Desde hace décadas, una pregunta atraviesa la política exterior brasileña: cómo preservar autonomía en un sistema internacional dominado por grandes potencias.
Donald Trump, Lula da Silva y la vieja obsesión brasileña por la autonomía
Más allá de los aranceles y los desacuerdos coyunturales, la disputa actual revive un viejo debate de la diplomacia brasileña: cómo preservar capacidad de decisión propia en un sistema internacional dominado por actores más poderosos.
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Lula da Silva y Donald Trump vuelven a tensionar la relación entre Brasil y Estados Unidos en medio de la disputa por aranceles, autonomía y presión geopolítica.
La cuestión sobrevivió a gobiernos militares y democráticos, atravesó administraciones de izquierda y de derecha y terminó convirtiéndose en uno de los rasgos más permanentes de la diplomacia de Itamaraty.
Precisamente esa vieja aspiración autonomista ayuda a entender por qué el reciente deterioro de la relación entre Brasilia y Washington va mucho más allá de una disputa comercial o de un desacuerdo circunstancial entre dos presidentes.
Lo llamativo es que, hasta hace muy poco, nada indicaba un deterioro inminente de la relación bilateral.
El pasado 7 de mayo, Lula y Trump se reunieron en Washington en un encuentro que ambos gobiernos calificaron como positivo. Más allá de las diferencias ideológicas evidentes, la reunión transmitió la impresión de que los líderes estaban dispuestos a administrar sus desacuerdos sin convertirlos en una crisis diplomática. Sin embargo, esa expectativa duró poco.
La relación entre Brasil y Estados Unidos volvió a tensarse
Esta semana, la relación entre Brasil y Estados Unidos experimentó un nuevo deterioro. La administración de Donald Trump propuso la imposición de un nuevo arancel general del 25 por ciento sobre productos brasileños, acusó al país de mantener prácticas comerciales consideradas perjudiciales para empresas estadounidenses y elevó el tono de sus críticas hacia el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Pero la tensión no se limitó al terreno económico.
El 2 de junio, Trump hizo pública una reunión que había mantenido una semana antes con el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y una de las figuras más relevantes de la oposición brasileña de cara a las elecciones de 2026. A través de Truth Social, el mandatario estadounidense difundió fotografías del encuentro y elogió al legislador brasileño, a quien definió como “un joven inteligente que ama mucho a su país, Brasil”.
La reunión tuvo lugar el 26 de mayo en la Casa Blanca, pero hasta entonces no había sido mencionada públicamente.
Paralelamente, Washington endureció sus críticas a las investigaciones judiciales que involucran a Jair Bolsonaro, sugiriendo que el exmandatario podría estar siendo víctima de una persecución política por parte de sectores del poder brasileño.
Además, avanzó en otra decisión sensible para Brasilia: la inclusión del Primer Comando de la Capital (PCC) y del Comando Vermelho en la lista estadounidense de organizaciones terroristas. Aunque la medida fue presentada como un instrumento para combatir al crimen organizado transnacional, el gobierno brasileño observó la decisión con cautela ya que podía abrir la puerta a futuras presiones externas sobre asuntos tradicionalmente considerados de jurisdicción interna.
Observados en conjunto, estos acontecimientos resultan difíciles de interpretar como una mera coincidencia. Desde Brasilia, comenzaron a percibirse como señales de una presión creciente para influir tanto en la política interna como en el posicionamiento internacional de Brasil.
La reacción de Lula fue inmediata: rechazó cualquier intento de interferencia externa en asuntos internos, defendió la actuación de las instituciones brasileñas y responsabilizó públicamente a Flávio Bolsonaro por alentar medidas que podrían perjudicar los intereses económicos de Brasil. Al mismo tiempo, insistió en que las decisiones sobre la política interna y exterior del país corresponden exclusivamente a los brasileños.
Esa respuesta ayuda a entender que la discusión excede ampliamente una disputa comercial o una decisión arancelaria aislada. Lo que parece estar en juego, desde la perspectiva de Brasilia, es algo más profundo: su capacidad para tomar decisiones soberanas sin condicionamientos externos.
Esa sensibilidad frente a cualquier intento de presión externa no surgió con Lula. Forma parte de una larga tradición intelectual y diplomática que ha moldeado su política exterior brasileña durante décadas.
La autonomía como marca histórica de Itamaraty
La pregunta es: ¿hasta qué punto puede Brasil conservar una política exterior autónoma en un mundo cada vez más polarizado?
Mucho antes de que China emergiera como rival de Estados Unidos o de que Donald Trump regresara a la Casa Blanca, intelectuales y diplomáticos brasileños ya se preguntaban cómo podía un país de las dimensiones de Brasil evitar quedar subordinado a las decisiones de las grandes potencias.
Pocos intelectuales ejercieron tanta influencia sobre esa discusión como Hélio Jaguaribe. A partir de la década de 1950, el sociólogo brasileño desarrolló una idea que terminaría marcando a generaciones enteras de diplomáticos: la verdadera cuestión para países como el suyo no era alcanzar una independencia absoluta -algo imposible en un mundo interdependiente- sino ampliar sus márgenes de autonomía.
Cuantas más opciones tuviera Brasil para relacionarse con el mundo, menor sería su dependencia de cualquier potencia en particular.
Aunque Jaguaribe escribió durante la Guerra Fría, la pregunta que planteó sigue vigente. Lo que cambió no fue el problema. Cambiaron los protagonistas. Ayer la discusión giraba alrededor de Washington y Moscú. Hoy gira alrededor de Washington y Pekín.
La autonomía no implica aislamiento. Tampoco confrontación. Significa preservar capacidad de decisión, conservar libertad de maniobra y mantener abiertas distintas alternativas de inserción internacional.
Esa visión terminó impregnando buena parte de la tradición diplomática brasileña. Bajo la influencia de Celso Amorim, excanciller, exministro de Defensa y una de las figuras más influyentes de la diplomacia contemporánea, Brasil impulsó los BRICS y su ampliación, fortaleció su presencia en África, amplió vínculos con Asia y promovió la cooperación Sur-Sur.
Hoy, Amorim continúa siendo uno de los principales asesores internacionales de Lula, y es uno de los arquitectos de una política exterior orientada a ampliar los márgenes de maniobra de Brasil en el mundo.
Sin embargo, esa tradición nunca fue un consenso absoluto. La presidencia de Jair Bolsonaro representó probablemente la ruptura más significativa con esa escuela de pensamiento desde la redemocratización.
Por primera vez en décadas, el alineamiento apareció como una alternativa explícita a la autonomía. Bolsonaro apostó por una aproximación mucho más estrecha hacia Washington y construyó una relación política e ideológica particularmente cercana con Trump.
Detrás de esa decisión existía una lectura distinta del escenario internacional. Para el bolsonarismo, la creciente competencia geopolítica exigía definiciones más claras y una inserción más cercana al bloque occidental liderado por Estados Unidos.
Esta experiencia dejó una pregunta abierta: ¿hasta qué punto el alineamiento fortalecía realmente la posición internacional de Brasil y hasta qué punto reducía su tradicional capacidad de maniobra?
Brasil, entre Washington y Pekín
El regreso de Lula al poder en 2023, implicó también el regreso de la tradición autonomista. Y es precisamente esa tradición que hoy vuelve a entrar en tensión con Washington.
La diferencia es que el contexto internacional ya no es el mismo que durante los primeros gobiernos del líder brasileño. La rivalidad entre Estados Unidos y China ocupa hoy un lugar mucho más central en la política mundial.
Para Trump, esa competencia constituye el eje organizador del sistema internacional. Desde esa perspectiva, los espacios de ambigüedad estratégica tienden a reducirse. Las relaciones económicas, tecnológicas y diplomáticas comienzan a ser observadas bajo el prisma de una disputa cada vez más amplia entre ambas potencias.
En cambio, el Brasil de Lula continúa defendiendo una lógica diferente. No pretende romper con Estados Unidos. Tampoco pretende alinearse con China. Pretende conservar la posibilidad de relacionarse con ambos.
Y allí aparece el núcleo de la discusión actual: Brasil no reivindica neutralidad, reivindica la autonomía.
La neutralidad implica mantenerse al margen. La autonomía implica reservarse el derecho a decidir. Decidir cuándo acercarse a Washington. Decidir cuándo acercarse a Pekín. Decidir cuándo cooperar con uno, con otro o con ambos.
Las recientes medidas impulsadas por Trump y la respuesta de Lula pueden leerse precisamente bajo esa luz. Estados Unidos buscando que los actores relevantes del sistema internacional definan con mayor claridad sus alineamientos estratégicos y Brasil que insiste con preservar márgenes de maniobra.



