3 de marzo 2009 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El periodista dialoga con el experto en mercados internacionales que se escuda bajo el seudónimo de Gordon Gekko -el protagonista de la película «Wall Street»- a quien le cuesta encontrar una razón para el derrumbe de ayer porque «hay una avalancha de malas noticias». Aunque advierte los serios problemas que enfrenta el plan financiero del Gobierno de Obama, que mantiene el statu quo. Es que «como ocurre con AIG -advirtió-, cada tanto el Estado deberá aportar la diferencia para mantener el sistema en pie. En estado vegetativo, con el crédito paralizado, pero de pie».
Periodista: ¡Qué manera de estrenar marzo!
Gordon Gekko: Rotunda.
P.: ¿A qué se debe el derrumbe?
G.G.: Cuesta atribuirlo. Y no porque falten razones. Todo lo contrario: hay una avalancha de malas noticias. Muy malas. Es un despliegue compacto, extenuante; asoman la nariz en todos los frentes.
P.: ¿Nada positivo que rescatar?
G.G.: Mejor caer así que desangrarse en una muerte lenta. Pero no es una sensación agradable.
P.: Quizás la capitulación aliente un rebote.
G.G.: Ésa es la tesis constructiva. Es plausible, pero depende sobremanera de que nada se rompa en la vorágine.
P.: La percepción de que el cambio de Gobierno podía darle una vuelta de hoja a la crisis queda sepultada.
G.G.: El derrape comienza cuando se conoce el plan de estabilización financiera de Geithner. Es una camisa tres números más chica que la propia corpulencia actual del problema.
P.: No sirve como chaleco de fuerza.
G.G.: No. Y tampoco concuerda con los tiempos de la crisis. No hay seis meses disponibles para llevar adelante los «stress tests» en los 19 bancos principales, determinar la escasez de capital individual, encarar la búsqueda de su reposición en fuentes privadas y, en caso de no encontrar eco favorable, suscribir un aporte de capital preferido del Estado.
P.: Imaginaba que los reguladores ya sabían cuál era la situación de estrechez de cada institución.
G.G.: Debería ser así. Si no es el caso, tendrán que estimarla con rapidez. Compare los tiempos que maneja HSBC, institución de la que podrán decirse muchas cosas -sobre todo, de su operación minorista en los EE.UU.- pero que todavía arroja ganancias y se preserva alejada del ojo del huracán.
P.: HSBC apuró el trámite de su propia capitalización.
G.G.: Es una decisión heroica, difícil. Pero una vez que uno concluyó que debe avanzar por las horcas caudinas, hay que agachar la cabeza y proceder sin demorarse. Nadie garantiza que el paso estará mucho tiempo habilitado.
P.: HSBC pretende colocar una nueva emisión de acciones por aproximadamente 18 mil millones de dólares. ¿En plena zozobra financiera, hay mercado para digerir la oferta?
G.G.: Es una operación muy agresiva. Supone un giro de política y una fuerte licuación de los propietarios que decidan no participar. Los términos de la transacción, de movida, plantean una cotización de la acción que se ubica, a grandes rasgos, a la mitad de la que regía antes del anuncio.
P.: ¿La nacionalización parcial del Citi, difundida el viernes, complicó la situación?
G.G.: Influye por aquello de que «cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar». El Citi es un «caso líder» y ejerce efecto demostración sobre los que lo siguen en la fila. Pero, la semana pasada, el resto de la banca pudo poner distancia con respecto al hundimiento de la acción ordinaria del
Citi. Hoy (por ayer) ya no fue posible.
P.: ¿Cómo cree que continuará la política bancaria? La nacionalización per se tampoco calma los nervios.
G.G.: La idea del plan Geithner era distraer con un placebo. No funcionó. La crisis arrecia, erosiona el valor de los bancos y ello acorta los tiempos. Obliga, sí o sí, a tomar definiciones concretas. La conversión de capital preferido a ordinario, con el Estado moviéndose pari passu con los privados, es un ejemplo contante y sonante. Se trata de un camino que puede replicarse en otros bancos (y sumar un tramo adicional en el propio Citi). El capital híbrido que estaba en una vitrina se transfiere a la trinchera de combate.
P.: ¿Cree que les tocará el turno después a los bonos y otras obligaciones de los bancos? Digamos que los bonos convertibles que suscribió la Autoridad de Inversiones de Abu Dhabi, con su cupón corriente de 11%, son un blanco apetecible.
G.G.: Los papeles de Abu Dhabi están sometidos a una conversión obligatoria en acciones comunes en marzo del año próximo. Constituyen, por ende, una situación muy especial. Pienso que, como norma general, el Estado preferirá inyectar nuevo capital de su bolsillo antes que to-
car a los acreedores de los bancos.
P.: Un legado que dejó la experiencia de Lehman Brothers.
G.G.: Correcto.
P.: En el límite, así se terminará nacionalizando la banca. Sin quererlo, pero sin poder evitarlo.
G.G.: Es la solución AIG.
P.: No parece una solución del problema. Es repetir el error de Japón. Se eterniza la presencia de una agujero negro.
G.G.: Habrá que cambiar de plataforma, entonces. Cortar por lo sano y tomar el toro por las astas. Pero Obama reservó su audacia para otros temas del Presupuesto; el plan financiero, en cambio, mantiene el statu quo. Así, mientras la crisis no se contenga, y los activos de los bancos sangren con profusión, rigiendo la garantía tácita que resguarda a los depositantes y a otros acreedores importantes, se está consumiendo mucho más capital que el que poseen las instituciones. Como ocurre con AIG, cada tanto el Estado deberá aportar la diferencia para mantener el sistema en pie. En estado vegetativo, con el crédito paralizado, pero de pie.

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