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Diálogos en Wall Street
¿Era la Asamblea del FMI el foro adecuado para lograr una tregua en la guerra cambiaria internacional? Para el experto en finanzas que reserva su identidad tras la imagen de Gordon Gekko, eso era pedir demasiado, antes de tiempo. Confía, en vez, en el cónclave presidencial del G-20, dentro de un mes, en Seúl. Mientras tanto, la guerra cambiaria ocasiona mucho ruido pero «muy pocas bajas». En tanto no se obstruya el comercio internacional, no hay que temer que favorezca el verdadero mal que acecha latente: un ajuste deflacionario.
Gordon Gekko: No fue así. Era esperable que se tratara el tema con intensidad, pero no que se llegara a un compromiso.
P.: No recuerdo, en muchísimo tiempo, tantas referencias al Acuerdo del Plaza Hotel de 1985.
G.G.: Se entiende. Pero tenemos por delante una agenda de reuniones que recién comienza. Los ministros de Finanzas y los presidentes de bancos centrales del G-20 se verán las caras el 22 y el 23 de octubre.
P.: Y cree que serán los que sellen un acuerdo.
G.G.: Si hay problemas técnicos que obstruyen el camino, los resolverán, pero la foto de un acuerdo pertenece a la esfera de los presidentes del G-20.
P.: Que se encontrarán en Seúl recién en noviembre.
G.G.: El 11 y el 12.
P.: Mientras tanto, lo que Guido Mantega, ministro de Finanzas brasileño, bautizó como una «guerra cambiaria internacional» seguirá su curso.
G.G.: ¿Por qué no? Es una guerra con mucho espacio en los titulares de la prensa, pero -a decir verdad- con muy pocas bajas.
P.: Nunca se sabe. La incertidumbre cambiaria no es una buena compañía. Ya que está de moda la nostalgia por los años ochenta, recuerde el crash de octubre de 1987, producto del nerviosismo asociado a este tipo de tironeos.
G.G.: Estamos en las antípodas. La Fed no está recogiendo el barrilete de la política monetaria, sino sugiriendo una renovada expansión. Y tampoco tiene en la suba de la Bolsa, como entonces, un motivo de queja o preocupación.
P.: La guerra cambiaria es inocua.
G.G.: Puede convertirse en un dolor de cabeza si se descontrola. Pero convengamos que es la contraparte, en el mercado de divisas, de la promesa de expansión monetaria que formuló la Fed. No hay muchas objeciones, en la arena internacional, con esa iniciativa.
P.: Como usted dice, las Bolsas no tienen de qué quejarse.
G.G.: Y, sin embargo, el mundo elogia la pulpa del durazno y reniega del carozo. Hay que entender que no hay uno sin otro.
P.: Es una política de hechos consumados. EE.UU. relaja el tenor de su política monetaria y dispara todas sus consecuencias y, después, el mundo tiene que atajarlas.
G.G.: Nadie se lamenta cuando todas las Bolsas del mundo suben a la vez. Para bien o para mal, el mundo cabalga como un free rider sobre el lomo de las decisiones de la Fed. En ese sentido, reeditar el Acuerdo Plaza no es una urgencia para los EE.UU. como lo era en 1985.
P.: El dólar ya bajó a pique. Como una exhalación. Antes de firmar nada.
G.G.: Es obvio. Aquí no hay un «superdólar» que voltear. Si se desmorona solo.
P.: Pero un dólar en caída libre entraña muchos peligros. Aunque, hoy por hoy, no se hayan manifestado más que leves incomodidades.
G.G.: Si lo que necesita es detener el derrape del dólar, lo que usted quiere es el Acuerdo del Louvre. Ya estamos saltando a 1987. Primero, se montó la ingeniería para debilitar el dólar; dos años después, se necesitó armar de urgencia un andamio para sostenerlo.
P.: Me temo que estemos a mitad de camino. Entre el Acuerdo Plaza y el del Louvre.
G.G.: El problema es otro. ¿Contra qué cae el dólar? Si se pretende rebalancear las cuentas externas, ¿quién debe hacerse cargo? En el Acuerdo Plaza, EE.UU. debía ajustarse el cinturón y Alemania y Japón eran los que tenían que fogonear el estímulo.
P.: Como siempre, EE.UU. es materia dispuesta para atizar la demanda agregada, aun en las circunstancias en las que no es lo más conveniente, pero los países que tienen superávits externos son renuentes a tomar ese rol en forma rotunda.
G.G.: Usted conoce la experiencia. No le fue bien a Japón interpretando su papel tan a pecho. Hay que entender que aunque haya avances, se van a producir con reticencia.
P.: Japón no puede cumplir la función de locomotora del crecimiento mundial que se le adjudicó a mediados de los ochenta. Pero Alemania y China estarían en condiciones.
G.G.: Alemania se desentiende. Y no sufre demasiada presión por ello.
P.: Todos los dardos apuntan a China. Empezando por los EE.UU. que han vuelto a la carga en procura de arrancarle concesiones.
G.G.: No se olvide que hay elecciones en menos de un mes. Culpar a China por los problemas de empleo es un clásico. Un axioma de la política moderna. No requiere explicación.
P.: ¿Cree que China dará el brazo a torcer? ¿Que aceptará una revaluación del yuan renminbí más acelerada?
G.G.: Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, dice el refrán. No lo ignoro. Pero yo pienso que el cántaro irá una vez más y como siempre traerá agua, suficiente para calmar la sed por un tiempo.
P.: ¿Piensa que ya hemos visto lo peor de la guerra cambiaria?
G.G.: Me pregunto qué es lo malo que hemos padecido. Nada muy relevante. La pregunta clave es qué está crujiendo, ¿el comercio internacional? ¿O los tipos de cambio? Mientras no surjan trabas al comercio, el fantasma de la década del treinta no se corporiza. Lo que hay que temer es un ajuste deflacionario por la vía de la obstrucción del comercio mundial.
P.: Y no está ocurriendo. Pero podría resultar una derivación no deseada de estos chisporroteos.
G.G.: De ahí, lo útil de forjar una solución de consenso y devolver la paz cambiaria. Pero le decía, me temo que la política no lo tiene agendado hasta la reunión presidencial del G-20. Y, con frecuencia, para resaltar el mérito de un arreglo, antes se eleva el voltaje de las diferencias.

