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Diálogos en Wall Street
Periodista: ¿Comenzó, por fin, la guerra de monedas?
Gordon Gekko: Según Guido Mantega, el ministro de Hacienda de Brasil, empezó hace varios años.
P.: Pero su virulencia escaló en estos últimos dos meses. Se advierte una renovada sensibilidad por la marcha del tipo de cambio. Desde Japón a Venezuela. Hasta la eurozona reaccionó frenando la apreciación del euro. ¿No piensa que esta vez sí suenan los tambores de guerra?
G.G.: Es una conflagración con pocas víctimas fatales. El comercio internacional, por suerte, no es una de ellas.
P.: No puede ignorar la cantidad de trabas al comercio que surgen cada día.
G.G.: No niego la infinidad de escaramuzas. Sólo digo que no han sido suficientes para frenar la expansión del comercio. Cualquier paralelismo con la guerra de devaluaciones competitivas, y represalias recíprocas, de los años treinta es una exageración. Si quiere usar la palabra guerra, piense más bien en una guerra de guerrillas. Su intensidad es baja. Aunque, es verdad, cada tanto irrumpe un golpe de mano que se roba los titulares de los diarios.
P.: Venezuela sería el ejemplo más reciente.
G.G.: Venezuela no cuenta en esta historia.
P.: ¿Una devaluación del 32% no merece figurar en la crónica de las hostilidades? Un portal financiero -bastante popular- compara la decisión de Caracas con el lanzamiento de la primera bomba nuclear en esta guerra.
G.G.: No se confunda. La idea de la guerra de monedas es la aplicación de devaluaciones competitivas en procura de aumentar las exportaciones netas de un país a costa de los demás. Es esa manipulación particular la que debería monitorear.
P.: ¿Venezuela no manipula su tipo de cambio?
G.G.: Claro que sí. Pero lo hace con un criterio que está en las antípodas de la agresión internacional. Mire el índice Big Mac. Va a encontrar que su moneda es la más sobrevaluada de la lista.
P.: Ya no.
G.G.: Aún al nuevo tipo de cambio oficial, su valor es un tercio del que refleja la cotización libre. Si el Gobierno no interviniese para nada en el mercado de cambios, el valor del bolívar sería mucho más bajo que lo que es hoy el tipo oficial. ¿De qué bomba nuclear me está hablando? Si Venezuela, aún hoy, está apreciando su moneda por la vía de los controles cambiarios.
P.: Tachemos Venezuela. Pero esta misma semana François Hollande, el presidente de Francia, exigió que Europa instale un "mecanismo cambiario" para proteger al euro. Y, más tarde, Mario Draghi, el titular del BCE, mencionó la apreciación del euro como un tema en su agenda.
G.G.: El euro ha jugado un rol amortiguador. Se ha apreciado estos meses sin que nadie dijera esta boca es mía.
P.: Ha sido algo así como la paloma de la paz.
G.G.: Cotiza por encima de cualquier estimación de paridad de poder adquisitivo y uno podría preguntarse qué sentido tiene cuando se enfrenta una crisis de naturaleza deflacionaria. ¿Por qué no favorecer una depreciación que les dé oxígeno a los países con asfixia de empleo? Mi lectura es que Europa le dijo basta a este capítulo de apreciación del euro. Es verdad, Hollande pidió una política cambiaria. Y Draghi ni lo piensa. Pero el mensaje de ambos fue el mismo.
P.: Así se entendió. El euro se cayó como un piano. Pero si está sobrevaluado, tampoco cuenta como una agresión.
G.G.: En esta crisis, en los tiempos de calma, el euro ha sido la moneda contra la cual uno puede devaluar sin herir susceptibilidades. En el corto plazo, es una deriva natural: mientras todos los bancos centrales están aumentando su hoja de balance, el BCE es el único que la reduce. Tampoco baja las tasas de interés a cero pese a la doble recesión.
P.: ¿No hay agresores entonces? EE.UU. no interviene en cambios, pero la Fed expande sistemáticamente y ello debilita la moneda. ¿China? ¿Japón?
G.G.: La política de Abe es lo más parecido a provocar una chispa en una estación de servicio. La devaluación del yen es un objetivo explícito. Y Abe es una aplanadora que no ha titubeado en voltear cabezas para poner su programa en marcha. No obstante, para bailar un tango hacen falta dos. El mundo acepta el "trade off". Es mejor tratar de reanimar así a Japón que dejar que se hunda sin hacer nada. Y, de momento, lo acepta pacíficamente. Es un equilibrio delicado. La realidad es que no hay guerra de monedas. Pero sería muy fácil montarla. Porque todos los ingredientes están presentes.


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