- ámbito
- Edición Impresa
Dos muchachas perseguidas por el mal agüero
Mediante un realismo sórdido, «La mosca en la ceniza» ilustra el submundo de la trata de personas.
«La mosca en la ceniza» se ocupa del miserable submundo de la trata de personas y la prostitución forzada. El largometraje de Gabriela David, mediante un realismo sórdido y un lenguaje llano, ilustra una historia arquetípica: dos chicas del interior, Nancy y Pato, con declarados afanes de progreso (una quiere ser peluquera, la otra terminar el colegio secundario, ambas ganar más dinero) aceptan la propuesta de una mujer que las recluta mediante engaños y las entrega al hombre que las llevará a la capital.
Allí llegan a un prostíbulo clandestino en la calle Agüero (el libro no abunda en metáforas, aunque vinculará más tarde el nombre de la calle con aquello del «mal agüero») y las recibe la desagradable madama que las tendrá sometidas (Cecilia Rosetto). Una intenta escapar en vano y sufre todo tipo de vejaciones y castigos; la otra se somete aunque con la nunca perdida esperanza de lograr huir alguna vez. Por allí hay un mozo de bar (Luis Machín), que trabaja frente al lupanar y pasa sus días hablando de su dentadura en mal estado. El mozo, también esporádico parroquiano de la casa de citas, despierta en Nancy, la chica menos rebelde, el anhelo de que algún día la libere a ella y su amiga. En el fondo, es buen tipo y le recuerda a su tío, pero a Nancy todavía le falta conocer, pese a todo, hasta dónde puede llegar la indiferencia de la gente.
Los personajes de «La mosca en la ceniza» son tan simples y unidimensionales como la historia que relata, y cada uno de ellos se limita a cumplir con la función, puramente ilustrativa, de describir estos pozos de iniquidad en las grandes capitales: la provinciana engañada, el entregador a sueldo, la madama despótica y malhablada, el policía que hace la vista gorda, el cliente desagradable, el cliente bueno, la ciudad indiferente. No hay aristas ni mayores matices, la historia transcurre monocromáticamente según lo esperado. Apenas, además del simbolismo de la calle Agüero (por «mal agüero»), la otra metáfora incluida es la del título: una mosca ahogada puede resucitar si se la hunde luego en las cenizas (el deseo de la protagonista por escapar, claro). Lo de la mosca también se muestra gráficamente en la película y no contribuye demasiado a cambiar el tono general.
M.Z.


Dejá tu comentario