Delicada historia de solidaridad femenina

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«La canción de las novias» (Le chant des mariées, Francia-Túnez, 2008, habl. en árabe y francés). Guión y dir.: K. Albou. Int.: L. Brocheré, O. Borval, S. Abkarian, N. Oudghiri, K. Aldou, L. Bouminijd, J. Viugan.

Túnez, 1942. Dos adolescentes vecinas, íntimamente amigas, viven las contradicciones de esa amistad en el contexto enrarecido de la II Guerra, donde algunos estimulan el odio. Una es judía, la otra musulmana. Ambas son pobres, pero una podría casarse con un médico, tiene estudios, carácter firme, y la otra está comprometida con un pelagatos, tiene pocas lecturas, es influenciable. Pequeño detalle: la primera rehúye el candidato de conveniencia, la otra ama al suyo por sobre cualquier evidencia. Y ambas se quieren, con ese cariño propio de las chicas en edad de confiarse todo, de sentirse cómplices, de pensar que su amistad es para siempre. Tal vez lo sea, pero deberá pasar algunas pruebas.

Esa es la historia que cuenta Karin Albou, judeofrancesa de segunda generación, una historia que remite al tiempo de sus abuelos sefaradíes, con lejanas costumbres, eternas expectativas juveniles (también eternos chismorreos de buenas matronas), y una tradicional convivencia que empezó a resquebrajarse bajo la propaganda nazi del resentimiento y los torpes bombardeos aliados sobre la población civil. Para contar esto, Albou puede caer en leves convenciones dramáticas y licencias narrativas algo molestas, pero en cambio sabe equilibrar los tantos. Por ahí ilustra el desprecio de algunos judíos ricos hacia «los nativos», o menciona la decisión de salvar la élite dejando al resto en la fila de trabajos forzados, enmarcando esto en la natural preocupación que cualquiera tiene por salvar a los de su grupo (casando a la hija, haciendo un trabajo sucio, etcétera). Asimismo, su mirada es femenina y hasta feminista, con aquello de la solidaridad entre mujeres y otros detalles, pero sus hombres no son del todo necios. Incluso llegan a tener actitudes comprensivas, protectoras. Y son bastante atendibles para las chicas, que pronto arriesgarán quedar como viudas jóvenes. O tienen inesperada altura moral, como el padre que (acaso fastidiado por la necedad del futuro yerno) le hace leer a la hija aquello del Corán 2:62, que iguala a todos los creyentes en Dios y en el Día del Juicio Final, cualquiera sea su religión, mientras hayan hecho el bien en su vida.

Una historia interesante, expuesta con buen sentido de la sugerencia, comprensión de partes, lograda sensualidad, y delicadeza, y que en algunos aspectos parece de otro tiempo, pero remite muy bien a éste. A señalar, Lizzie Brocheré, cuyo rostro anguloso, de ojos atractivos y mirada fuerte, hacen pensar en cómo habrá sido, a esa edad, Amelia Bence. Y la directora, que asume el papel de madre y no teme salir en una escena con los pechos al aire, unos pechos de antes, sin operaciones (y además con panza mediterránea). Al que hace de médico, Simon Abkarian, ya lo tenemos de una del agente 007.

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