4 de octubre 2013 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Diálogos en Wall Street
El vodevil del cierre de Gobierno le agrega días en cartel a su triste exhibición. Increíblemente, el propio presidente Obama le pide a Wall Street que se asuste más. Indagamos a Gordon Gekko para que nos ilustre sobre la contienda.



Periodista: Dice Obama que Wall Street debería estar más preocupado por el cierre de Gobierno.

Gordon Gekko:
De a poco. Que no se apure. Vamos de menor a mayor.

P.: ¿No es curioso que quiera alentar los temores? Convocó a los empresarios antes que a los líderes de bancada de ambas cámaras. Y les dijo en voz bien alta que esta vez la historia podía ser diferente, que el pago de la deuda pública podía quedar en entredicho...

G.G.:
Así es la política. En la pelea hay que buscar apoyos. Y el susto es el principal aliado de Obama.

P.: El enfrentamiento luce más virulento que en el pasado.

G.G.:
De acuerdo. Por eso el Gobierno se cerró tan rápido. Se le puso candado antes de comenzar de veras a negociar. Pero el guión es el mismo. En rigor, el temor que veremos crecer a medida que se prolongue la impasse tendrá que ver con la noción de que los mercados van a dañarse en la espera, y no con una genuina preocupación por los servicios de la deuda pública.

P.: ¿Le parece?

G.G.:
Mire los precios de la deuda del Tesoro. Allí está la respuesta. No hubo acuerdo, se cruzó el umbral crítico del presupuesto, el Gobierno ya se cerró, no hay una negociación en serio, no se detectan siquiera reuniones de los equipos de trabajo, y el bono de diez años aumentó de precio. Antes de la reunión de la Fed rendía el 3% anual y se temía que escalara medio punto más; hoy rinde el 2,60% y se cursan apuestas a favor de que pueda rendir un cuarto de punto menos. Igual se hablará hasta el cansancio del posible default. ¿Apretarán los políticos el botón nuclear? La convicción es que no. Sería letal. No sobrevivirían. Y lo saben.

P.: ¿Cuándo podría pasar eso?

G.G.:
Cuando el Tea Party conduzca la mayoría de la Cámara de Diputados la amenaza será más creíble. Ahí sí podríamos replicar una crisis como la de los misiles en Cuba en 1962. Pero no es el caso.

P.: La idea básica de que los cierres de Gobierno rara vez duran más de cinco días comienza a agrietarse...

G.G.: Estos entuertos se resuelven bajo mayor presión (que es lo que Obama pide). La complicación obvia, en el caso actual, es que Obama quiere negociar una sola vez. No le interesa reabrir el Gobierno para tener que esquivar, en un par de semanas, la colisión con el techo de la deuda.

P.: Los republicanos dicen que Obama no quiere negociar, que exige que le corran los límites de gasto y del endeudamiento a cambio de nada.

G.G.:
Todo el mundo sabe que el impuesto a los equipamientos médicos es una prenda de intercambio, pero ¿qué sentido tendría entregarla hoy? Es verdad que Obama quiere que le supriman las restricciones libres de condicionamientos, pero es la usanza del oficio ceder algo a cambio. Así se va a cancelar la disputa. Nadie saldrá con las manos vacías. Pero nadie conseguirá tampoco la cabeza de elefante de la reforma de la salud.

P.: En la práctica, ¿cómo cree que procederá ese acuerdo del final?

G.G.: La grieta se abrió del lado de los diputados republicanos. Había unos quince, que ahora son veinte, que estarían de acuerdo en romper lanzas con las posturas acérrimas del Tea Party. Son críticos de la reforma sanitaria, pero también son sensibles al rechazo en las encuestas y no están convencidos (como buena parte de los líderes del partido) de la bondad de la estrategia de confrontar al extremo.

P.: ¿Se romperá la unidad del bloque?

G.G.: Por ahora, no. John Boehner, el jefe de bancada, hace equilibrio. Pero cuando la espada de Damocles lo lastime y el techo de la deuda lo corra también a él, y como dijo Mitch Mc Connell, la marca republicana esté por prenderse fuego, ahí tendrá una puerta de salida. Con esos votos y los de la minoría demócrata en diputados, punto final, se acabó la discusión.

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