infiel es John Lefevre, de 34 años, sujeto que hizo la mayor parte de su carrera en Citigroup, con un lapso -breve- en Goldman Sachs. Hubo otro Lefevre, autor de un libro clásico de mercados y que data de 1923. "Recuerdos de un Operador de Acciones" es su título, con la firma de Edwin Lefevre. Pero, el caso es que se dio casi por seguro en la época, que era un seudónimo del llamado "El Rey de la Especulación", nada menos que Jesse Livermore, una legendaria figura del Wall Street feroz, de primera mitad del siglo XX. Personaje mucho más de película que el popular Gordon Gekko, o el que ahora retrató "El lobo de Wall Street".
Baste apuntar que Livermore logró hacer grandes fortunas, tres veces: en las tres quebró y debía empezar de nuevo. Su final fue en un baño, de un oscuro bar de Nueva York, dejando una nota donde decía: "he fracasado" y rubricada con un certero balazo. No dudamos, permítanos el lector esta opinión radical, que si los directores de cine indagaran en hechos y personajes de un siglo atrás podrían elaborar películas todavía más atractivas que mostrar a estos truhanes modernos, despojados de todo principio y siendo simples -y ordinarios- delincuentes de mercados. Los de antes tenían al menos ingenio, respetaban ciertos límites, eran capaces de fundirse con una sonrisa (o con un balazo).
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