Juan Martín del Potro. Sergio «Maravilla» Martínez
El fin de semana dejó dos realidades bien distintas de lo que puede generar un deportista entre sus seguidores. Una buena y otra mala. Sergio «Maravilla» Martínez, ese nuevo ídolo nacional, logró como en los viejos tiempos que los argentinos se acercaran masivamente al boxeo y siguieran los avatares de una pelea dramática pegados frente al televisor en los albores de la madrugada. Su épica fue aún mayor cuando al finalizar el combate se conocieran algunos detalles que hicieran casi hollywoodense su hazaña. En el cuarto round, de un duro golpe que le propinó a su adversario, se fracturó su mano izquierda, lo que para un púgil zurdo como es él significaba nada menos que perder su arma más letal. Así y todo siguió luchando y las huellas de sus puños quedaron marcadas en la cara de su invicto rival. Llegó el último asalto y pese a llevar una gran ventaja de puntos pegó y pegó con la furia del que sabe que es la pelea de su vida. No importó caer por un puñetazo perdido, desesperado, del mexicano y que en esa caída sufriera una lesión en los ligamentos de su rodilla izquierda. El objetivo había sido cumplido. Había ganado.
Ayer se vivió la otra cara de la moneda. La Argentina quedó eliminada de la Copa Davis con Juan Martín del Potro, un ya consagrado ídolo nacional, mimetizado entre los espectadores. Una tendinitis en la muñeca izquierda lo había dejado afuera. Pero, a diferencia de «Maravilla», él es diestro, por lo que su potente derecha estaba intacta. Seguramente una lesión que le impedía jugar tan definitorio partido. Sin embargo, buena parte del público opinó lo contrario y fue por eso que decidió despedirlo con una inesperada silbatina.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario