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El artista que renunció a la vanguardia por lo humano
“La Urpila”: dos fotografías tomadas por Ramón Gómez Cornet a la niña que sirvió de modelo a su propia pintura. Un artista que abandonó sus expresiones vanguardistas y que llegó a criticar inclusive a “quienes producían un arte de pobres harapientos para turistas”. Visionario.
Gómez Cornet trajo los aires de la vanguardia primera vez a la Argentina en el año 1921, cuando expuso obras cercanas al vibracionismo de Barradas en la galería Chandel. No obstante, a pesar de su temprano debut, Gómez Cornet desapareció durante mucho tiempo del escenario porteño. Luego de estudiar en Buenos Aires y en la Academia de Bellas Artes de la ciudad de Córdoba, se formó en el Taller Arts Barcelona y en la Academia Ranson de París, viajó por Italia y los Países Bajos. Pero cuando regresó a su provincia, se internó allí y decidió retratar la humildad infinita de la gente de su tierra. El cambio de estética fue tan rotundo que destruyó las obras de esa primera muestra en Buenos Aires, salvo su autorretrato con los ojos blancos y una naturaleza muerta. En la producción del artista se destaca una obra especial: "El muñeco" (1929-1930), una fascinante pintura con reminiscencias metafísicas.
La muestra de OSDE, curada por Sebastián López, pone el acento en la producción realizada en las provincias a través de una extensa serie de fotografías y dibujos y algunas pinturas notables, como un paisaje de Mendoza, y "La Urpila", un significativo retrato infantil. Esta criatura está retratada en dos fotografías y resulta interesante cotejarlas con la versión pictórica. La vulnerabilidad y el desamparo de esa nena con los pies descalzos está presente en las fotos y el cuadro, pero algunas modificaciones en la pintura revelan la mirada piadosa del artista. La pequeña Urpila que miraba hacia abajo, como quien tiene miedo de echar un vistazo hacia adelante, enfrenta al espectador desde el cuadro con sus grandes ojos cargados de bondad y de melancolía.
La sensibilidad de Gómez Cornet lo aleja de los estereotipos frecuentes para retratar la pobreza, en sus escritos condena a quienes se sirven de lo descriptivo, lo anecdótico, el folklore o de "esa pintura que vende". El artista no necesitaba vender, provenía de una familia de poderosos terratenientes y no midió las palabras cuando criticó sin reservas a quienes producían un arte de pobres harapientos para turistas. El buscó "una expresión nuestra", donde "aflore la autenticidad".
Dignidad
De este modo recompuso la dignidad del personaje: la niña reaparece en la pintura con un gesto disciplinado aunque mucho menos sumiso y desangelado que el de la foto. Sumiso es el perro que el artista colocó junto a ella. La pintura es una ficción que ayuda a descubrir verdades. A la presencia del animal se suma una bolsa de choclos y una vasija: la comida y la bebida. La escena de la foto es exterior; la de la pintura es interior; las plantas fueron suplantadas por una pared de ladrillos; las necesidades básicas están cubiertas. El artista pintó y acaso ni pensó en ello.
Los retratos fotográficos de Gómez Cornet permiten conocer la verdadera identidad del sujeto, pero basta observarlos para saber además quién es el artista, cuáles eran sus ideas, sus percepciones, sentimientos y preferencias estéticas. Sus tomas descubren el amor que le inspiraban algunos personajes capaces de conmoverlo. Hay en esos retratos un universo, una realidad social y una capacidad emotiva que esclarece la muestra y le brinda sentido. Allí está el retratado y pero también el autor del retrato.
Entretanto, las fotos son una buena evidencia del modo de vida provinciano durante las décadas del 30 y el 40.
Los historiadores del arte y teóricos suelen destacar la calma y la tristeza que ostenta gran parte de la obra de Gómez Cornet, además de su carácter atemporal. Ciertamente, en la actitud corporal de su Urpila, se advierte la quietud del quien asume una situación ineluctable, una vida penosa que nunca nada, podrá cambiar. El futuro parece haber desaparecido en ese cuadro.
Gómez Cornet volvió a viajar a Europa, durante la década del 20 fue Canciller argentino en España y cónsul en Lisboa, Amsterdam y Sicilia, se convirtió en un prolífico escritor, pero más allá de la labor artística que nunca abandonó, dedicó grandes esfuerzos a la docencia en las universidades de Mendoza, Tucumán y Santiago del Estero, donde fundó el Museo de Bellas Artes que hoy lleva su nombre.
El curador de la muestra aclara que el nombre de la exposición, "Ladrón del Fuego", proviene de un texto del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias quien, bajo el influjo de la cultura de América y la de Europa, prologó en 1956 una muestra de Gómez Cornet en la Galería Van Riel, donde observó: "Robó el fuego en Europa para incendiar lo propio, para quemar su existencia, y al resplandor del incendio hacer cosecha del oro fugaz entre las sombras del sueño". Para remarcar lo americano Asturias sostiene que no es necesaria ninguna "memoria" de la pintura europea, pues este es "el secreto del verdadero artista. Robar el fuego para incendiar su casa".
Con un criterio semejante en algunos aspectos, aunque con un tono más reflexivo y menos abrasador, Borges escribió en se breve ensayo "El escritor argentino y la tradición" publicado en 1932 en el libro "Discusión", que: "La tradición argentina es toda la cultura occidental". Borges analiza el fenómeno de quedar ligado a la tradición gauchesca o a la española y desaconseja ambas opciones. Libera a los argentinos y los sudamericanos en general para servirse de toda la cultura occidental, pero sin sentirse atados a ella. La muestra de Gómez Cornet y la dignificación de lo humano, es una excelente invitación para reflexionar sobre la estética de la victimización y lo feo. Estética que hoy propician las instituciones del Norte cuando retratan y exhiben el arte de Latinoamérica.


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