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De Bach a Pärt: un estupendo concierto de orquesta alemana
La Orchester Die Kölner Akademie ofreció un magnífico concierto con instrumentos de época.
La temporada 2011 de Nuova Harmonia, que continuará el viernes 1 de julio con la esperada presentación de Leonard Slatkin al frente de la Filarmónica de Rotterdam, deparó el jueves pasado un concierto delicioso: el que brindó en el Teatro Coliseo la orquesta con instrumentos de época Die Kölner Akademie, con dirección del estadounidense Michael Willens y la actuación de su compatriota, el clarinetista Erich Hoeprich.
Salvo por la inclusión de la obra «Silouans Song» (1991), del estonio Arvo PTMrt -cuyo discurso neto y tonal se adapta muy bien a esta formación-, el repertorio estuvo íntegramente dedicado al siglo XVIII, comenzando por la «Sinfonía en Do» Wq 174 de Carl Philipp Emanuel Bach, donde ya pudo advertirse la claridad de ideas de Willens y la óptima respuesta por parte de la orquesta.
El «Concierto para clarinete» KV 622 de Mozart tuvo en Hoeprich un intérprete difícilmente superable. Dedicado a la investigación y ejecución de instrumentos históricos, el clarinetista abordó su parte en un clarinete di bassetto reconstruido según el modelo de uno ejecutado por el virtuoso Anton Stadler, el «milagro de Bohemia», como lo llamaba Mozart, para quien compuso este concierto. Con un profundo y sutil manejo de la dinámica, una musicalidad exquisita y un despliegue energético digno de un saxofonista de jazz, Hoeprich conquistó al público e hizo de este final de la primera parte el punto más alto del concierto.
Con el «Divertimento en Re» Hoboken II número 8 de Haydn y la «Sinfonía en La» número 21 de Mozart, la orquesta fundada por Willens tuvo un despliegue máximo de sus virtudes. La obra de Haydn, por ejemplo, dio pie al lucimiento de los flautistas Marten Root y Annie Laflamme y confirmó la precisión de los cornos naturales, a cargo de Christian Binde y Gibert Camí Farràs; por su parte, la transparencia de Mozart tuvo su exacto reflejo en la versión de Willens, cuyo rigor estilístico no resulta incompatible con un resultado vibrante, el mismo que el compositor cifró en sus partituras.
Fuera de programa, la repetición del tercer movimiento de la «Sinfonía» de C.P.E. Bach fue el regalo agradecido por un público feliz de haber asistido a un concierto extenso, pero en el que cada segundo se disfrutó con intensidad.


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