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El BCE, último muro del default griego (y no durará mucho)
¿Qué opina Alemania? Después de todo, los primeros indicios de un replanteo provinieron de Berlín (de los ministerios de Finanzas y de Relaciones Exteriores, y del canal no certificado del «off the record» que, en este caso, emitió en la misma longitud de onda). Aquí hay dos noticias frescas. Una buena y otra mala (cada uno es libre de elegir cuál es cuál). La premier, Ángela Merkel, se expresó en contra de la reestructuración. Y dio los motivos: la credibilidad europea se hundiría en un mar de dudas «si cambiamos de reglas en la mitad del primer programa». Su ministro de Finanzas, Werner Schauble, piensa distinto. Ya lo sabíamos, pero, aun así, volvió a la carga. A su lado, Juncker es un nene de pecho. El titular del eurogrupo defendió, siempre como última instancia, una renegociación voluntaria; Schauble va más allá. Considera que, sí o sí, se deben extender los vencimientos de toda la deuda pública griega. Manu militari, haya o no acuerdo. ¿Qué queda en limpio, dada la discrepancia? Alemania se opone y está a favor. Como cuando, un año atrás, Grecia necesitó el rescate original. Se reserva la última palabra. No interrumpe el rodaje de la película, pero guarda para sí el corte del director.
¿Cuál es la posición del FMI, el socio en los rescates europeos? Conviene refrescar la memoria: en abril el Wall Street Journal publicó, citando fuentes de la propia institución, que el FMI rotulaba la deuda como «insostenible» y que Grecia se vería obligada a refinanciarla en 2012. El consejo, según la versión: trabajar sobre una reestructuración de inmediato. En su momento, Dominique Strauss-Kahn lo negó. Después de su renuncia como titular del FMI tiene otras preocupaciones (que sigue negando). Su inesperado sucesor, John Lipsky (quien también se está yendo), no ha dicho esta boca es mía. Sin embargo, la carambola del destino deja más claro que nunca que EE.UU. posee poder de veto. Y, en los hechos, lo ejerció cuando Irlanda manifestó su interés por practicarle una cirugía a la deuda senior de sus bancos. Habría sido Tim Geithner, el secretario del Tesoro de los EE.UU., quien le bajó el pulgar a una iniciativa más modesta.
No muchos funcionarios alzarán la mano en pos de una reestructuración soberana. No queda bien en una autoridad pública (aunque se haga referencia a la deuda ajena). Sin embargo, una vez puesto el tema en circulación, el que calla otorga. ¿Quién, de veras, está en contra? El Banco Central Europeo (BCE). Es el único que vocifera su firme oposición. El último obstáculo a su implementación. Su titular, Jean-Claude Trichet, a comienzos de mes, argumentó con vehemencia que la alternativa «no estaba en la agenda». Imposible ocultarlo a esta altura. Lorenzo Bini Smaghi, un miembro italiano del Consejo Ejecutivo del BCE, enfatizó anteayer que aun una reestructuración «suave» causaría efectos devastadores sobre la estabilidad europea. «No son más que eslóganes vacíos», añadió poniendo el dedo en la llaga de la presunta improvisación del proyecto. Y el BCE está dispuesto a dar pelea. Ya advirtió que si la deuda griega se refinancia, no sería posible tomarla como garantía para su asistencia. Entiéndase que el BCE tiene arte y parte. En su poder conserva 50 mil millones de euros en bonos de Grecia. Nout Wellink, otro integrante del consejo, fue rotundo y planteó la posibilidad de que se desate una reacción adversa en cadena que hunda a los bancos y las economías de Europa. Razón para temer no le falta. Pero el debate gira sobre un eje diferente del que pretende imponer el BCE. Los gobiernos no están dispuestos a continuar volcando recursos en Grecia de manera ilimitada. Profundizar el ajuste fiscal -como pide el BCE- es otro eslogan sin contenido. Las privatizaciones, por sí solas, tampoco alcanzan. Y, en paralelo, el BCE le puso candado a su programa de compras de bonos de los países afectados (o sea, a la petición de colaboración de las tesorerías). Una reestructuración será traumática, mas, teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué otro camino queda transitable? Los mercados ya le bajaron la persiana a Grecia tiempo atrás. Y no le allegarán recursos que estaban contemplados en la agenda de financiamiento del año próximo. Bajo ese marco, la extensión de los vencimientos parece una decisión política inexorable. La reestructuración «suave», a la uruguaya, no evitará que los gobiernos deban girarle a Grecia más dinero pero -al mantener al sector privado con los pies en el plato- reducirá sensiblemente la magnitud de la factura a su cargo. Y atenuará el costo político de asumir el traspié del plan original. Si lo cortés no quita lo valiente, no hay nada heroico en esta descortesía calculada. Y ni un atisbo de expectativa sobre las chances de resolver el problema.


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