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El día que mercados reaccionaron 24 horas tarde (por Draghi)
Wall Street estalló de júbilo. Tomó la posta matinal de una Europa que pasó, sin intermedios, de la desazón a un fuerte voto de confianza. No todos los días se ve a las Bolsas de Milán y de Madrid trepar el 6%. Las acciones de los bancos europeos encabezaron el ascenso. Los certificados (ADR) de Deustche Bank listados en Nueva York, por caso, catapultaron el 10% su cotización. ¿Se justifica una mudanza tan abrupta de los estados de ánimo? El tiempo dirá. Lo que no arroja dudas fue que, el viernes, los mercados decidieron creer.
Que la plaza laboral de los EE.UU. retome signos de vigor es, a todas luces, una estupenda novedad. No obstante, cuando se hurgan las cifras, no todo reluce. Hay muchos puntos flojos -como el aumento de la tasa de desocupación al 8,3%- si bien, en el balance, puede hablarse de una mejoría. ¿Se anticipa un punto de giro en la marcha de la economía? En marzo, otro informe laboral alertó del «bache de crecimiento» que recién se haría notorio tiempo después. ¿Se repite la historia, con el signo cambiado? Wall Street apostó que sí.
Antes de conocerse las cifras del empleo, las Bolsas de Europa ya habían jugado sus boletos a favor de una pujante reversión de precios. ¿Qué pasó? ¿Por qué los dichos de Draghi causan pavura un día y provocan, al siguiente, un notable entusiasmo? Es que sus palabras sugieren más que lo que dicen. Admiten múltiples lecturas. ¿Cuál es la correcta? ¿La sombría del jueves? ¿O la visión positiva que emergió, con igual convicción, el viernes? ¿O cualquiera de las otras que pueden construirse, como quien apila ladrillos a su gusto, con los temas que esbozó?
¿Cómo atar la flamante euforia de los mercados con las caras de circunstancia de quienes debieran ser los principales beneficiados, las autoridades de España e Italia? La lectura «positiva» de los dichos de Draghi hace hincapié en su referencia a que una eventual intervención del BCE comenzaría en los mercados de deuda de corto plazo (previa petición formal de rescate). El propósito sería eliminar las alzas de la prima de riesgo que reflejen dudas sobre la continuidad del euro (y no estricto riesgo crediticio). Ello se juzgó como la intención de ponerle «techo» a las tasas cortas que enfrentan los países castigados por la crisis. Así el BCE cumpliría su función natural: asegurar la correcta transmisión de la política monetaria. En paralelo, se leyó -por omisión- la voluntad de no inmiscuirse con los bonos largos. ¿Cuál fue la respuesta inicial? Bajaron las tasas en los tramos cortos (por la «promesa» de intervención); se dispararon las tasas largas (por la presumible desvinculación del BCE). La curva de la deuda se empinó. Compárese con la operación twist que ejecuta la Fed: compra títulos largos y vende los cortos, la curva se achata. Draghi insinuó lo contrario: un virtual twist al revés. Pregunta obligada: si el twist supone un estímulo, ¿cómo debería evaluarse la operación antagónica?
Ahora bien, el viernes se produjo «el milagro». La baja de las tasas cortas arrastró también a las largas, y la merma de las tasas largas fue la dinamita que empujó al resto de los activos de riesgo. En condiciones normales, este encadenamiento no debería sorprender. La herramienta monetaria convencional pasa por rebajar una tasa de 24 horas (como fed funds en EE.UU.) y dejar que ella sola gravite favorablemente sobre el resto. ¿Será que si el BCE ancla la tasa española, digamos, a dos años, también anclará la tasa de largo plazo? Si fuera así, la crisis desaparecería. Pero mientras persista (salvo que España se financie exclusivamente en la parte corta de la curva), la respuesta tiene que ser negativa. Grecia, Irlanda y Portugal nunca dejaron de colocar letras a menos de un año; su mal fue perder el acceso a los capitales de largo plazo. La reacción del viernes, sin embargo, considera que sí, que la jugada del BCE es una solución factible. Y hay que entender que aquí los mercados son juez y parte. La crisis europea es, en esencia, una corrida contra los bonos de media Europa. Si la corrida se frena, el problema «se arregla». Por lo menos, mientras dure la tregua.
Señaló Draghi que no habrá intervención del BCE si antes no se acepta un rescate formal. ¿Qué piensa hacer Rajoy, entonces, que es el primero en la lista? El presidente español dijo, el mismo viernes, que antes de tomar una decisión, necesita conocer qué medidas tomará el BCE. En apariencia, saben más los mercados que el propio interesado. En rigor, falta información clave. Hay que comprender que el negocio de los mercados es anticiparse. Tomar posición por adelantado. Las más de las veces, su olfato acierta. Pero, como diría un augur, puede fallar. Y ya se vio que a los mercados, si fuera el caso, no les temblará el pulso en mudar de opinión.


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