- ámbito
- Edición Impresa
Dos actores enormes, una mirada piadosa
Los excelentes Antonio Gasalla y Graciela Borges son los conflictivos hermanos del nuevo film de Daniel Burman.
Sobre una novela breve y sustanciosa, «Villa Laura», de Sergio Dubcovsky, Daniel Burman ha hecho una agridulce y emotiva película, acaso también la más redonda de las que filmó hasta ahora y, ciertamente, la que el público encontrará más placentera. Esto último es singular, ya que al menos uno de sus personajes parecía irredimiblemente antipático (y encima con hábitos muy característicamente argentinos).
Son, como dice el título, dos hermanos. Dos sesentones, cada uno solo, pero prendido al otro. Él, apocado, encorvado en sus cosas, caminando un poco torcido, quién sabe si un poco retorcido también en sus pensamientos, medio dubitativo, bastante habilidoso, discreto cultor de la conversación con sus posibles iguales.
Ella, avasallante, erguida, irreflexiva, impulsiva, graciosa rastacueros con aires de diva, haciendo de cada situación una puesta en escena. Cholulos ambos. La muerte de la madre les provoca distintas reacciones. «Me cuesta hablar de ella como de una muerta», dice el desvalido que la atendía. La otra lo lleva a un pueblo del otro lado del río, a una casa que compró por error, lo deja adentro, cerrando la puerta como quien lo tapia. Lo incomunica. «Aunque vuelvas a Buenos Aires, tu mamá no va a estar». Pero casi enseguida él se abre, hace compras, amistades, entra en un grupo de actores amateurs que pretende hacer «Edipo Rey». «Es mi Edipo», dice el director, un personaje muy rico que tiene sus razones y sinrazones muy comprensibles, cálidamente desarrollado por Osmar Núñez.
Para ella, la única persona vieja y ridícula de la familia es el hermano. Y también la tía Lala, cuyo cumpleaños se acerca. Párrafo especial para la nonagenaria Elena Lucena, que aparece muy poquito, como madre y hermana de la madre, pero cada vez que lo hace es un pequeño regocijo. En fin, son hermanos. Los unen recuerdos, reproches, armisticios, se conocen, a su manera se quieren, se soportan, comparten la admiración por Mirtha Legrand, símbolo del mundo que los fascina desde chicos. Lo que no impide que ella lo siga denigrando mientras por la televisión Mirtha se deshace en elogios hacia su hermana Silvia. Y ahí es donde entra la mirada de Burman, su comprensiva piedad, casi cariño, hacia esas criaturas, dándoles, respectivamente, la entereza necesaria y cierta posibilidad de recapacitación.
El asunto, incluso el entero desarrollo argumental, sigue sendo el de la novela. Pero, junto al propio Dubcovsky, Burman no solo apretó situaciones, insertó otras pocas, explicativas, y agregó pequeños diálogos y figuras «de descanso», sino que le dio un tono levemente distinto, menos ácido que el de la novela. Digamos que, a nivel visual y emotivo, los personajes ya no se fundirán «en una sola sombra» sin remedio, sino que hasta disfrutarán juntos un sensible espacio de luz y armonía al final de la historia.
El resultado, entonces, es una incisiva pero tierna pintura de dos caracteres universales, deliciosamente descriptos en su tipicidad de porteños tan reconocibles como queribles. Y es también, o, mejor dicho, es particularmente (porque esto no sería nada sin ellos), una película de actores. De inmensos actores. Ya se sabe que Graciela Borges y Antonio Gasalla son excelentes. Pero «Dos hermanos» evidencia que lo son todavía más de lo que pueda decirse. Nos hacen disfrutar la película en grado sumo, nos hacen ver una lección de actuación, pero, más que eso, no exageramos al decir que nos hacen disfrutar el regocijo de la perfección. Hacia el final, ella dice, por ahí, «Cuando seamos grandes de veras». Pero como actores, ya son admirablemente grandes. De veras.


Dejá tu comentario