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Después del 17 a Grecia le espera un vía crucis
Yorgos Papandréu
No hay certezas de antemano. La decisión crucial sobre su destino no la tomará Grecia -haga lo que haga- sino Europa. Los griegos no quieren irse del euro; sólo pretenden renegar del memorando de octubre último. ¿Ansían el capricho inalcanzable de un oxímoron? Dice la Unión Europea -no el derecho divino- que si se rechaza el ajuste acordado, se cae el paquete de rescate y se pierde el derecho a pertenecer a la eurozona. Sin embargo, antes de que irrumpiera la crisis, la Unión no sostenía lo mismo sino todo lo contrario. El Tratado de Lisboa no le daba cabida a un salvataje comunitario: tal la razón de la existencia de una cláusula específica de «no rescate» (artículo 125). Y lo que sí era irrevocable era el compromiso de la moneda común, la conversión al euro. El default del soberano, pues, no estaba prohibido -hubiera sido como dictar la anulación de la ley de la gravedad- ni mucho menos era causal de despido de la unión monetaria. Lisa y llanamente, la eyección de un miembro de la eurozona, la amenaza concreta que pende sobre Grecia, no estuvo nunca contemplada. Y no porque las finanzas públicas no constituyeran un capítulo central del proyecto de integración. Se pensó el Tratado de Maastricht (con sus meticulosos topes de déficit fiscal, deuda pública y tasas de interés; y también sus sanciones por incumplimiento) con el propósito de que proveyera disciplina desde mucho antes de la accesión. Y que el default fuera un avatar posible completaba un marco deliberado de rigor. Como se observa, y esto no es una crítica sino una descripción, la Unión Europea tiene -y tuvo siempre- frondosos principios. Los que se acaban de mostrar son dos conjuntos diferentes, hasta antagónicos. Hay un antes y un después de la crisis. Se los podría denominar teoría y praxis. La diferencia primordial es que los preceptos más recientes se escriben sobre la marcha (cuando hay tiempo de hacerlo), son de naturaleza ad hoc, surgen detrás de los acontecimientos. La expulsión de la eurozona, por citar el caso que preocupa, no tiene otra referencia que un cúmulo creciente de declaraciones públicas, las que se irradiaron por primera vez sobre el filo de 2011. Cuando Yorgos Papandréu insinuó la rebeldía de Atenas. Y, a menos que se decida por unanimidad (o sea, con el consentimiento griego), carece de base jurídica.
¿Qué se hará, entonces, con Grecia? Lo que se crea que resulte más conveniente. Para Europa, no para Grecia. Y en los tiempos que escoja Europa. Si la convicción que manifiesta el Bundesbank fuera genuina -que su salida es un evento «manejable»-, la tentación alemana sería la de proceder de una manera ejemplar. Así, lo que se promete que se hará hoy, se cumplirá mañana. Y si esa convicción fuera, además de genuina, acertada, la crisis europea habría dejado atrás su escollo más formidable. Pero, ¿cómo saberlo antes de ejecutar el experimento? La misma crisis europea es testimomio cabal de su mala previsión, y de una profunda falta de intuición.
¿Se podrá convivir con otro error de cálculo? No parece el momento de comprobarlo. Europa sabe, en cambio, llevar a largas lo inexorable. Un año atrás Alemania les bajaba el pulgar a los acreedores privados de Grecia y, con la sutileza habitual, sugería la necesidad de una reestructuración con quita. Y así se hizo, pero no al otro día sino diez meses después, recién en marzo último y tras tomar los recaudos de un generoso colchón de liquidez provisto por el BCE. ¿Por qué no copiar el procedimiento? ¿Por qué habría de dictar los tiempos la izquierda radical de Atenas? Después del 17 de junio, lo que hay que esperar no es una expulsión expeditiva de Grecia, pero sí el despliegue de un penoso vía crucis.


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