10 de noviembre 2009 - 00:00

El arduo camino a la unidad

Berlín - El 10 de noviembre de 1989, recién caído el Muro de Berlín, Helmut Kohl organizó el reparto gratuito de bananas, un producto reservado en la República Democrática Alemana (RDA) para el consumo de la alta jerarquía comunista, y 50 marcos occidentales, como dinero de bolsillo, a todo alemán oriental que decidiese dar un paseo por el centro comercial del Berlín oeste. Esta misma operación, a gran escala, es la base de la reunificación alemana: generosa transferencia de recursos, pero sin traspaso de capacidad productiva.

La caída del Muro dejó a la vista un país no operativo. La RDA sufría colapso económico, desabastecimiento y un atraso tecnológico considerable. Desde la reunificación, Kohl creó un impuesto especial en la parte occidental del país, el Impuesto de la Solidaridad, para sufragar la renovación económica del Este y cada año transfiere unos 30.000 millones de euros del Oeste al Este. En los llamados nuevos estados alemanes, el PBI per cápita sigue siendo hoy en día, sin embargo, el equivalente a un 70% del de la parte occidental. Todavía serán necesarios otros diez años para que se iguale.

Más del 90% de las empresas de la RDA eran estatales y pasaron a manos del Treuhandanstalt, un holding, filial del Ministerio de Finanzas, con el fin de sanearlas, modernizarlas y privatizarlas. Durante su actividad, esta agencia fue el Gobierno virtual de la Alemania oriental ya reunificada, y de sus decisiones dependía qué fábrica vivía o moría, qué pueblo desaparecía o mantenía su población.

Entre los ciudadanos del Este pesa la impresión de que aquellas empresas se vendieron muy rápido y muy barato, a veces por un simbólico marco. El comprador sólo debía comprometerse a mantener la empresa cinco años e invertir en ella. Pero el Treuhandanstalt fue disuelto en 1994 (tuvo a su cargo 23.500 empresas, de las que 15.000 fueron privatizadas, 4.500 fueron reprivatizadas a sus antiguos dueños, 500 fueron absorbidas y 3.500 cerradas) y en la mayor parte de los casos nadie controló si realmente continuaban produciendo o si se invertía en ellas. Los costos de producción en el Este eran mucho más altos, así que muchas empresas del Oeste simplemente compraron a sus competidores del Este por un marco, los mantuvieron dos o tres años y luego cerraron. Los trabajadores despedidos recibieron suculentas indemnizaciones y, después, las llamadas ABM (Arbeitsbeschafungsmassnahmen), de «creación de empleo», es decir, empleos temporales limpiando calles o parques, en construcciones municipales, que no duraron mucho tiempo.

Sin empleos, la población joven ha abandonado progresivamente los «lTMnder» orientales, que hoy sufren un grave problema de despoblación y envejecimiento. Las infraestructuras han supuesto un gran problema, porque no eran operativas y, las pocas fábricas que quedaban, se quejaban por la escasez de energía, ya que las plantas energéticas, en su mayoría, habían cerrado.

Un año después de la reunificación, el número de desocupados en la Alemania del Este superaba ya los 3 millones y su producción industrial había caído por debajo de la mitad del nivel anterior. Una estimación realizada en 1992 consideraba que el PBI de los «lTMnder» orientales suponía alrededor del 8% del PBI de la Alemania del Oeste. Hoy en día, mientras el desempleo alemán ronda el 8%, la media en los «lTMnder» orientales es del 12%.

Sí se ha avanzado en la nivelación de los ingresos disponibles de los germano-orientales, que han pasado de un 40% de los del Oeste en 1989 a cerca del 80% hoy. Las pensiones del Este son entre un 15% y un 20% superiores a las del Oeste (se contabilizaron los años trabajados) y los salarios en el sector público se han equiparado al 100% a los occidentales, pero no los del sector privado, que apenas llegan al 70%.

«Nostalgia del Este»

La caída del Muro de Berlín supuso el final de la RDA y los 20 años posteriores forman un lento y doloroso epílogo. Desde entonces, el Este de Alemania se desangra demográficamente: según la Oficina Federal de Estadística, en 2008, 136.500 habitantes abandonaron los «lTMnder» orientales. Desde hace 4 o 5 años, el saldo migratorio anual se ha estabilizado en torno a las 50.000 personas. En total son dos millones los que se han marchado desde 1989 y pertenecen a la franja de población más joven, activa.

En ese mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado en seis años, lo que convierte a la región, en términos estadísticos, en un gigantesco hogar del jubilado y del asistido social. Si seguimos con las encuestas que describen hoy el sentir de los ciudadanos del Este, nos encontramos con que aproximadamente la mitad se sigue considerando ciudadanos de segunda y siente «ostalgie», nostalgia del Este, añoranza de los tiempos del Muro.

Diferencias

«Son ciudadanos de ninguna parte. Son los herederos de la desindustrialización, el desempleo masivo y la reducción de los derechos sociales», ha escrito el historiador Manfred Behrendt. «Muchos orientales están frustrados», dice el activista pro derechos humanos Rainer Müller, que vive en Leipzig. «Emprendimos la revolución pacífica y pensábamos que llegaríamos al paraíso. Todo parecía posible en 1989», añade.

Hoy en día, los «ossi», alemanes del Este, votan diferente, ganan menos y son más pesimistas que sus compatriotas occidentales, los «wesss», molestos a su vez por lo que ha costado remodelar la economía oriental a cargo de los impuestos del oeste, un cálculo que nadie se atreve a hacer.

Ninguna de las 30 compañías que componen el índice bursátil DAX tiene su sede en el este, donde vive el 20% de los 82 millones de habitantes del país.

Pero quizá el peor trago que han pasado estos desheredados de la Historia, el más bochornoso, ha sido visitar los archivos de la Stasi. Cientos de kilómetros de estanterías llenas de carpetas con expedientes sobre sus ciudadanos con información que compilaban 91.000 empleados a tiempo completo y 300.000 informantes, uno por cada 50 habitantes.

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