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Demasiado para temer

Sin remontarnos a la historia, que apunta los casos de la Alemania nazi, la Italia fascista, la Argentina peronista, la Venezuela chavista o el Ecuador de Correa, como los pocos casos en que el Estado eliminó completamente el derecho a la autorregulación de los mercados (es un derecho que emana de los de propiedad, pensar, asociarse y escoger libremente), el comentario es un absurdo lógico y conceptual.
Cuando el control del mercado lo tiene el Estado, los únicos que no pueden temer son los que hacen lo que quieren los burócratas de turno. El resto, aun cuando haga las cosas bien (entendiendo como «bien» el acatamiento a las leyes, por más que ellas sean injustas y anticonstitucionales), estará sujeto al arbitrio de los jerarcas políticos y su mayor o menor grado de corrupción.
Esto explica el fracaso histórico de los mercados bajo un control estatal pleno.
En lugar de actuar como un medio para canalizar los fondos de la manera más eficiente, rápida y económica posible, entre quienes disponen el dinero y quienes los necesitan, se convierten en un medio para alimentar las empresas «autorizadas», ahuyentando a los inversores más grandes y canibalizando a los menos sofisticados (un buen ejemplo es un bono «popular» que acaba de ser lanzado en una plaza en desaparición, que paga nominalmente un 19 por ciento, pero su rendimiento real es negativo pa-ra inversores con menos de u$s 200). Ayer, sin novedades concretas que lo justifiquen, Wall Street se anotó su quinta suba consecutiva al trepar el Dow un 0,6 por ciento a 13.248,44 puntos (el máximo poselectoral).


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