19 de noviembre 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La pequeña Irlanda dicta el pulso de los mercados. Y cuando se piensa que aceptará la ayuda que le ofrece Europa, los ánimos repuntan. El periodista dialoga con Gordon Gekko, el seudónimo de un veterano observador de los mercados internacionales, quien marca el contraste nítido entre los problemas de arrastre de Europa -que cada vez lucen peor- y el llamativo giro de fortuna de GM y su exitosa colocación de acciones.

Periodista: Retornó la calma y las acciones reaccionaron con fuerza. ¿Pasó el temporal?

Gordon Gekko:
Resta cortar de cuajo la corrida bancaria en Irlanda.

P.: Sí o sí, entonces, se la debe persuadir a que acepte la asistencia que la Unión Europea le ofrece.

G.G.:
La convicción de que así sucederá es lo que calmó las aguas.

P.: Se invirtieron los roles. La presión internacional es enorme. La Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional despacharon sus equipos de negociadores a Dublín. Pero el náufrago rechaza subir a la balsa salvavidas.

G.G.:
Sin embargo, no tiene margen de maniobra remanente.

P.: Irlanda dice que tomó todo el financiamiento que precisa hasta abril del año próximo. Y podría echar mano a otros fondos especiales. No sería la primera vez.

G.G.:
El eslabón más débil son los bancos. La pérdida de depósitos es una hemorragia grave que se aceleró.

P.: ¿Cree que Irlanda ya dio su brazo a torcer?

G.G.:
Me parece sencillo: esto es «game over» (juego terminado) si no se detiene la sangría de los bancos, si no se los capitaliza. Yo diría que el anuncio no debe esperar.

P.: Hay maneras y maneras de dotar de capital a la banca. También se puede recurrir a una reestructuración de pasivos.

G.G.:
Por eso huyen los depositantes, particulares y corporativos.

P.: ¿Usted qué cree que ocurrirá?

G.G.:
Se tomará el dinero que ofrece Europa. Es la única fuente que puede proveer una cifra respetable, que oficie como ancla de las expectativas.

P.: ¿Cuánto?

G.G.:
No menos de 50 o 60 mil millones de euros, aunque el anuncio (sumando los compromisos de un programa multianual) seguramente va a ser mayor. Y habrá que usar una buena parte para inyectarla en los bancos.

P.: Y los pasivos de la banca permanecerán indemnes.

G.G.:
Ya hemos conversado, no mucho tiempo atrás, sobre las obligaciones subordinadas de la banca en Irlanda. Y, como se temía, ya hay antecedentes de pasivos que se pasaron a cuchillo.

P.: ¿Cree que los depositantes deberían poner sus barbas en remojo? Por lo visto, no son pocos los que prefieren retirarse antes de conocer la respuesta definitiva.

G.G.:
Existe una garantía estatal de los depósitos. Y no habrá default de las obligaciones públicas.

P.: ¿Acaso la deuda subordinada que sufrió la punción no estaba cubierta también por una garantía del Tesoro?

G.G.:
Esa garantía era temporaria. Y primero expiró.

P.: ¿Qué trato recibirán los grandes depositantes como las empresas o instituciones?

G.G.:
La caridad bien entendida empieza por casa. Europa acude en rescate por una razón muy clara. Lo que se vive hoy en Irlanda también puede surgir en otras plazas. A nadie le interesa que se contagie la idea de que los depósitos pueden estar en peligro. Creo que por ahí no irá el ajuste.

P.: ¿Qué opinión le merecen los exámenes de estrés bancarios? Todavía no se secó la tinta de los informes y resulta evidente que sus conclusiones no eran para nada válidas.

G.G.:
¿No esperaría imparcialidad de autoridades que, a la vez, eran juez y parte interesada? Los exámenes de estrés eran pruebas diseñadas, precisamente, para ser superadas.

P.: Pera la fragilidad que exhibe la banca irlandesa es casi grotesca. Los exámenes de toda Europa decían que, en el peor de los escenarios, las entidades tendrían que inyectar unos 3.500 millones de euros adicionales para preservar una capitalización razonable. Y ahora estamos viendo que sólo los bancos de Irlanda precisarán un aporte de varias decenas de miles de millones.

G.G:
Es así. Lo barato sale caro. El mensaje de los exámenes de estrés europeos era que no se necesitaba una capitalización adicional. En comparación, en los EE.UU., que fue el que inventó el truco, la capitalización se hizo primero (a gran escala) y recién después se tomó la evaluación. Y, en paralelo, los propios resultados gatillaron una afluencia de recursos muy potente que también reforzó el patrimonio. Yo no diría que EE.UU. fue más honesto que Europa. Pero está claro que, hoy por hoy, el apalancamiento de los bancos europeos es muchísimo mayor. La limpieza de sus activos problemáticos, a juzgar por los quebrantos que siguen aflorando en Irlanda, también deja que desear. Ya se vio la existencia de una diferenciación muy importante cuando se negoció el esquema de capitales mínimos de Basilea III.

P.: Recuerdo que los países europeos, liderados por Alemania, fueron los que pidieron el plazo mayor para adecuarse.

G.G.:
Gran Bretaña y Suiza, no, se alinearon con los EE.UU. Pero Alemania, Francia, Italia y también Japón fueron los que pugnaron por una solución más laxa. En el acuerdo final, consiguieron bajar en un punto el requerimiento mínimo de capital y alargaron los plazos para completar la migración de sistema, de cinco años a ocho.

P.: Finalmente, los exámenes de estrés fueron inútiles. Cuando no un vulgar engaño.

G.G.:
Yo diría que sí le sirvieron a España, que se examinó a sí mismo con rigor, que fue el país que tuvo mayor número de reprobados, pero que, a la par, resultó el más creíble.

P.: ¿Qué secuelas dejarán las tribulaciones irlandesas? ¿Se cierra el capítulo con el rescate? ¿O, simplemente, el contagio atacará al que sigue en la fila? En ese sentido, Portugal parece haberse comprado todos los boletos.

G.G.:
Como le dije, apagar el foco de incendio requiere poner bajo control la salida de depósitos en Irlanda.

P.: Lo que no es imposible.

G.G.:
Es factible, desde ya que sí. Este episodio de crisis marchó en cámara increíblemente lenta. Mientras todo el interés giró alrededor del QE2, no hubo prisas.

P.: ¿Piensa en que aun así habrá un contagio virulento?

G.G.:
De hecho, no ha sido virulento. España pudo emitir bonos a plazo. No se produjo un vuelco masivo hacia la calidad. Los bunds alemanes no se beneficiaron del pánico, como ocurrió en abril y mayo, porque simplemente hubo temor, pero no desesperación ni pánico.

P.: ¿No quedarán huellas?

G.G.:
Todo lo contrario, la manera en que Europa gestiona la crisis cava, cada vez, un pozo más profundo. Usted tapa los problemas con dinero (el que retacea todo el tiempo, ayudando a que la situación se pudra, y que finalmente suelta cuando se aproxima el desastre). Y cada vez que los problemas salen a luz, su fisonomía es peor. Compare con la reciente emisión de acciones de General Motors: allí si se instaló la idea de un giro completo, de un «turnaround».

P.: ¿Quién lo hubiera creído posible?

G.G.:
Nadie en su sano juicio. Y no se engañe ahora, no salió barato. Pero la compañía se reestructuró, su recuperación es genuina, en un mercado automotor que en los EE.UU. todavía vende menos unidades que las necesarias para preservar estable el parque automotor. En ese sentido, para esa actividad, lo peor de la crisis quedó atrás. Que las tasas de interés en EE.UU. rocen el suelo, que la Fed se proponga achatar las tasas de largo plazo, no es un hecho ajeno, o independiente, a la posibilidad de ejecutar una ampliación de capital como la que logró GM. Es una consecuencia lógica. En cambio, en Europa, ese proceso no funciona. Menos que menos, en los países atacados de frente por la crisis que deben lidiar con tasas estratosféricas. Y lo peor es que a nadie parece importarle.

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