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Diálogos en Wall Street
Gordon Gekko: Hay que frenar la bola de nieve. La crisis subprime era también un problema menor pero los daños resultaron enormes. No es la magnitud de Grecia ni del crédito hipotecario de baja calidad lo que importa, lo que verdaderamente daña es el alud, los desprendimientos que a su paso, pueden provocar. Grecia es un guijarro pero si cede, el riesgo es promover el desmoronamiento de todo el edificio de la deuda pública. En ese sentido, es una amenaza para la recuperación.
P.: Se habla de una tragedia griega. Como si su destino no tuviera escapatoria.
G.G.: Hoy por hoy, es más bien una comedia de enredos. Una lección ejemplar que quiso dar la Unión Europea en un pésimo momento. Si no lo hizo antes, cuál es la urgencia ahora, por qué no esperar primero que se aleje definitivamente la tormenta. Las razones son políticas, no económicas.
P.: Lo concreto es que las consecuencias son económicas. Y ya son importantes.
G.G.: Yo diría que Europa está al borde del double dip, de la peligrosa recaída en la recesión.
P.: Hay países como España que no han terminado aun de salir de la recesión original. Y están en la primera fila de contagio.
G.G.: La realidad, hoy, es una Europa de dos velocidades. España, Grecia, Irlanda no levantan cabeza. Portugal e Italia están mejor pero apenas, y son enormemente vulnerables. Hay un repunte significativo, es verdad, en los dos grandes: Alemania y Francia.
P.: Que son los que dictan las políticas.
G.G.: Sí. Pero que también comienzan a sentir el impacto del revolcón. Hay un freno violento en las exportaciones intraregión. Y, fuera de la eurozona, Gran Bretaña está atrapado en una ciénaga. La desaceleración de Europa, en su conjunto, es evidente. Y el ajuste fiscal de la periferia la acentuará aun más.
P.: Se criticaba la presunta falta de independencia de la FED. No parece que el Banco Central Europeo esté en mejores condiciones para cortarse solo.
G.G.: La política monetaria deberá acomodarse a las circunstancias. Si alguien pensaba que el BCE sería el primero en endurecer la política, no evaluó la fragilidad de Europa.
P.: Si Europa se contrae, o se estanca, ¿puede el mundo - con un motor menos - mantener el curso de la expansión económica?
G.G.: Es posible. Con una merma en la velocidad de crucero y con los riesgos de que se apaguen los otros impulsores que restan y se sucumba más tarde. Por eso lo más sensato sería terminar con el culebrón de Grecia cuanto antes.
P.: Los problemas de Grecia son serios y no se arreglarán de un día para otro. Para Alemania y Francia fue fácil encender la mecha de la preocupación por las finanzas de Atenas, no será tan sencillo apagar el fuego.
G.G.: Se equivoca. Deberían consultar a Tim Geithner, preguntarle cómo fue que zanjó la desconfianza sobre los bancos. Porque al igual que Grecia, los problemas de la banca son serios. Y no se han arreglado de un año para otro. Mire, sino, cómo sangran las agencias hipotecarias. Cómo los bancos chicos caen como moscas. Y, a diferencia de Grecia, la brecha de los bancos no se saldaba con una moneda. El temor a que la banca colapsara, después de Lehman Brothers, fue real. Grecia, en cambio, es todavía un sainete. Todo el mundo piensa, aun los que lucran con la zozobra, que Europa la sostendrá, porque el dominó que sobrevendría -con España a la cabeza- sería, ahí sí, un infierno imposible de manejar.
P.: Geithner probó que los bancos tenían espaldas para afrontar las pérdidas hacia delante. Grecia tendría que demostrar lo mismo.
G.G.: Por eso, Geithner inventó los exámenes de estrés. Para poder luego aprobarlos. El Tesoro, en los hechos, era juez y parte. Es la misma situación de la Unión Europea. Sólo falta que ponga la rúbrica. El sello de aprobación.
P.: Aunque el programa fiscal haga agua o sea imposible de ejecutar.
G.G.: Grecia nada contra la corriente, contra una fuerte marejada. Usted puede pedirle la intención de avanzar, pero sabe que, hasta que las aguas no se calmen, no se arrimará a la costa. Después de todo, el déficit griego es más bajo que el de Gran Bretaña o el de los EE.UU. Me queda claro que la Unión Europea decidirá hasta dónde tensar la soga. Por eso mismo, no le aplicó a Grecia el tratamiento de Latvia o Hungría.
P.: No lo giró a la ventanilla del Fondo Monetario Internacional.
G.G.: La regla moral es clara -el jolgorio fiscal es inaceptable; ningún advenedizo borrará Maastricht con el codo- pero, entrelíneas, hay otro mensaje importante. La ropa sucia se lava en casa. Es un asunto europeo y ni la comunidad internacional ni los EE.UU. tendrán injerencia en su resolución. De ahí, la decisión de mantener al FMI apartado. A pesar de que es la única institución con el expertise para garantizar que el ajuste fiscal se ejecute.


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