20 de noviembre 2018 - 00:00

El crimen altera la vida dramáticamente en la Venezuela chavista

En el país, que tiene una tasa de homicidios quince veces mayor al promedio mundial, se puso de moda el blindaje de autos y una aplicación para “rescatar” a personas en peligro en la calle. Salir de noche, hábito en desuso.

PÁNICO. Las protestas por la inseguridad se convirtieron en una postal frecuente de las ciudades venezolanas en los últimos años.
PÁNICO. Las protestas por la inseguridad se convirtieron en una postal frecuente de las ciudades venezolanas en los últimos años.
Caracas - Como si fuera poca la angustia por la falta de alimentos y medicinas, los venezolanos tienen que lidiar con una alarmante inseguridad: cada hora tres personas mueren violentamente en su país.

La ONG Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) registró 26.600 homicidios en 2017, una tasa de 89 por cada 100.000 habitantes, 15 veces mayor al promedio mundial.

"Los venezolanos toman medidas cotidianas sustentadas en el miedo o el deseo de protegerse. Se adaptan a la situación de inseguridad, pero eso implica pérdida de libertad", explicó Roberto Briceño, director del OVV.

A Yamileth Marcano, maestra de 46 años, se le quebró la vida hace dos años cuando su hermano Willis -seis años menor- fue asesinado al salir del taller de mecánica donde trabajaba. Un joven de 19 años lo apuñaló para robarle su teléfono.

Marcano vive en una casa enrejada en el este de Caracas. Su hijo dejó la universidad y emigró a Italia con su padre, luego de que, mientras conducía, dos muchachos en moto le pusieron una pistola en la cabeza para quitarle el celular. Ella y una sobrina lo acompañaban.

"Yo gritaba como loca: '¡Dáselo!'. Vino a mi mente mi hermano. La inseguridad está matando a jóvenes y viejos. Cualquiera está expuesto", lamentó.

Como ella, muchos en Venezuela usan un celular analógico en la calle. El smartphone se deja en casa, o nunca se saca de la bolsa.

En Caracas surgió una iniciativa para acompañar a quienes sufren problemas en la vía. Con chalecos fosforescentes, cascos, gafas oscuras y radioteléfonos, seis hombres viajan raudos en sus motos para rescatar a Carmen García, estudiante de medicina que se quedó varada en una autopista.

Tardaron sólo ocho minutos en llegar desde que ella, temiendo un atraco o secuestro, activó en el celular la aplicación Pana. Los llamados "operadores de acompañamiento" la escoltaron hasta un sitio seguro. El servicio anual de "acompañamiento" cuesta unos seis dólares, pero las labores de asistencia tienen un valor adicional.

En Blindacars Express, en un centro comercial del este de Caracas, su gerente Julio César Pérez entrega a un cliente dos enormes camionetas negras a las que acaban de instalar en los vidrios el "laminado antivandálico" de mayor grosor.

"Cada vez más la gente requiere este servicio. Los delincuentes no discriminan clases sociales. Aquí vienen vehículos de baja, media y alta gama", comentó.

El dueño de las camionetas explica que en una se trasladan su esposa e hijos y en la otra, él viaja a menudo fuera de Caracas, donde los hampones suelen tirar piedras, palos o botellas para obligar a los viajeros a detenerse y así robarlos o secuestrarlos.

Al ocultarse el sol, la soledad reina en las calles de Caracas y otras ciudades del país, castigado además por una grave crisis económica. Otrora llenas de luz y bullicio, las noches venezolanas se apagan.

"Mi vida nocturna se redujo totalmente. Antes salía todos los fines de semana, ahora muy poco. Desde que salgo de mi casa me siento en peligro. Si voy a la discoteca, pago transporte a un conocido, no confío en los taxis", dijo Adrialis Barrios, comunicadora de 23 años.

Muchos prefieren las reuniones en casa. Es más seguro y barato. Algunos rumberos arriesgados optan por esperar a que amanezca para volver a sus hogares.

Eglis Torres, maestro constructor de 60 años, pasó la noche en un banco del aeropuerto de Maiquetía -a 35 km de Caracas- cuando hace unos meses iba de viaje por trabajo a Costa Rica.

Su esposa Neila lo acompañó en la larga e incómoda espera. Llegaron a las cinco de la tarde y el vuelo salía al día siguiente a las siete de la mañana. Torres hizo el check-in tres horas antes y ella esperó la salida del sol para regresar a Caracas en colectivo, en grupo.

Es usual ver gente durmiendo en los bancos y hasta en el piso junto a sus valijas. Pero tampoco adentro es seguro. Ha habido estafas, robos y hasta asesinatos.

Agencia AFP

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