16 de marzo 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El miedo no es zonzo pero el pánico es mal consejero. Y para Gordon Gekko, el alias de un veterano analista de las finanzas internacionales, lo que ocurrió ayer en Tokio fue un clásico ataque de pánico.

Periodista: Japón monopolizó el guión de la jornada. El Nikkei supo hundirse hasta el 14% para cerrar en el 10,6% abajo. ¿Cómo definir lo que pasó?

Gordon Gekko:
Un ataque de pánico. Clásico.

P.: La radiación es más dañina que el tsunami.

G.G.:
El tsunami ya pasó. Es asunto cerrado. La amenaza de la radiación está en pie, latente, con todo su potencial.

P.: Lo que derrumba la Bolsa de Tokio es lo que podría pasar, no lo que ya aconteció, que por cierto fue terrible.

G.G.:
Seguro.

P.: No es fácil saber a ciencia cierta cuál es la verdadera situación de la planta de Fukushima.

G.G.:
El pánico no se basa en certezas. Generalmente es todo lo contrario. Entienda que no se requiere expertise para asustarse. Basta comprender que la situación no mejora con cada explosión. Es fácil contar los estallidos.

P.: Digamos que ahora sí se teme que ocurra lo peor.

G.G.:
Tiene sentido. Todo indica que sus chances aumentan.

P.: Los escenarios de catástrofe ganan terreno, pero no se puede descartar que no resulten una gran exageración. Se basan en presunciones y evidencia parcial.

G.G.:
El miedo no es zonzo. Fíjese que el embajador de Austria ha resuelto que puede servir los intereses de su país con idéntico celo estando en Osaka que en Tokio. Y Osaka está más distante del «impredecible» reactor. Para qué correr riesgos.

P.: Se puede abandonar el Nikkei pero no sin pagar un precio. En un par de días la guadaña recortó las cotizaciones casi el 18%. ¿No es tarde para irse?

G.G.:
El miedo no es zonzo pero, en general, el pánico es mal consejero. Decía el barón de Rostchild que había que comprar cuando la sangre corre por las calles. No vender. Es un consejo del siglo XIX pero cambie sangre por radiación y lo habrá actualizado.

P.: ¿Qué decir del resto del mundo? Japón lo sacudió como si se temiese que la radiación no fuera a encontrar límites. En el plano internacional... ¿no se trata de una exageración?

G.G.:
La baja también fue mucho más atenuada. En Wall Street, cuando se cerró el carrussell de las Bolsas, la merma fue de poco más del 1%. ¿Se exagera? Es posible. Cuando uno ve que todo se derrumba -así comenzó la rueda- está claro que se mezcla la paja y el trigo. Que el precio del petróleo caiga me parece un ejemplo rotundo de efecto manada, pánico puro.

P.: Usted lo ve como un beneficiario de la zozobra nuclear.

G.G.:
Es difícil no verlo así. Al shock de oferta que supone la ebullición del mundo árabe se le acaba de sumar, totalmente fuera de agenda, un shock de demanda de largo plazo por efecto sustitución. Bingo.

P.: ¿Cómo se sale de esta situación?

G.G.:
Estabilice Fukushima. Cúbrala de agua. Demuestre que los temores son infundados. El Nikkei saltará como un resorte...

P.: He leído críticas ofuscadas a la política del Banco de Japón. Pero... ¿qué puede hacer? La liquidez que inyectó es muy generosa pero no es un refrigerante apto para enfriar centrales nucleares.

G.G.:
El crédito del Banco de Japón, a diferencia de las acciones del Nikkei, no se derrite con la amenaza de la radiación. Siendo así cumple un rol vital: evitar que estalle el sistema de pagos. Japón ya tiene bastantes problemas como para sumarle uno más.