6 de enero 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El periodista dialogó con el experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», quien evalúa la década perdida en la Bolsa de Nueva York y aconseja no seguir la lección de Japón, o sea, esconder la basura bajo la alfombra: hay que reparar lo que sirve y liquidar lo que no.

Periodista: Wall Street resucitó en marzo pasado como Lázaro de entre los muertos. Cerró un muy buen año, pero no le alcanzó para salvar la década. En diez años hemos vuelto a foja cero.

Gordon Gekko: Finalmente, quedó al descubierto cuál era el verdadero efecto de 2000. La maldición de Sísifo.

P.: ¿Cómo se explica la década perdida?

G.G.: Es muy simple. Cuando usted compra acciones, no recibe ningún certificado de garantía de rendimientos positivos. Créase o no, se corren riesgos no desdeñables. La década fue una montaña rusa. Empezó muy mal.

P.: Con el derrumbe de la burbuja de las acciones tecnológicas y de internet.

G.G.: La debacle de las Bolsas, la recesión de 2001 y los atentados terroristas a las Torres Gemelas y el Pentágono. El Dow Jones se hundió de un máximo superior a los 11 mil puntos a un piso de 7 mil.

P.: Una caída frenética que recién se estabilizó entre fines de 2002 y principios de 2003.

G.G.: Fue invadir Irak -en rigor, una semana antes de disparar el primer misil- y cambiar bruscamente la partitura. Dentro de la década perdida tuvo cabida un lustro espectacular.

P.: Un mercado alcista

-«bull»- que se desplegó hasta que irrumpió la crisis de las hipotecas subprime en 2007.

G.G.: El bautismo de la crisis subprime fue en febrero de 2007. La crisis golpeó al sistema financiero internacional en agosto, cuando provocó una súbita disrupción de los mercados interbancarios. Pero el mercado alcista sobrevivió. No sucumbió allí.

P.: Su último embate fue en octubre de 2007, cuando el Dow se encaramó por encima de los 14 mil puntos.

G.G.: La movida final fue una apuesta a favor de los efectos curativos de la baja de tasas de la Fed. La primera reducción -que fue agresiva, de medio punto- se produjo a mediados de setiembre, la Bolsa intuyó que se venían otras y no dudó en jugar fuerte.

P.: Fue terminar de subirse a un acantilado de donde hubo que zambullirse poco tiempo después.

G.G.: Es importante registrar el contraste de tendencias que se produjo a lo largo de la década. De 2003 a 2007, lo que prevaleció fue la fe en el futuro, a pesar del duro golpe de los años previos y de la clara noción de que el fervor por las acciones tecnológicas había sido una gran burbuja que no tendría retorno. El NASDAQ de 5 mil puntos nunca más volvió. Pero el Dow se las arregló para duplicar su cotización -de 7 mil a 14 mil puntos- y para pasar como poste su antiguo récord de los 11.722 puntos.

P.: Se sube por la escalera, con gran esfuerzo, y se baja rápido por el ascensor.

G.G.: Más rápido aún: por el hueco del ascensor.

P.: La década se perdió en un solo año; 2008 resultó decisivo.

G.G.: Seguro. El mercado bajista -»bear»- derribó de un hondazo todo lo que se construyó entre 2003 y 2007.

P.: Y un poco más.

G.G.: Instaló un piso por debajo de los anteriores 7 mil puntos. El mínimo intradiario fue un fugaz 6.440.

P.: Es difícil sustraerse de la sensación de que atravesamos un mercado bajista secular y que el rebote de 2009 -con toda su potencia (+65%)- no altera el panorama de fondo.

G.G.: Le diría, por un lado, que es imprudente pensar que lo que resta por delante es campo orégano. Si la Fed sugiere mañana que las tasas de interés no permanecerán a ras del suelo por un período extendido, mañana mismo nos hundimos de nuevo. Pero no lo hará, tendrá un enfoque constructivo. Por otro lado, el destino no está escrito en piedra. No obedece a ninguna conjunción especial de los astros que no podamos modificar.

P.: No somos Sísifo, aunque hayamos arrastrado una piedra a la cima de la montaña entre 2003 y 2007 y ahora tengamos que volver a empezar.

G.G.: Eso pienso. Hay libertad para equivocarse tanto como para acertar.

P.: Sísifo es Japón. El Nikkei no perdió una década, sino que ya lleva 25 años a la deriva, extraviado en lontananza.

G.G.: Así como se evitó la Gran Depresión, habrá que batallar para no reeditar el sino de Japón. No es una ley inexorable repetir sus pasos.

P.: Vuelvo al comienzo. ¿Por qué Wall Street perdió la década? ¿Fue por la economía? También la economía dilapidó estos diez años.

G.G.: Eso no es cierto. El empleo se estancó, pero la economía, no.

P.: La contracara del «boom de la productividad» en la economía de los EE.UU.

G.G.: «El nuevo bravo mundo» que instaló la década de los noventa con bombos y platillos.

P.: Una nueva era que cabalgaba sobre las promesas de los avances tecnológicos y el salto de la productividad. Cuando se repasan los resultados concretos, diez años después, no es posible ocultar la contrariedad. La nueva era -el nuevo paradigma- desembocó en la década perdida. ¿No es una ironía?

G.G.: No es la primera vez que ocurre. La crisis del 30 sucedió a los fabulosos años 20. El estancamiento de Japón vino precedido de una expansión rutilante.

P.: No es casualidad. No es el azar lo que liga las dos caras de una moneda.

G.G.: Usted pregunta por qué se perdió la década. La economía no fue tan brillante como en la década de los noventa. Pasamos de un período excepcional de diez años sin recesión a sufrir dos en el mismo lapso. Cuando se hurga en sus causas, queda claro que los motivos profundos se gestaron en la etapa de mayor bonanza. No son, pues, procesos independientes. A la par, la valuación que nos legó la década pasada fue excesiva. Deje de lado los inmuebles o los fraudes evidentes. La tecnología no nos estafó. Su avance es extraordinario (como lo fue en los años 20). Pero los múltiplos que se pagaron fueron muy altos y no lograron sostenerse. Y el ajuste de cotización se facturó en esta década.

P.: Finalmente, Greenspan tenía razón cuando mencionó la exuberancia irracional de los precios de la Bolsa.

G.G.: Captó bien la dinámica. La tendencia al desborde. Aunque hubo que esperar una docena de años para ratificarlo.

P.: Se derrochó una década. ¿De qué dependerá que no se pierda la que recién comienza?

G.G.: La lección que no hay que repetir es Japón. No sirve barrer la basura bajo la alfombra. Hay que reparar lo que tiene arreglo y liquidar lo que ya no sirve. La economía necesita recuperar su funcionamiento autónomo. Y ello obliga a buscar nuevas fuentes de crecimiento genuino que reemplacen el protagonismo de las finanzas, el consumo o la construcción. Es todo un desafío, porque no se olvide que la deuda no se destruyó con la crisis. Se acrecentó y ahora hay que cargar con dos mochilas pesadas a falta de una: la deuda privada y la pública, que va en camino a duplicarse.

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