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EE.UU. recauda sólo la mitad de lo que gasta
La historia es conocida: la dinámica de los acontecimientos, en abrupto plano inclinado desde setiembre, forzó aumentos no previstos de gasto, apuró el lanzamiento de nuevos programas (como el plan TARP, pensado de urgencia para estabilizar a la banca) y, en paralelo, podó inclemente la recaudación de impuestos. A marzo, sólo el TARP, una iniciativa ajena a la planificación ordinaria, exigió desembolsos de caja por 290.000 millones de dólares. Con el paquete adicional de estímulo del presidente Obama listo para entrar en acción, todo sugiere que la CBO dará en el blanco con su más flamante estimación: un déficit anual de 1,75 billones de dólares. O sea, un 12,3% del PBI.
Lejos, muy lejos, quedaron los años dorados. Al cabo de sus dos mandatos, el presidente Bill Clinton domó la fiera del presupuesto en forma contundente. Recibió de George Bush padre un déficit de 290.000 millones de dólares (un 4,7% del PBI) en 1992 y le entregó a su sucesor , George W. Bush hijo, una secuencia hilvanada de cuatro ejercicios consecutivos en superávit (1998-2001). En la cresta del proceso, 1999/2000, el resultado favorable trepó al 2,4% del PBI. Fueron los años en los que la Tesorería pudo recomprar parte de sus bonos en circulación y eliminar la emisión de títulos a 30 años. Tiempos en los que la Fed de Alan Greenspan se abocó a pensar cómo conducir la política monetaria en ausencia de nueva deuda pública. La recesión de 2001 pero, sobre todo, el enfoque ofertista de George W.Bush hijo (su pulsión por las podas impositivas), resolvieron el dilema de la Fed al regresar al Tesoro a la vieja tradición de desequilibrio perenne. Pero, aun en un marco de más bajos impuestos, y pese a las campañas militares en Afganistán e Irak, una economía que recuperó la salud a partir de 2003 arrastró consigo una mejoría visible en las cuentas públicas. El déficit que llegó a un máximo de 412.000 millones de dólares en 2003/2004 se redujo a 160.000 millones en 2006/2007. Pasó del 3,6% a sólo el 1,2% del PBI.
Aunque cueste creerlo, la inercia apuntaba otra vez hacia cuentas balanceadas cuando la crisis hipotecaria y su galopante virulencia alteraron de cuajo la realidad. Tanto, que el déficit mensual de marzo último -192.000 millones de dólares- resultó por si sólo un 20% más abultado que el del ejercicio 2006/2007 completo.
Lo más arduo del déficit fiscal no es concebirlo sino financiarlo. Y, en este caso, la empresa no es menor. El tamaño del déficit es, a esta altura, similar a la propia recaudación. Cuando promedia el ejercicio, los recur-
sos del Tesoro (incluyendo 320.000 millones de dólares fuera de presupuesto) suman 990.000 millones de dólares; la brecha entre gastos e ingresos orilla los 957.000 millones. Para afrontar los compromisos hubo, pues, que colocar deuda pública por más de 1 billón de dólares en los mercados de capitales. Un año atrás, el programa financiero había sido levemente inferior a los 290.000 millones.
Por fortuna, en economías maduras, con demanda de dinero estable y crédito soberano libre de sospechas de incumplimiento, la propia recesión que cava la zanja de un mayor déficit, facilita su financiación. Las necesidades del sector público se multiplicaron por un 3,5 pero, a la par, los tipos de interés que paga el Tesoro cayeron a plomo. Las tasas son menores a un 1% en el tramo más corto -hasta dos años- de la curva de rendimientos. La inflación se esfumó. Así, de octubre a marzo, el pago de intereses le insumió a la secretaría que dirige Tim Geithner 95.000 millones de dólares, con un ahorro de más de 31.000 millones de dólares con respecto a la cuenta de un hace un año.
Pero el desafío no se desvanece. El Tesoro planea emitir deuda por 2,5 billones de dólares a lo largo de todo el ejercicio. El esfuerzo de ubicar el remanente -1,5 billón de dólares- supone un ritmo de un 50% más intenso (en buena medida, calzado contra mayores vencimientos de capital). La absorción puede complicarse si, a lo largo del camino, los mercados revelaran signos de saturación. Nadie sabe cuán próximo puede presentarse un cuello de botella. No sólo porque el volumen de las emisiones no tiene precedentes. También es muy elevado vis à vis las tenencias totales de deuda en poder del público. Hay que considerar que al cierre del ejercicio 2007, los inventarios apenas superaban los 5 billones de dólares. Y, en la actualidad, suman 6,9 billones. Por el momento, es verdad, todos los semáforos mantienen la luz verde. Las tasas de interés, el dólar, la cobertura de las subastas donde se vierte la colocación primaria, el apetito extranjero y de los fondos comunes locales. Por si acaso, la Fed, amén de aumentar sus compras de títulos de agencia, comenzó también a demandar bonos del Tesoro de mediano y largo plazo. Lo que se dice un suelo firme en un largo y sinuoso camino de cornisa.


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