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Dicen en el campo...
Jorge Amaya
... que también aparece otro grupo que cree ver en los anuncios la confirmación de que ahora el Gobierno pretende hacer algo rápidamente para compensar el profundo -y previsible- déficit de carne vacuna en el que cayó la Argentina después de perder alrededor de 5 millones de vientres por la liquidación de los últimos años, producto del escaso incentivo económico al que se obligó a la actividad, con restricciones de precios, exportaciones, etc. En este caso, ya se sabe que entre este año y el 2011 el país deberá compensar por lo menos 20 kilos de ingesta de vacuno con otras carnes, lo que tampoco es demasiado fácil que ocurra, ya que, aun con los incentivos recibidos, el pollo, que es el más preparado para un nuevo aumento de la oferta, apenas pasó de los 26 kilos del pico de consumo de fines de los 90, a sólo 6 o 7 kilos más en los 2000. El asunto, al menos hasta ahora, no alcanzó para minar el buen humor que lucían los empresarios que rodeaban a la mandataria, como el sonriente Joaquín de Grazia (hoy por hoy, tal vez el máximo productor avícola del país), o el equipo de producción porcina de los Blaquier, los mayores productores de cerdos del país (además del azúcar). Un poco más preocupados aparecían algunos ganaderos, alarmados por el calor y el avance de las aguas, aunque más entusiasmados por el lado del mercado, ya que ahora los precios comienzan a mostrar alguna recuperación después de mucho tiempo. «Ahora hay que estar muy atentos con la sanidad, no sea cosa que se repita la mala suerte que tuvimos a principios de 2006, cuando también las cotizaciones de la hacienda habían comenzado a mejorar, y justo se produjo un brote de aftosa que volvió a frenar la actividad», señalaba en un grupo técnico Nino Llorente, productor y administrador ganadero. El caso es que nadie olvida aquel suceso que, de hecho, aún no fue explicado oficialmente, y vanos fueron los intentos para que el titular del SENASA, Jorge Amaya, justificara lo que pasó hace ya 4 años.
... que «estamos en un avión que entró en emergencia» reconocía, por su parte, un molinero que prefirió no ser identificado. Es que la caída de la producción del cereal (7-7,5 millones de toneladas), sumada a la baja calidad panaderil de varias partidas (al menos un millón de toneladas no califican), ponen en jaque a la actividad industrial, a pesar de que es otro de los rubros favorecido por el trato presidencial. «Necesitamos un programa de crecimiento en serio, que nos lleve a 12-14 millones de toneladas», reconoció el hombre, sin recordar que en la década pasada, con tecnología bastante inferior, ya se habían logrado cosechas de cerca de 17 millones de toneladas, lo que indica que ahora se deberían haber superado holgadamente los 20 millones, y así poder mantener a Brasil como estratégico mercado cautivo. Ni los créditos recién anunciados por el Ejecutivo para que la molinería compre 1,5 millón de toneladas del cereal a los productores parece que mejoraron el humor, ya que en la letra chica del acuerdo parece que hay una cláusula por la que la industria se hace «garante solidaria» por si el Estado no paga los 7 puntos de bonificación a la tasa del Banco Nación. Naturalmente, con esa condición nadie quiere tomar el préstamo.


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