21 de julio 2010 - 00:00

El Cromañón de Macri abre un mundo de oportunidades

Como ante el toro herido, que bufa contra la arena y bambolea la cerviz, aliados y adversarios agitan los capotes a la espera de que la víctima caiga. No lo toquen, que se muere solo, se dicen, aunque los separe todo. Con ese aire, las trincheras ven cómo Mauricio Macri prueba de grande la hiel de la política, cuando tiene todo el poder que puede acumular un hombre de su edad, pero sigue siendo un debutante. Los caciques de la vieja política miran cavilosos cómo este hombre, que quiso enterrarlos con las banderas de la nueva política, ve agonizar sus ilusiones, que son las de todos. Incurre Macri, es cierto, en el error más grave para un político: permitir que se le junten todos los enemigos al mismo tiempo.

En el kirchnerismo, donde se festeja esta crisis como si se hubieran sacado la lotería, hay orden de callar y dejar que la tunelera avance. El único comentario que salió de la boca de Néstor Kirchner en el teatro Coliseo fue: «Qué mal lo de Macri, ¿eh?». En la reunión que hizo ayer la mesa kirchnerista de la Capital Federal, donde se concentran los festejos porque ése ha sido el distrito de sus peores derrotas, se acató el dictamen de Olivos de no echar leña a la hoguera. Pero no pudieron reprimir en esa mesa el brindis por este regalo que les da el destino -Macri dice que Kirchner lo hizo, pero le va a costar demostrarlo, como a sus enemigos les costará demostrar que es el jefe de una asociación ilícita para cometer delitos de baja monta-. Puede ser la oportunidad para remontar el destino electoral y cumplir la orden de Kirchner de unificar personerías.

Con la mala hora de Macri, el ex presidente y candidato va a reforzar su presencia en el distrito
. Ayer no mencionó a Macri en el acto del Coliseo, pero lo atenderá el lunes 26 en el discurso que promete dar en el teatro Ateneo para halagar al grupo que se reunió ayer, entre quienes estaban Daniel Filmus (candidato hoy de Kirchner a jefe de Gobierno el año que viene), Carlos Tomada, Guillermo Oliveri y los legisladores Juan Cabandié y «Tito» Nenna, que informaron sobre la táctica que desplegarían horas más tarde en la sesión de la Legislatura.

Todo era festejo en ese búnker -se suelen reunir en El Histórico, restorán fashion que funciona en lo que fue la Biblioteca Nacional de tiempos de Jorge Luis Borges- sin prever que puede venir un tsunami si Elisa Carrió toma el caso Macri desde el Congreso y lo pone en la misma procesadora con la SIDE, las escuchas, el manejo de los fondos secretos, todas deudas explicativas que tiene pendientes el Gobierno nacional. No deberían desestimar el poder de batifondo que tiene la musa del ARI, quien la última vez que abrió la fiscalía en el Congreso fue en la comisión de lavado, se cargó hasta un banco y armó el tobogán, cree Fernando de la Rúa, por el cual se vino a tierra el Gobierno aliancista.

Carrió se despega del macrismo porque lo cree abanderado del conservadurismo malo de la Capital Federal -el que se alía con el peronismo duhaldista y sus arrabales-; ella respeta al conservadurismo bueno, el de Olivera, Prat Gay, Pinedo («los bañaron al nacer», suele bromear sobre esa predilección). A Macri lo defendió en su pelea de comienzos de 2008 con los sindicalistas por la obra social, pelea que le costó el cisma del ala izquierda de los diputados que habían obtenido en diciembre de 2007 sus bancas, como Eduardo Macaluse a la cabeza, colgados a su exitosa elección presidencial (primera en Capital, segunda detrás de Cristina de Kirchner en la elección nacional).

Con eso sólo le basta para decir que ya hizo mucho por Macri, a quien también respaldó ante el primer fallo de Norberto Oyarbide. Paladea el momento y espera ejecutarlo cuando ella quiera y cuando le convenga. El crédito que tiene de fuerza y predicamento hasta le permitirá, en algún momento, hacer algún gesto amistoso hacia Macri; en su gramática no figura atacar al caído, ensañarse como sus colegas con el caído. Hasta se place en defender al indefendible porque eso alimenta también su radiación.

Amordazados para atacarlo abiertamente a su aliado en la última elección que les permitió ganarle nada menos que a Néstor Kirchner en la provincia de Buenos Aires, los peronistas disidentes también celebran esta caída que mejora el reparto del botín; más cuando se trata de la figurita que les ponía condiciones y se negaba a sacarse fotos a la espera de que lo fueran a buscar el año que viene como candidato a presidente porque, cree Macri, son una tira de impresentables. Francisco de Narváez mortifica en público, pero manda cariños por Twitter; Ramón Puerta, su más amigo, pasará las próximas dos semanas en París. La ausencia de operadores de aguas profundas -Juan José Álvarez en el extranjero, pero quizás mejor así porque tiene querencia ya en cuarteles del kirchnerismo; Cristian Ritondo, de descanso en los Estados Unidos- hace crecer en torno a Macri ese frío cruel que es peor que el odio.

Felipe Solá es un caso aparte porque era una víctima de discretos desaires por parte de Macri, y a secreto agravio, secreta venganza, como decía Calderón de la Barca. Hace algo menos de un año, Solá mantuvo una reunión a solas con Macri para reclamarle un rol en el arco opositor. Fue en la primera semana de setiembre de 2009; Macri le dijo que el candidato presidencial era él y que la gobernación de Buenos Aires estaba reservada para Francisco de Narváez. «¿Y para mí?», preguntó Solá. Silencio de Macri. «¿Tengo que esperar?». Filoso, le respondió Mauricio: «Y, algo puede pasar, una catástrofe, no sé, un Cromañón. Y ahí estás vos...». Ahora tienen Macri y Solá el Cromañón que puede abrirles, respectivamente, las puertas del infierno y del cielo.

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