El chavismo lleva a Venezuela a una salida “de hecho”

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• TODOS SUS PASOS APUNTARON A REFORZAR AL ALA RADICAL DE LA MUD
Al desastre económico suma ahora un tabú para la revolución: eludir el veredicto de las urnas. El parlamento se suma a un juego peligroso.

La última vuelta de tuerca de la eterna crisis venezolana recibió a Nicolás Maduro de regreso de una gira en la que, antes de pedir el compromiso mediador del papa Francisco, había visitado a gigantes petroleros como Arabia Saudita, Catar y el reemergente Irán para gestionar un recorte de producción y un consiguiente aumento de los precios que salve del colapso la economía de su país.

En esos gestos se resume todo lo que busca hoy: tiempo para soñar con un rebote económico que mejore, si eso aún es posible, su paupérrima valoración social e impida el final de la experiencia bolivariana; tiempo para evitar un estallido en las calles.

Pero, oportunismos aparte, desde el contundente triunfo opositor en las elecciones legislativas de diciembre de 2015 todos los pasos del chavismo se dirigieron a desatar un peligroso conflicto de poderes.

El Tribunal Supremo de Justicia (último reaseguro jurídico del régimen) fue mutilando, una a una, todas las facultades de la Asamblea Nacional. Frenó primero la asunción de tres diputados por Amazonas por un caso de supuesto fraude, con lo que impidió que la oposición se hiciera con la mayoría de dos tercios necesaria para, entre otras cosas, alterar la composición del propio TSJ.

Luego, el alto tribunal declaró ilegal el reglamento de la Asamblea.

Después, récord total: declaró inconstitucional una ley de amnistía. Así, Leopoldo López, de conducta irresponsable cuando llamó a un proceso insurreccional llamado "La Salida", que derivó en decenas de muertes, pasó de ser un político preso a un preso político en toda la regla. Las amnistías siempre son molestas, pero son una válvula de escape de los sistemas políticos para evitar que los conflictos se desmadren. Con su fallo, el TSJ logró la proeza de declarar inconstitucional lo que está previsto en la Constitución... chavista.

Cuando la AN, acorralada, avanzó en la jura de los diputados por Amazonas, el TSJ directamente la declaró en desacato. Su cierre es una posibilidad concreta.

Otro poder, el electoral, puso mil y una trabas a la realización de un referendo revocatorio que, de producirse, terminaría seguramente con el mandato del impopular Maduro. El Consejo Nacional Electoral estiró al máximo todos los plazos del proceso de recolección de firmas, de modo de llevar el revocatorio más allá de enero del año que viene, cuando, pasado el meridiano del mandato, la revocación del presidente ya no gatilla nuevos comicios sino que pone en manos del vice la responsabilidad de completar el período.

Por si eso fuera poco, el CNE le impuso a la Mesa de la Unidad Democrática que el 20% de las firmas que debía juntar en segunda instancia fuera recolectado en cada uno de los estados venezolanos, disposición que, por caso, no se aplicó en el referendo que Hugo Chávez superó en 2004. Y la estocada final: aprovechando fallos de jueces provinciales, terminó por paralizar todo el proceso para investigar si el 1% de las firmas recogidas en la primera fase presentaba irregularidades. Es inútil recordar que el CNE ya las había validado.

Hugo Chávez consideró su principal misión histórica poner la renta petrolera al servicio de los venezolanos más pobres. Lo logró en buena medida con políticas sociales intensas, posibles mientras el petróleo cotizó alto, que dieron reconocimiento y mejoras sensibles de las condiciones de vida a una población siempre olvidada por sus clases dirigentes.

Cuando esa bonanza se esfumó, el chavismo quedó desnudo. Mucho se habló ya de una economía que perderá entre 2015 y este año un 17% de una inflación que se espiralizó al 700% y de la escasez de productos básicos en el 80% de los ítems censados. ¿Qué puede defenderse hoy de la revolución?

Mientras, Maduro arrasa también con el último orgullo del chavismo: nunca haber rehuido una elección y, de hecho, haber sido un vencedor serial de votaciones.

Con su porfía, que desacreditó a los opositores dialoguistas y subió al ring a los más radicales, arrastró al parlamento hacia una estrategia ciega: perseguir la destitución del presidente sin contar con las herramientas legales. Con una Constitución que ni menciona el mecanismo del juicio político, tendrá difícil justificar que Maduro hizo "abandono del cargo". Y, además, ese camino lleva, cómo no, al Tribunal Supremo.

Todo apunta a una salida "de hecho". La pregunta es si en Venezuela quedan actores deseosos de evitar el abismo.

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