10 de abril 2014 - 00:00

Cupones bursátiles

Todo se relaciona en la delicada telaraña de los negocios y la política. El prestigio, como empresa o como país, puede tardar décadas en bordarse y -también- se puede deshilachar en ciertos malos pasos de unos años. Y todo tiene que ver con todo así, es que no puede ser una sorpresa (quizá para algunos desprevenidos pueda serlo) que se haya visto cómo la empresa Total -a través de su titular para la región, que ha vivido diez años en la Argentina- solicitó condiciones para tomar la decisión de invertir en Vaca Muerta. No se anduvo con vueltas el ejecutivo y reclamó: 1) Acceso al mercado de divisas. 2) Requerir costos más bajos. 3) Cumplimiento de los compromisos contractuales. (Se podrá decir que el hombre nos conoce bien, después de una década de vivir en nuestro tan particular modo de "hacer las cosas"). Pero no hay que ir muy lejos, ni buscar argumentos rebuscados para darle la razón al titular de Total.

Quien lo quiera, repase una columna de días atrás donde hicimos referencia a los considerandos que envió YPF -junto con su balance- a la Bolsa de Nueva York. La serie de puntos, a cual más sensible para el inversor global, donde la sociedad estatal desnudaba sin tapujos todos los peligros que un interesado puede correr al ingresar a nuestro ámbito.

En todo caso, habría que felicitar por la sinceridad y el despojo de todo nacionalismo (en virtud de describir un escenario real al extranjero). Pero no es menos cierto que resulta un repelente de extrema eficacia para que los interesados tomen hacia otro rumbo. Si algún nativo opina así, cómo no intentar cubrirse un ejecutivo de sociedad que desee invertir aquí. Y si faltaran otros condimentos, cabe apuntar a quienes cada acto fallido lo dan como si fuera inocuo, desechable, que el show que se originó en torno del no pago del cupón PBI, donde la forma utilizada parece (aunque no lo sea) directamente tramada para evitar el pago a los bonistas, por propia decisión y no por otros causales, es otra marca en el ya percudido prestigio argentino para tratar los negocios.

Por si faltaba más, ese otro show entre dos figuras del alto poder y donde lo dicho por uno -Capitanich- fue desvirtuado totalmente tres días más allá por el otro: Kicillof. No pasa como anécdota, ni siquiera graciosa si es que se armó para burlarse del mercado (y sus operadores).

Y da una idea cabal -al exterior- de la liviandad en el manejo verbal y los actos de quienes deben ser prolijamente serios y responsables.

A sabiendas de que no son ya una opinión personal, sino la voz de un país y de un Gobierno.

Todo suma, lástima que en contra...

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