10 de septiembre 2012 - 00:00

Diálogos en Wall Street

¿Qué panorama se abre tras la movida del BCE? Nuestro hombre en Wall Street rescata un aspecto central: Mario Draghi liberó a la institución de la tutela del Bundesbank. Cortó el cordón umbilical. Sin ese paso -el más audaz en la historia del BCE- no había solución posible para Europa. Faltan definir toneladas de detalles, pero los mercados no yerran al poner el acento en lo fundamental: el BCE definió un compromiso creíble de intervención.

Periodista: ¿Se arregló Europa? ¿Es hora de darle las hurras a la crisis europea?

Gordon Gekko: Se arregló entre comillas. Como ocurrió a fin del año pasado cuando el BCE lanzó los pases que rescataron a la banca. O como cuando se implementó el primer programa de salvataje a Grecia.

P.: ¿No compra la idea de una solución definitiva?

G.G.: No, porque no está a la venta.

P.: No me va a negar, sin embargo, que el BCE tomó una decisión audaz...

G.G.: Desde ya. La más audaz de su (breve) historia. Definió su independencia como nunca antes lo había hecho.

P.: ¿Usted cree? En Alemania se opina todo lo contrario.

G.G.: Se teme la alineación del BCE con la política, pero resultó inevitable para romper lanzas con la posición del Bundesbank. La gran jugada de Mario Draghi consiste precisamente en independizar al BCE de la tutela del Bundesbank. Sin esta ruptura no habría solución creíble para la crisis de la región. España e Italia son demasiado grandes para replicar la estrategia titubeante que se siguió en Grecia.

P.: Usted siempre consideró la saga europea como una corrida contra la deuda pública en la que el dato crucial no es tanto el volumen del endeudamiento como la indefensión de los bancos. ¿Finalmente el BCE toma el sayo y asume el rol de prestamista de última instancia?

G.G.: Con los pases a tres años, el BCE se posicionó como prestamista de último recurso de los bancos europeos, pero no de las tesorerías. Fue una estrategia oblicua de apoyo (porque la banca podía financiar a su vez a los gobiernos), pero no alcanzo...

P.: Ahora -con las operaciones monetarias directas- se da ese paso.

G.G.: Porque no hubo más remedio. Y aun así el Bundesbank votó en contra.

P.: Podría pensarse que el BCE nunca compró deuda de los países. Sin embargo, lo hizo con el programa SMP. Como recordatorio, más de 200 mil millones de euros de bonos soberanos descansan entre sus activos. ¿Por qué piensa que la nueva estrategia va a funcionar y desalentar la corrida cuando el SMP no pudo?

G.G.: Buena pregunta. Es de manual. Y se la puede complicar: el BCE, como habíamos dicho, intervendrá sólo en el segmento de obligaciones hasta tres años. El SMP era mejor, ya que no tenía esa limitación.

P.: ¿Y entonces?

G.G.: La clave está en el grado de compromiso. Draghi dijo, el primer día, que haría lo necesario para salvar al euro. Y todo el mundo entendió el eufemismo: les pondrá el pecho a la deuda de España e Italia mientras esté en la picota.

P.: Sólo en la parte frontal de la curva. Pero la corrida que preocupa es la que se abate sobre los bonos largos...

G.G.: Está claro. El SMP, en ese sentido, era un mejor instrumento.

P.: Aspecto que nadie menciona...

G.G.: Porque no es lo relevante para estimar el éxito de la iniciativa. Impresiona más un cuchillo de postre empuñado con la voluntad de utilizarlo que un facón que no se saldrá nunca de la vaina.

P.: ¿Que el BCE prometa compras ilimitadas de títulos marca la diferencia?

G.G.: Dos rasgos le pedía el ministro español De Guindos a la jugada del banco central: que no hubiera topes de montos ni en el horizonte previsto de la intervención.

P.: Draghi concedió ambos.

G.G.: Eso -y la rotunda negativa del Bundesbank- lo torna creíble.

P.: ¿Cómo sigue la película? ¿Es el turno de Rajoy? ¿Deberá, por fin, dar su brazo a torcer?

G.G.: Así las cosas, Rajoy está para escaparse silbando bajito. Las tasas se derrumbaron en todo el espectro de la curva de plazos. Era lo que quería, ¿no? Por él, está hecho. No hay nada más que agregar.

P.: ¿Se arreglará todo de boquilla?

G.G.: No hay corrida contra la deuda pública de ningún país fuera de la eurozona, y en ninguno de ellos el banco central necesita intervenir. Basta con la convicción de que existe un prestamista de última instancia.

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