La obra fue estrenada mundialmente en Nueva York en 1961 y está dirigida por Rubén Pires, “un especialista en Beckett”, según la actriz.
Winnie. “Mientras leíamos la obra juntos, Pires me dijo: ‘Sólo si me decís que la vas a hacer vos compro los derechos. Fue muy hermoso”.
El miércoles 25 debutará en El Tinglado (Mario Bravo 948, a las 20.30) una nueva versión de "Los días felices", de Samuel Beckett, protagonizada por Rita Terranova y Gerardo Baamonde, con adaptación y dirección de Rubén Pires. Estrenada mundialmente en Nueva York en 1961, esta obra ocupa en la producción beckettiana un lugar especial: escrita, según reconoció el autor, a instancias de su mujer, Maureen Cusack, quien le reclamaba una obra "más alegre" después de "Krapp, la última cinta magnética" de 1958 (que el espectador argentino recordará gracias a la bella versión de Juan Carlos Gené con Walter Santa Ana, en 2009), "Los días felices" posee bajo su superficie, a primera vista pesimista, y su filiación en el llamado "teatro del absurdo", un fondo humorístico.
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"Eso es indudable", asegura a este diario Rita Terranova. "Los malentendidos con Beckett suelen provenir de aquellas interpretaciones sesgadas que se quedan en esa superficie. Son miradas que le dan a su obra una solemnidad que no tiene. Es todo lo contrario de la versión de Pires. Él es un especialista en Beckett y lo conoce en profundidad. Dirigió 'Esperando a Godot" hace tres años, y su visión le escapaba a esa densidad con la que suele asociarse. Uno de sus modelos es una extraordinaria puesta que Giorgio Strehler hizo en Milán, interpretada por dos de los cómicos más populares de Italia".
"Los días felices" es un retrato de la incomunicación en un matrimonio de larga data, Winnie y Willie, a través de una escena de vigorosa sugestión en la que la mujer, Winnie, aparece semienterrada en una especie montículo (en el que se irá hundiendo cada vez más a lo largo de la obra), mientras Willie se muestra desentendido. Desde luego, la fuerza dramática trasciende esa alegoría. "El espectador es testigo de la nada en la que están inmersos esos personajes", prosigue Terranova, "pero ellos no se dan cuenta. Lo desafiante de esta obra es que está apoyada en dos libretos: los textos por un lado, y una acción por el otro, que precede a la palabra, marcada al detalle por Beckett, que corren por caminos distintos. El gran desafío es interpretar esa simultaneidad contrastante, como si fuera una partitura de alta complejidad". En el diálogo con este diario surge el recuerdo de "El asfalto", aquella obra interpretada por Narciso Ibáñez Menta en la que un hombre quedaba pegado al asfalto en una calle cualquiera, y se iba hundiendo, aunque el eje dramático sea completamente distinto: Winnie, a diferencia de ese hombre atrapado, no es consciente de su cárcel en virtud justamente de esa dualidad, las acciones y los textos, planteada por Beckett.
"Los días felices" tiene un rico historial de versiones en Buenos Aires. Su debut fue poco después del estreno original (la hicieron Luisa Vehil y Jorge Petraglia). En 1994 la dirigió Alfredo Alcón en el teatro San Martín, con Juana Hidalgo y Oscar Escobar. Esa es la puesta de la que mejores recuerdos guarda Terranova. "La actitud de Juana Hidalgo es con la que más me identifico", dice. "También ella, como yo, tiene una mirada de permanente sorpresa ante el mundo, algo que puede parecer ingenuidad, y que no lo es, desde luego, y que es justamente la que identifica al personaje. Winnie habla de cosas cotidianas, pero a la vez se pregunta qué va a hacer el día que las palabras la abandonen. Eso es Beckett, la metafísica hundida en lo cotidiano, en la memoria, y de allí la construcción de un personaje que está hundido y se va enterrando hasta la cabeza, al lado de un hombre que es un desconocido, esperando siempre un poco de felicidad".
Uno de esos rostros luminosos con los que Terranova también se identifica es el de Gelsomina, el inmortal personaje de Giulietta Masina en "La strada", y que seguramente obró en su composición de Winnie. "La actitud, que afortunadamente conservo", agrega, "no es sólo la de la sorpresa, sino también la del juego. Pires me dio una gran alegría, mientras leíamos la obra juntos, cuando me dijo: 'Sólo si me decís que la vas a hacer vos compro los derechos". Fue muy hermoso. Creo que es esa misma sorpresa y ese espíritu lúdico con los que debuté, siendo una adolescente, en 'El inmortal' de Martha Gavensky, que dirigió Santángelo, esa obra ambientada en el circo criollo. Fue casi sin proponérmelo. Papá [Osvaldo Terranova] estaba en casa con Santángelo, y yo estaba en mi habitación haciendo unas piruetas. En un momento me caí, hice ruido, y ellos vinieron a ver qué pasaba. Santángelo me pidió que continuara con las piruetas, y al rato le dijo a papá: 'Aquí está la actriz que necesito para El inmortal'. Así empezó todo, y así continúa. Winnie también es así".
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