Curiosa “pesadilla” que celebra la teatralidad

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"El hambre de los artistas". Dramaturgia y Dir.: A. Ajaka. Int.: Colectivo Escalada. Esc.: R. González Garillo. Vest.: B. Temkin. Ilum.: A. Grimozzi. (Teatro Sarmiento)

Navegar por la cabeza de un director puede ser una experiencia desconcertante, de a ratos confusa, y aun así muy divertida. No es que "El hambre de los artistas" utilice el viaje por la mente de un individuo como procedimiento argumental (algo tan de moda en el cine norteamericano) pero, de algún modo, las alocadas aventuras de sus protagonistas parecen traducir las preocupaciones de su autor aplicando la desordenada lógica del inconsciente. Lo que da como resultado un retrato muy reconocible de los modos de producción del teatro porteño y de las distintas "tribus" que por él transitan.

El autor y director Alberto Ajaka dialoga cuerpo a cuerpo con una realidad que no es nada complaciente con el artista. Al igual que en "¡Llegó la música!" (2012), donde la orquesta de cámara de un teatro municipal debía tocar sí o sí en medio de una huelga, aquí también dirige sus ataques contra quienes detectan el poder en el campo artístico-cultural (ministros, instituciones teatrales, medios de prensa, "mercaderes del arte", etcétera). Ajaka recrea además las rivalidades entre géneros y escuelas de teatro locales, sobre todo en la primera parte (quizás la más lograda del espectáculo) donde comparten sus angustias un mago, un payaso irascible, un actor shakespeareano, una cantante enamorada de un doble de Kafka y una mujer barbuda. Todos ellos intentarán encontrar una solución a sus inquietudes viajando hacia el futuro en un carromato mágico alimentado con materia fecal. El humor desopilante de esta troupe -cuyas historias además conmueven- da paso a una aventura que oscila entre la ciencia ficción y la alegoría política.

Al ingresar a esa nueva realidad futurista, el grupo debe enfrentarse a una organización secreta cuyas motivaciones y objetivos nunca se aclaran del todo, pero finalmente se unirán a ellos con el mismo entusiasmo conspirador.

El bando de "Los nuevos" también se rebela contra las instituciones. Su misión está relacionada con "la cosa", una suerte de macguffin hitchcockniano que genera peripecias y moviliza a la acción sin que ésta decaiga nunca.

Pese a que no siempre se logra comprender qué está sucediendo en escena, la puesta reboza vitalidad y abre polémica, así como la potente energía de su elenco consigue que el espectador disfrute de esta curiosa "pesadilla" que es asimismo una celebración de la teatralidad.

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