¿DÓNDE ESTÁ EL PILOTO?

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Las Bolsas se desploman en caída vertical como en los peores tiempos. La zozobra dura cuatro o cinco minutos no más -suficientes para que el Dow Jones se zambulla 998 puntos (luego subirá 650 en un espasmo de recuperación)-, pero la sensación de angustia quedó clavada como un puñal. Ese regusto agrio, cuando se prueba, no se borra fácil. Pudo ser un jueves aciago. Fue sólo un aviso de cortesía. Llegó sin invitación, se fue sin que lo echen, volverá sin que lo llamen. Y conviene saber que la tradición de jornadas sombrías es más profusa en viernes negros (o lunes negros).

Peligrosamente, la crisis europea se convirtió ya en una corrida desbocada. Sin atisbo alguno de contención, retoza como una fiera cada vez más desafiante. No importan los motivos. Si Grecia, o España, o un error en las computadoras que registran las transacciones en el NASDAQ. La naturaleza manda a su antojo y la naturaleza de una corrida es no preguntar razones. Así las cosas, la tormenta arreciará. La pregunta es de rigor: ¿y dónde diablos está el piloto?

La amenaza para la recuperación mundial no era la terquedad de China. Ni su celo por mantener la paridad del yuan a rajatabla. El mandoble vino de Europa. No se pudo librar al Viejo Continente de su torpeza. Para peor, hay que rescatarlo urgente de su parálisis. Y si no responde -en ocasiones, como se vio en los Balcanes, Europa sencillamente no resuelve-, el mundo tendrá que hacerse cargo y tomar las riendas, por más que alemanes y franceses protesten.

El baño de austeridad que se les impuso como obligación a Grecia y a media Europa tenía muy nobles intenciones. El espíritu de Maastricht ordena límites de endeudamiento y desbalances fiscales que casi nadie respeta. Y la desmesura de la deuda pública es un serio problema latente. Con el ultimátum de un ajuste a destiempo, lo que Europa hizo fue despertar a la bestia. Y, en un entorno fuertemente deflacionario, ahora no sabe cómo dominarla. Ni cómo calmar su voracidad. Es el error más grave de política económica cometido desde que despuntó la crisis internacional en agosto de 2007. A una legua de distancia del que le sigue en desgracia. En tiempos sumarios, sus consecuencias ya son nefastas. No sólo cruje todo el andamiaje de la recuperación, sino la propia integración europea (y algo más básico aún, la mera convivencia armónica entre sus miembros) corre el riesgo de hacerse añicos. Sería un triste derroche -inmerecido- tras décadas de esfuerzo.

La mala praxis de las autoridades europeas es más que evidente. Ni siquiera se remedió el mal específico que se proponían curar. Nadie duda de que, cuando se recobre la calma, la dimensión del problema fiscal será muchísimo mayor que antes de encarar la faena. Hasta un médico de provincia sabe que no basta detectar un tumor, por más grande que sea, para establecer la conveniencia de una intervención. La propia salud del paciente, si muy resquebrajada, puede dictar una dilación hasta que se fortalezca. Pruebas al canto: Grecia no llegó al quirófano y ya recibió la extremaunción. Portugal y España se desangran. Y sobran candidatos a seguirles los pasos en las salas de terapia.

Recaer en la zozobra que provocaría otro Lehman Brothers -y la dinámica de la crisis actual replica peligrosamente su derrotero- será un error imperdonable. Nadie lo discute. Europa lo sabe. El ministro de Finanzas alemán lo reconoció públicamente. Pero aun así Europa no reacciona ni mucho menos levanta un dique de contención que impida el contagio. Su errada visión estratégica es parte del problema. Por apagar un incendio fiscal potencial, ya se dijo, terminó encendiendo el fuego. De la misma manera, Europa remontó la cuesta post-Lehman con un enfoque propio, respetuoso de preceptos ortodoxos que, ciertamente, fueron arrasados en los EE.UU. Pero si bien se mira, Europa fue un «free rider» que cabalgó gratis (y sin mácula) sobre el éxito de las políticas de la Fed. A la hora de resolver un problema de la región como era Grecia, la completa inacción del Banco Central Europeo (BCE) se prueba como lo que verdaderamente es: un desatino importante.

No ayuda tampoco que el proceso de toma de decisiones de la Unión Europea sea terriblemente engorroso. Un banco central con 27 dueños (y sólo 16 de ellos usan el euro) no admite improvisaciones rápidas. Nunca es fácil el consenso, menos cuando hay que dejar atrás reglamentos y estatutos escrupulosamente esculpidos en piedra. Volviendo a la pregunta inicial: ¿y dónde está el piloto? ¿O son los pilotos? Por suerte, no hay 27 comandantes. Ni 16. Existen muchos países tomadores de reglas, pero pocos países hacedores de reglas. El eje Berlín-París es el que de veras manda en la zona del euro. Y en situaciones críticas como las actuales, el único piloto está en Berlín. El problema real es que usa un manual de vuelo equivocado. Y de momento no admite el error ni el cambio. Para su fortuna, el avión que comanda tiene mucha más potencia que la que se permite usar (bastaría con encender los motores inactivos del BCE para comprobarlo). Y hay otros itinerarios disponibles para la fuga. Ni siquiera la crisis fiscal es tan extrema como imagina (cómo entender si no que los bunds alemanes sean el destino del vuelo a la calidad en Europa cuando Alemania será la que pague la parte del león de los destrozos). La clave de la solución -más bien de un principio de solución- es política. Convencer a Alemania de que tomó el rumbo equivocado y apurarse a corregirlo. Es allí adonde hay que mirar. Y el giro ya comenzó en la prensa alemana -de manera tan vertiginosa como diametral- y se apoya en voces respetadas -como la de Helmuth Kohl- que urgen por retomar la sensatez antes que sea demasiado tarde.

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