El dibujo, protagonista de una muestra heterogénea

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En pleno Palermo Hollywood, el espacio Quimera exhibe "Bosquejar esbozar proyectar", una exposición de 54 artistas con alrededor de un centenar de dibujos y una instalación, curada por Santiago Bengolea y Javier Aparicio. El clima del lugar es distendido, pero la exposición tiene un formato complejo y la gestión es rigurosa, los curadores no dejaron nada librado al azar, ni siquiera el propio protagonismo. Para comenzar, la tapa del catálogo reproduce un manuscrito de Bengolea y Aparicio donde figuran todos los participantes. Ellos escribieron los nombres de la muestra, los artistas y el de ellos mismos, en uniforme minúscula y con una letra cursiva cuya redondez trae el recuerdo de los grafismos de León Ferrari o los textos pintados de Federico Manuel Peralta Ramos.

La breve sala de Quimera alberga la instalación de Alejandro Pasquale y Luis Rodríguez y numerosos dibujos de pequeño formato con técnicas y estilos diversos. Desplegada en tres grandes paneles corredizos y sobre el piso de la galería, la obra de Pasquale y Rodríguez retoma un tema mitológico: Narciso mirándose embelesado en el espejo de las aguas del lago donde va a morir. Al clasicismo del motivo se contrapone el uso de materiales no tradicionales: fotocopias y cinta aisladora empleada por los electricistas. A partir de un dibujo de Pasquale con la figura de Narciso en un bosque, el dúo de artistas amplió la imagen hasta llevarla a la dimensión mural. Luego, ambos dividieron la ampliación con la medida de las hojas oficio, fotocopiaron esas páginas y las pegaron una a una sobre las paredes. Desde lejos, se divisa un dibujo al grafito; desde cerca, se advierten los cortes y la calidad de la impresión. En el suelo de toda la sala, con apenas unos movimientos de unas bandas azules en el diseño casi totalmente geométrico, Rodríguez representa el agua del lago.

En la muestra hay artistas de distintas edades, noveles y consagrados, argentinos y extranjeros, gran parte de ellos son dibujantes y otros, como Jorge Miño o Marcela Astorga, debutan en esta disciplina.

Hay trabajos cuya pureza remite a la línea que, según el relato de Plinio el Viejo, marca el origen del dibujo: el trazo de una joven doncella grabado en la roca. Según la historia, antes de que su amado partiera, ella dibujó la línea de la sombra de su perfil proyectado por la luz del fuego. Y así atrapó la imagen para siempre. Pasados los siglos, la genuina sencillez de los trazos verticales de David López Mastrángelo y los círculos de Facundo Pires renuevan el encanto de la línea. Por su parte, Pablo La Padula traslada a sus obras, de algún modo, la magia de la narración: configura sus geometrías con la ayuda del fuego, pinta con humo sobre papel.

Las fronteras del arte se han vuelto porosas y la exhibición deja a la vista la actual contaminación interdisciplinaria del dibujo, pone en evidencia los desplazamientos que se generan desde la fotografía, la pintura, el collage, la escultura, la pintura y la instalación. Con la estrategia de un escultor renacentista, el italiano Andras Calamandrei burila en la lustrosa superficie del mármol las formas de una cabeza y dos prismas. La cabeza de Agustín González Gotya, con su clasismo y su contemporaneidad, tiene la virtud de revelar el anacronismo del arte, esa vida dilatada que supera largamente la del hombre. Laura Ojeda BTMr dibuja una mano emulando los estudios de los viejos copistas con modelo vivo.

En el territorio de la figuración están los paisajes pintados por Florencia Bohtlingk; hay una flor dibujada por Santiago Gasquet, un oso con mirada humana de Héctor Meana y un triste pájaro muerto de Fabián Nonino; unos alucinados autorretratos de Cervio Martini y la enigmática cabeza de espaldas realizada por Alejandro Bonzo.

La ética, materia rara en el contexto del arte contemporáneo, aparece en el mensaje de Narciso y, además, en la obra del grupo La Sin Futuro. Ellas presentan, con la estrategia del cartel publicitario, un eslogan en letras mayúsculas y en tres dimensiones que dice: "Sacrifique su presente para gozar de su futuro".

La arquitectura es el motivo de Diego Mur, Manuel Ameztoy, Marta Calí y Cristina Schiavi; los mapas, el de la artista viajera Melina Berkenwald; la ciencia y el devenir del cosmos, el de Mónica Girón; la estética y el más puro placer que procura la belleza aparecen en un diseño ornamental de Silvia Gurfein. Allí mismo se enredan y florecen las rosas. La obra se llama "La fuerza débil", y dibujada con mirada amorosa alcanza el máximo poder.

Entre las abstracciones logran gran visibilidad las formas recortadas en rotundo amarillo y negro de Kirsten Mosel, mientras el gesto de humor de Augusto Zanela demanda mirar el dibujo, detenerse y volver a mirarlo. En el recorrido de toda la muestra, más allá del formato, que no excede los 40 x 40 centímetros, se percibe un nivel parejo de calidad y expresividad, aunque cada artista posee su estilo. Adriana Minoliti, Alexia Muñiz-Braun, Alexis Minkiewicz, Ana Casanova, Andrea von Lüdinghausen, Ariel Mora, Constanza Abete, Daniel Tremolada, Diego Mur, Ernesto Arellano, Facundo Pires, Francisco Amatriain, Gabriel Altamirano, Gala Berger, Hernán Paganini, Ignacio Valdez, Irana Douer, Jair Jesús Toledo, Javier Ferrante, Juan Malka, Juan Tessi, Julim Rosa, Luciana Pía Faccini, Magdalena Petroni, Manu Fernández López, Mariano Ferrante, Matías Ercole, Silvana Lacarra, Tiziana Pierri, Valeria Maggi y Walter Álvarez completan el elenco.

En "Bosquejar esbozar proyectar" se ha cuidado el detalle. Los curadores realizaron el trabajo de montaje. En la sala, al menos un dibujo de cada artista está colgado a la altura tradicional de un metro y medio, en el lugar preciso donde el espectador enfoca su mirada. Así, todos disfrutan de su atención. Esas 54 obras son las que reproduce el catálogo, un aporte del proyecto editorial Quimera.

El dibujo disfruta en estos últimos años de una jerarquía que, en nuestro país, con la herencia española del óleo, nunca había tenido y suma interés a una muestra heterogénea. Además, la galería comparte espacio con una poblada librería de arte y un restorán, pero para Gabriel Bitterman, el director de Quimera, ni el arte contemporáneo ni los libros parecen ser un adorno.

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