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Diálogos en Wall Street
¿Qué pasó con el precipicio fiscal? Los inversores descartan que habrá acuerdo, los mercados suben a cuenta, y, mientras tanto, la negociación se estancó. No hay que minimizar el instinto «asesino» de Obama, dice Gordon Gekko, nuestro hombre en Wall Street.
Gordon Gekko: A un costado del camino. Se trepa, como vaticinamos, a pesar del abismo.
P.: ¿Y cómo viene la negociación?
G.G.: Dijo John Boehner, el líder republicano en la discusión, que no ha habido progresos. Que la Casa Blanca dejó pasar otra semana en blanco. Y señaló algo más, que la estrategia del presidente es empujar al país al borde mismo del abismo.
P.: No suena alentador.
G.G.: Es el juego de la gallina. El que se asusta, pierde. Y esto es válido para todos. Obama, los republicanos y los mercados.
P.: ¿Cómo cree que va el asunto, fuera de las bravuconadas que se dicen para la tribuna?
G.G.: Los roles cambiaron. La imagen que cada uno tiene ante la opinión pública, no. Los republicanos se pusieron la camiseta de la intransigencia y se cansaron de sacarse fotos así. Y Obama posó siempre como una víctima. ¿Qué sucede ahora? El presidente tiene instinto «asesino»: lo beneficia un pico de aprobación popular como no sucedía desde la muerte de Bin Laden. Ataca a fondo. Sin concesiones. De momento, no quiere negociar, sino imponer su posición. Créale a Boehner.
P.: Me sorprende. Si la economía se desmorona hacia el abismo, es su gestión la que cargará con los platos rotos.
G.G.: Obama quiere llevarnos al filo. Será porque no piensa que habrá derrumbe, sino que antes los republicanos recularán.
P.: ¿Tiene lógica?
G.G.: Si se fracasa, ¿a quién le echará la culpa la opinión pública? Según los sondeos, más de la mitad de la población «ya sabe» que la culpa será de los republicanos. Sólo el 23% acusará a los demócratas.
P.: Hazte fama.
G.G.: Obama está explotando los atributos negativos de los republicanos a manera de búmeran. Y su propuesta cortante, del tipo «tómalo o déjalo», no ofrece muchos resquicios para la maniobra. Van dos semanas en las que no pestañea.
P.: ¿Qué pretende? Una suba de impuestos es aceptable para los republicanos si la vía propuesta es eliminar exenciones. Pero exigir un incremento en las alícuotas más altas, para bien o para mal, es un tema tabú.
G.G.: Hay dos condiciones para cerrar el trato, ya no se discute sólo el tema impositivo. Tim Geithner, el secretario del Tesoro, quien es el negociador de la Casa Blanca sobre el terreno (y que se retirará en enero, o cuando concluya esta disputa), ha sido muy claro. No habrá acuerdo sin aumento de impuestos para el 2% más rico de la población. Pero tampoco se firmará nada si no se modifica el mecanismo de fijación del techo de la deuda pública.
P.: Se ve que Obama es rencoroso. Con ese andamiaje, la oposición lo torturó el año pasado.
G.G.: Entienda que a los republicanos el planteo los tomó por total sorpresa. Obama va a fondo. Piensa que es el momento justo para imponer y no ceder. Ganó la elección, el Partido Republicano debe mudar de liderazgo (y muchas de sus banderas), el Tea Party perdió predicamento. La intransigencia republicana fue la gran derrotada en las urnas. Y Obama especula con que sus rivales necesitan lavar esa imagen.
P.: No está mal convertir el tope de la deuda que fija el Congreso en un techo corredizo y que deje de ser una cifra rígida, que nada tiene que ver con los déficits acumulados de los presupuestos que se sancionan. ¿Qué piden los demócratas?
G.G.: Obama debe tener un coach australiano; aquí emplea otro búmeran. La propuesta Mc Connell. Como dijo Geithner, con sorna: «Una iniciativa con impecables credenciales republicanas». En esencia, se postula invertir el proceso actual. El presidente gatillará periódicamente un aumento del techo de deuda que el Congreso debería invalidar, dentro de los quince días, con el apoyo de ambas Cámaras, para que el tope no se incremente.
P.: Así las cosas, será difícil que se cumpla el «deseo» del presidente de tener todo arreglado antes de Navidad.
G.G.: No se olvide que las reducciones de impuestos del presidente Bush expiran automáticamente el 1 de enero. Si nadie mueve un dedo, los tributos suben solos. Los republicanos, luego, podrían bajarlos para el 98% más pobre de la población y, voilà, la solución impositiva que busca Obama estaría disponible. Y cada legislador podría decir que, en rigor, «bajó» los impuestos. Sería un paseo por la cornisa. Si sale bien, o sea si se resuelve rápido, no supondría despeñarse al abismo.


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