10 de enero 2012 - 00:00

Duilio Pierri: una muestra signada por el espíritu trágico

Un auténtico malón se apresta en línea al ataque en el acrílico de Duilio Pierri expuesto en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta.
Un auténtico malón se apresta en línea al ataque en el acrílico de Duilio Pierri expuesto en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta.
El espíritu de la tragedia sobrevuela desde el principio hasta el fin la muestra «Ulmen. El Imperio de las Pampas», que el artista Duilio Pierri exhibe en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. A partir de su propia revisión histórica de la Conquista del Desierto y de las lecturas sobre las expediciones destinadas a exterminar la población indígena de nuestro territorio -las del cura suizo Meinrado Hux, sobre todo-, Pierri despliega medio centenar de pinturas que configuran el relato de un drama y, además, pone en primer plano, la marea de influencias y resonancias estéticas que subyace en su obra.

«Ulmen» -»guerrero conectado con Dios» en mapuche- tiene como protagonista al cacique Cafulcurá, personaje que brinda tema a una muestra destinada a luchar contra el olvido. El otro tema es la pintura en sí misma: la trayectoria del artista a través de la historia del arte hasta llegar a esta exposición. Así, la voluptuosidad de las formas y la materia, la violencia del gesto y el color, son elementos pictóricos que coinciden con las apariciones de las figuras fantasmales que pueblan la dimensión inmensa de sus cuadros, reflejo fiel de la desmesurada llanura pampeana.

Cada obra conlleva el amor de Pierri por la pintura, un amor enraizado en una tradición secular y también familiar. Duillo es nieto del pintor, escritor y astrólogo Juan José Daltoé, hijo de los artistas Orlando Pierri y Minerva Daltoé, y padre de la pintora Tiziana Pierri. Su profundo conocimiento de los estilos, principios estéticos y otros pormenores de la historia de la pintura, le permiten al artista reelaborarlos en su propia obra para luego compartirlos con el espectador.

En sus cuadros hay mucho más que pasión o un remolino de pinceladas certeras, hay un dominio del oficio y el placer y la alegría que depara el quehacer artístico, cuestiones que, en esta exhibición, acaban por restarle cierto grado de crudeza a la representación de la violencia.

La muestra se abre con la imagen ecuestre del «Retrato de nuestro Restaurador» y prosigue con una batalla dantesca. La figura de un jinete empuñando una lanza se recorta sobre una fila de árboles rojos como una hoguera. A su lado, yacen los cadáveres. La pintura tiene la solemne monumentalidad de los cuadros del italiano Mario Sironi y, sin embargo, ostenta el estilo transvanguardista de Pierri, su marcado apego al clasicismo. A pesar de todo, a pesar incluso de la afinidad con el clasicismo, en el extenso recorrido de la muestra la pintura se torna por momentos, visceral y excesiva.

La presencia de «lo salvaje», en la temática y también en la forma, emparienta a nuestro artista con los nuevos salvajes alemanes de la década del 80. Pierri pinta la irracionalidad de un país desgarrado por la violencia, la conquista del territorio indígena y el sometimiento su población, con el mismo dramatismo que ostenta la memorable y escalofriante «Serie Federal» de Luis Felipe Noé (1961).

No obstante, y si bien ambos artistas se expresan con la misma energía, el tiempo no ha pasado en vano. La obra de Pierri establece una distancia perceptible con el desenfreno de la violencia. Hay un lirismo en su «Amanecer antes de la batalla de San Carlos de Bolivar», que remite a las lanzas que pintó el florentino Paolo Uccello, aunque las siguientes pinturas de esa misma serie muestran sin reparos el horror y la muerte.

Malón

La violencia se divisa al ingresar a la sala, desde lejos, como un espejismo, en la vibrante pared del fondo tapizada con los rasgos de un neo expresionismo torturado y más bien alucinado. Un auténtico malón se apresta en línea al ataque. Al acercarse a las pinturas, las siluetas de las figuras huecas como apariciones, sin rostros, aunque firmes sobre sus caballos y con sus lanzas erguidas, dejan traslucir como espectros las manchas de color del paisaje del fondo.

Luego, como una señal de que la irracionalidad argentina se reitera, el artista vuelve a pintar los «Mosquitos», una serie con siniestras connotaciones surgida en 1979, en plena dictadura militar. Al ver la obra de Pierri, en ocasiones teatral o tan bella como un cuadro de Matisse (irónicamente, una pintura que recuerda las bañistas del francés se llama «Barbarie»), no hace falta explicar que su búsqueda se orienta hacia la armonía y la conjunción de los opuestos. La vieja disyuntiva sarmientina entre civilización y barbarie caducó con las atrocidades de la primera y segunda Guerra Mundial.

Pero desde el arte, al igual que desde la literatura lo hicieron Lucio Mansilla, Rodolfo Kusch o Borges, entre tantos otros, nuestro artista intenta superar características que tornan impredecible nuestro país. Juan José Saer desde el exilio observó que la Argentina genera un sentimiento ambivalente, con sus miserias y sus defectos induce el desprecio, pero a la vez el país inspira un amor recalcitrante y le resulta -confiesa- «más mágico que Babilonia».

Entretanto, como si las escenas del «Imperio de las Pampas» resultaran agobiantes o dolorosas, el artista hace una pausa en la narración y se enfrasca en una pintura investigativa. Como si mirara el paisaje con una lupa, retrata fragmentos donde los pastizales de las pampas contrastan con los colores del cielo.

El destino de Cafulcurá fue motivo de inspiración de una serie de pinturas que documentan su final. La tumba del cacique fue profanada en el siglo XIX y se recuperó su cabeza que, hoy, yace en una vitrina del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Pero más allá del destino de de la población indígena, Pierri aborda el presente nacional, en la obra «Acampe en el Indoamericano». El parque lleva un nombre (Indoamericano) que en el contexto de la muestra se abre a múltiple interpretaciones históricas, sociales, políticas.

Así, mientras los ojos del observador de la pintura vagabundean por la obra, mientras deja volar su imaginación y forja conjeturas acerca del título, crece y se construye el sentido del cuadro y también el de la muestra. Las imágenes del extenso Parque que publicó la prensa cuando fue invadido, recordaban de inmediato las batallas de la Guerra de la Triple Alianza de Cándido López: los personajes tenían el mismo tamaño diminuto de los soldaditos.

Por el contrario, «Acampe en el Indoamericano» de Pierri, una técnica mixta que se resuelve en manchas y una abstracción texturada, invita de inmediato a evocar el romance argentino con la modernidad que surgió a fines de la década del 50 con el movimiento informalista. Kemble, el maestro de Pierri, fue el padre de los informalistas. En suma, la exposición, que cierra a fin de mes, muestra un pintor en plena madurez que viene a recuperar el estatus que la sala Cronopios había perdido.

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