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Diálogos en Wall Street
El periodista dialoga con Gordon Gekko, el alias de un veterano observador de los mercados internacionales, sobre la fiebre del oro y su increíble versatilidad. ¿Serviría el patrón oro en estos tiempos de crisis, como sugirió el titular del Banco Mundial? Sería útil tenerlo, pero sólo para poder abandonarlo.
Gordon Gekko: En su rol de talismán es así. Muy abarcador.
P.: ¿Y protege a cualquier precio que se lo compre?
G.G.: Esa es la promesa que incita a su adquisición.
P.: Es obvio que no será así.
G.G.: Mientras dure la fiebre, será su palabra contra el rally. Y, si bien cada tanto se toma un descanso, el entusiasmo no afloja.
P.: ¿Qué lo propulsa?
G.G.: Esta sensación de que pase lo que pase no se puede perder dinero es un combustible más potente que el hidrógeno.
P.: Si esto no define a una burbuja, ¿qué?
G.G.: Así se gestan las burbujas. ¿Qué duda cabe? No es aire lo que infla las burbujas sino esta convicción profunda de que no pueden fallar.
P.: ¿No se aprendió nada de la última que estalló?
G.G.: Sí. Se aprendió que la inversión en ladrillos no es infalible.
P.: Lo que no rige para el oro.
G.G.: Siempre hay una excusa para argumentar que no es lo mismo, siempre se puede plantear una salvedad. Digamos, la oferta de arcilla es muy elástica, la de metales preciosos, no.
P.: La oferta de oro no es tan pequeña. Y las existencias no se reducen por depreciación ni por obsolescencia.
G.G.: Sólo por extravío.
P.: O sea que el stock siempre crece. La oferta relevante es todo el oro que extrajo la minería a lo largo de los siglos.
G.G.: Sé hacia dónde apunta. Pero no creo que conmueva a nadie. Si quiere, le recuerdo, los costos marginales de producción son sustancialmente más bajos que los precios vigentes.
P.: Hay mucho más oro en camino.
G.G.: Tal cual. Es una industria que, por cierto, no está en recesión.
P.: No lo ve como un freno.
G.G.: Convengamos que la oferta de incertidumbre crece más rápido. Y al oro lo beneficia su ubicuidad. Si temo la inflación, pienso que me protegerá. Si desconfío de la banca internacional, si preveo otra crisis financiera, lo que llevaría al mundo a una deflación, también me cubro con el oro.
P.: O cree que se cubre.
G.G.: En ambos casos habrá que verlo. Pero lo que dicta la dinámica de los precios es la percepción.
P.: ¿Piensa que la Fed con su política expansiva, con el relajamiento cuantitativo que telegrafió hace un par de meses, contribuyó a exacerbar el cuadro?
G.G.: Es innegable. El QE2 tuvo efectos rotundos en los mercados de activos de riesgo. No sólo el oro respondió. Todas las materias primas, las divisas distintas del dólar se movieron con fuerza en alza.
P.: ¿Es un error? ¿Una consecuencia inesperada? ¿O no deseada? ¿Un motivo para restringir su aplicación?
G.G.: Creo que la Fed hizo lo correcto teniendo en cuenta cuál es su misión: hacer política monetaria para los EE.UU.
P.: Pero no debiera ignorar sus efectos fronteras afuera.
G.G.: No los desconoce. Pero, por fuerza, no puede tratarlos con la misma ponderación. Queda claro que los instrumentos que usa la Fed son pinceles de brocha gorda. EE.UU. no es un país minero. Ni su economía es eminentemente agrícola. Es un importador neto de petróleo. Su interés no es estimular los precios de los metales preciosos, de los alimentos o de la energía. No son efectos inesperados. Y muchos no son deseados: ¿qué sentido tiene para la Fed aumentar los ingresos de la OPEP y pagarlo del bolsillo de los estadounidenses? La Fed quiere evitar que los EE.UU. caigan en un pozo deflacionario y no tiene (o no encontró) otro instrumento eficaz que le parezca más eficiente.
P.: La Fed teme la deflación y por eso actúa. Los mercados temen el desborde monetario y su corolario de alta inflación y por eso se posicionan en activos como el oro, que les prometen cobertura. ¿Quién tiene razón?
G.G.: La suba del oro cumplirá pronto una década, y está claro que no hemos tenido alta inflación. Si uno analiza la tendencia actual ve un trazo parecido al camino que siguió Japón en los años noventa y que condujo a una caída de precios, no a una alta inflación. El negocio del oro es otro. Me parece que lo que más lo favorece es transitar esta zona ambigua, donde los problemas son evidentes, pero no se arruinan del todo, ni mucho menos se arreglan. En esa tierra de nadie, no hay mejor talismán. Las tasas de interés no son competencia.
P.: ¿Qué piensa de la propuesta de Robert Zoellick, el presidente del Banco Mundial, de regresar al patrón oro?
G.G.: Zoellick no planteó eso, salvo en el título de su columna de opinión. Pero eso no lo escribió él, sino el Financial Times. Lo que sí propuso fue migrar a un sistema monetario internacional que no dependa sólo del dólar, sino que incorpore una canasta de divisas, incluyendo un yuan renminbí convertible (lo que hoy no existe) más el oro.
P.: ¿Piensa que contar hoy con un patrón oro sería de utilidad?
G.G.: Por supuesto. Recuerde la experiencia de la crisis del 30. Sería magnífico tenerlo para así poder -inmediatamente- abandonarlo.


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