22 de enero 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El especialista en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko de la película «Wall Street» (su director, Oliver Stone, ya se encamina a filmar la segunda parte) advierte que la estrategia del presidente Obama de atacar a la banca para recuperar imagen en la opinión pública puede ser un boomerang.

Periodista: Un día el Gobierno pierde una banca decisiva en el Senado y, de inmediato, dos días más tarde, Obama embiste contra los bancos. La política es un horno al rojo vivo. ¿Es un presagio de lo que será 2010? Lo que se pierde ante la opinión pública, se intenta recuperar atacando a Wall Street.

Gordon Gekko:
El presidente y el Partido Demócrata sufren una repentina debacle que no tiene fondo. No es sólo en las urnas, es lo que muestran todas las encuestas; en temas y distritos de lo más diversos. Hay que procurar una solución rápida para sofocar la hemorragia aunque las elecciones de mitad de término sean recién en noviembre.

P.: La herramienta que está a mano son los bancos.

G.G.:
Ensayar el rigor con la banca es la manera más rápida de tender un puente con la opinión pública. Esa alianza está rota y la desesperación del Gobierno por rehacerla es palpable. Es mucho lo que se juega en noviembre.

P.: De rescatar a la banca, y prodigarle grandes cuidados, Obama pasará ahora a apretarle las clavijas.

G.G.:
No es sólo Obama. Esto comenzó en Gran Bretaña. ¿La crisis financiera terminó? Yo creo que no. Dejó un sedimento muy fuerte de corrosión en la opinión pública. Y la política ya tomó nota. Piense en la última reunión del G-20, en Pittsburgh.

P.: Cuando el primer ministro Gordon Brown propuso, fuera de agenda, aplicar el impuesto a las transacciones financieras que había sugerido en los años setenta, James Tobin.

G.G.:
Brown, lo dijimos entonces, se sacó una foto emblemática. La propuesta fue rechazada pero el espíritu que la animaba está hoy más vigente que nunca. Y Gran Bretaña lleva la delantera. Recuerde la decisión de desmembrar dos de los cuatro grandes bancos -RBS y Lloyd's- o el superimpuesto (a una tasa del 50%) a los bonus que distribuyó este año la banca.

P.: EE.UU. fue de los primeros países en rechazar la iniciativa del impuesto a las transacciones financieras. Tim Geithner, en persona, dijo que no era viable y que tampoco era menester cobrarle al sistema financiero un gravamen adicional -como planteaba Brown- para sufragar los costos de los planes de rescate.

G.G.:
Parece que hubiera transcurrido un siglo y no pasaron tres meses. Y ya Obama le puso la firma a un impuesto sobre los pasivos de la banca, precisamente para recuperar los quebrantos originados por el plan TARP.

P.: A eso iba. Es un giro notable. ¿Cambió Geithner? ¿O cambió el Gobierno, en su nivel más alto?

G.G.:
Obama cambió. No hay dudas. Y está claro que un par de días después del revés de Massachussets, está lanzando una ofensiva. Con un nuevo libreto. Con un nuevo adversario enfrente. No es Bush, no son los republicanos, son los bancos. En particular, las acciones de Geithner bajaron después de las derrotas electorales en Nueva Jersey y Virginia.

P.: Al punto que cuando visitó el Congreso, tirios y troyanos pidieron su alejamiento.

G.G.:
Pues bien, tienen que cotizar aun más bajo hoy en día. Para mal o para bien, no es posible separar la imagen de Geithner de la de Wall Street. En paralelo, Paul Volcker está en ascenso. De ser sólo una figura decorativa, rara vez convocada en consulta, emerge como el cerebro detrás de los anuncios de hoy (por ayer) del presidente Obama.

P.: La idea de que la banca comercial -la que capta depósitos del público- no pueda mantener posiciones propias de inversión ni fondos de private equity o hedge funds, ¿es de la cosecha de Volcker?

G.G.:
Es el espíritu de Glass Steagall, la ley que separó la banca comercial de la banca de inversión después de la Gran Depresión, y la recomendación que Volcker defendió a rajatabla en cuanto foro visitó desde que estalló la crisis.

P.: A decir verdad, con muy poco eco hasta el presente.

G.G.:
Cuando está acorralada, la política sabe reconocer un buen argumento -digo, uno que le puede salvar el pescuezo-.

P.: Volcker es un crítico acérrimo de la existencia de bancos demasiado grandes para caer. ¿Asistiremos también a la fijación de límites rígidos sobre el tamaño de la banca?

G.G.:
Forma parte de los anuncios. En principio, se pretende modificar la prohibición actual de que un banco posea más del 10% de los depósitos asegurados del sistema incorporando en dicho límite la totalidad de sus depósitos y otros renglones (que no fueron especificados).

P.: ¿Qué futuro le espera a los bancos grandes?

G.G.:
Achicarse. En tamaño y actividades.

P.: ¿Cree que Volcker puede tomar alguna función ejecutiva para impulsar estas iniciativas de su propio cuño?

G.G.:
Por razones de edad, pienso que no. No es la agenda de Geithner pero creo que, si hace falta, bien podría llevarla adelante. Dicho sea de paso, la gestión de Geithner, a mi juicio, ha sido acertada y muy expeditiva.

P.: ¿Pasamos de orbitar alrededor de la reforma de la Salud a la reforma financiera? Más allá de la cuestión electoral, ¿cree que iremos por buen camino? ¿O, de apuro, se cocinará un esperpento?

G.G.:
Que quede claro, la vigencia de Glass Steagall no hubiera impedido la crisis que afrontamos. Eso me parece evidente. Volver a Glass Steagall es quizás una estrategia de segundo mejor para contener el riesgo de las instituciones demasiado grandes para caer, pero tampoco evita per se el riesgo sistémico ni la posibilidad de que se repita una catástrofe. Pienso, sin embargo, que si Volcker (o alguien con su celo profesional) monitorea el proceso, no será un esperpento.

P.: No es un horizonte demasiado tranquilizador.

G.G.:
El problema de una estrategia de marketing basada en castigar a los bancos es que precisa que los bancos tengan la fortaleza suficiente para absorber el rigor. Cuando la crisis estaba en su apogeo, no hubo otra alternativa que correr en su rescate. Si la crisis se reaviva, no piense que podrá permanecer impasible.