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Diálogos en Wall Street
El periodista dialoga con el especialista en mercados mundiales personificado como el banquero Gordon Gekko, de la película «Wall Street» (Oliver Stone está filmando la segunda parte), quien opina que la política fiscal de los emergentes comenzará a revertirse en 2010 y no se sorprende de que en la agenda del G-20 esté ausente el tema de los tipos de cambio.
Gordon Gekko: El principal problema, paradójicamente, es el éxito.
P.: Que se lograra contener la crisis y bajarle los decibeles.
G.G.: La mejor argamasa fue el espanto. El riesgo de un colapso facilitó la cooperación.
P.: Cuando la crisis cede, también cambian las prioridades para cada país.
G.G.: Los intereses divergen. La negociación es distinta. Y se pasa de los temas urgentes a los importantes.
P.: Donde no necesariamente rige el consenso.
G.G.: Donde también se exige profundidad de conceptos. Habrá que trabajar más. Los tiempos son otros. Pero, aun así, vale la pena mantener el andamiaje aceitado. No se está libre de que la crisis produzca otro coletazo repentino.
P.: Dígame, ¿Gordon Brown se tiró a la pileta?
G.G.: Así parece. No es la primera vez que empuña el liderazgo. Recuerde su iniciativa de capitalización de la banca. En general, en estos tiempos, le va mejor fuera de Gran Bretaña que en su propia casa.
P.: Sólo que esta vez el agua le llegaba a los tobillos. Su idea de un impuesto a la Tobin, un gravamen a las transacciones financieras, provocó un rechazo rotundo.
G.G.: Los mismos funcionarios ingleses parecieron sorprendidos. Como si ignorasen que se fuera a impulsar en la reunión.
P.: ¿Se trató de una improvisación sobre la marcha?
G.G.: Adair Turner, unos meses atrás, fue quien puso la iniciativa sobre la mesa.
P.: El mandamás de los supervisores británicos.
G.G.: Sí. Pero Brown tomó el tema -que tiene todavía poca elaboración y mucha resistencia, como es obvio, en la City- y lo lanzó al ruedo sin compaginar los apoyos necesarios. Apenas Francia, tímidamente, a través de la ministro Lagarde, lo respaldó. Pero éste es un tema que, en forma natural, podría haber surgido de Francia y Alemania. Si Gran Bretaña lo quería empujar, la manera de presentarlo era otra. Había que armar primero un frente compacto con toda Europa.
P.: ¿Cómo se entiende semejante «gaffe»? Brown es un hombre con muchas batallas sobre el cuerpo.
G.G.: La semana que pasó hubo que reforzar el salvamento de RBS y Lloyds (que se han convertido ya en la experiencia más onerosa de rescate, después de AIG). No se olvide que el proyecto, que propone que la recaudación del impuesto financiero solvente los costos fiscales de la ayuda a los bancos, tiene arraigo en una opinión pública que hierve de furia.
P.: El secretario del Tesoro, Tim Geithner, no demoró mucho en pronunciar un rechazo tajante. Dijo que EE.UU. no podía apoyar un impuesto «día a día» sobre la especulación. Dijo que el costo de los salvatajes se recuperará cuando los bancos recobren la salud y devuelvan la asistencia. ¿EE.UU. tiene poder de veto sobre el G-20?
G.G.: Eso es obvio. Pero no hizo falta ejercerlo. La negativa fue muy amplia. EE.UU., Canadá, Rusia, el propio Fondo Monetario se pronunciaron en contra con rapidez. Sin disimulo. El propio Gobierno inglés, hoy (por ayer), salió del paso diciendo que su única intención fue fomentar el debate.
P.: Lo grave es que la división de opiniones emerja a la luz pública.
G.G.: El disenso es comprensible. Lo grave es la ligereza, la visible falta de cocción, de la iniciativa.
P.: ¿Qué otros terrenos de fricción pueden adivinarse en el seno del G-20?
G.G.: Pase el rastrillo sobre las omisiones difíciles de explicar. Los temas complicados son los que, siendo importantes, no están en escena.
P.: Pareciera haber consenso en que las políticas de estímulo deberán mantenerse.
G.G.: Eso está claro. Y no hace falta apuntar a nadie con una pistola para que se cumpla. Su interpretación es flexible. Australia es un miembro del grupo y ya practicó dos subas de tasas de interés. Atiende a su realidad particular y nadie lo objeta. De hecho, todavía la política resultante no puede catalogarse como restrictiva.
P.: Se reconoce que la situación que afrontan los países avanzados y las economías emergentes del G-20 amerita distinto tratamiento en términos de estímulo.
G.G.: Así es. Se anticipa que la política fiscal de los emergentes comenzará a revertirse el año próximo.
P.: El gran tema ausente de la mesa de discusión son los tipos de cambio.
G.G.: El G-20 siempre evitó hablar de monedas. Lo notamos desde un inicio.
P.: ¿China también tiene poder de veto? Si se busca un crecimiento balanceado, ¿no es el yuan quien debería sentarse en el banquillo?
G.G.: El tema siempre merodea. Pero nunca penetra.
P.: Cuando hubo quien mencionó el asunto en los corrillos previos, los representantes chinos salieron con los tapones de punta.
G.G.: Es zona conflictiva. China se defiende, fuera del G-20, diciendo que es responsabilidad de los EE.UU. estabilizar el valor de su moneda.
P.: Uno puede pensar un impuesto a la Tobin como una manera de desalentar la especulación excesiva. Y hoy por hoy no debe haber molestia mayor para las autoridades que los negocios de arbitraje, cortesía de la debilidad del dólar. Quizás Brown no supo vender su mercadería, pero no por ello desaparecerá la incomodidad. Y China es un jinete gratis. El yuan se devalúa a caballo del dólar.
G.G.: Ello fuerza a que el ajuste cambiario derrame sobre las demás monedas. Fija la paridad del yuan, la apreciación del euro y del yen se acentúa, más allá de lo necesario. Es un dolor de cabeza para las autoridades pertinentes. Pero el G-20 no es el lugar para conseguir aspirinas. Lo que no significa que el G-7 no las busque por otro lado. Y, mucho menos, que, si de veras las quiere, no las pueda conseguir.


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