22 de mayo 2012 - 00:00

El dilema: emitir bonos para obras públicas

El desafío griego está sobre la mesa. El pueblo heleno, soberano, ya manifestó sus preferencias: quiere romper lanzas con el ajuste y también permanecer en el euro. Votó así a principios de mes y votará igual el próximo 17 de junio. Que Europa sostenga que ese menú no está disponible -que abandonar el programa de austeridad significa la expulsión de la moneda común- no altera las intenciones de voto, conforme lo registran los sondeos de opinión. La Izquierda Radical -la fuerza que más crece, según las encuestas- hace campaña montada en esa rentable contradicción, y Alexis Tsipras, su carismático líder, no piensa moverse de allí. Deberá, eso sí, soportar los embates para convertir a esa incongruencia de base en el dato políticamente definitorio. La canciller Angela Merkel pretendió correrlo a pura racionalidad alemana: quiso que se celebrara también un referendo sobre la permanencia en el euro. Su falta de cintura fue proverbial: todo el espectro partidario de Atenas rechazó la injerencia. Si la idea de una consulta específica no partió de las agrupaciones locales «pro rescate», menos puede surgir como imposición de la «odiosa» Alemania. Pero la batalla continúa. Y uno puede imaginar cómo sería un último intento de mostrarle a la población las reales implicancias de su voto. Si Europa le corta los víveres a Grecia en las vísperas del 17 de junio sentará la convicción de que la coyuntura se juega a todo o nada. ¿Se llegará a las elecciones en la zozobra de un prolongado feriado bancario? Dependerá de la voluntad del BCE. Si por los depositantes griegos fuera, así sería.

La eurozona necesita una estrategia de acción que no dependa de lo que disponga Grecia. La tiene según el comisario de Comercio, Karel De Gutch. Tanto la Comisión Europea como BCE «están trabajando en escenarios de emergencia» ante un eventual alejamiento de Grecia, le confió el funcionario holandés al diario belga Der Staandard. Y, en ese sentido, consideró que «un año y medio atrás había peligro de un efecto dominó» que ahora se redujo por «la planificación comunitaria». De Gutch fue pulcramente desmentido por el portavoz oficial de la Comisión Europea como cabía esperar. Pero el mensaje ya se escuchó. Así se explayó Jeorg Asmussen, miembro del consejo ejecutivo del otro aludido, el BCE. «La preferencia del banco es que Grecia permanezca en el euro. Ése es nuestro plan A, y en eso estamos trabajando». ¿No cuentan con un plan B? «Hay críticas por ello. Pero tan pronto como se habla de un plan B o plan C, al plan A se lo tira por la ventana». Más claro, agua: sería irresponsable no prever un escenario de catástrofe anunciada. Pero si hay un plan B, no hay que mencionarlo.

David Cameron, el primer ministro británico, no comparte esos pruritos. Ya esbozó un plan B para la eurozona y también lo hizo público. No es lo que Bruselas va a ejecutar, pero sirve como referencia. Consta de tres puntos: la emisión de eurobonos, la intervención a pleno del BCE (a la manera de lo actuado por la Fed y el Banco de Inglaterra, con sus ingredientes de relax cuantitativo y compra de deuda pública) y la aplicación de medidas que promuevan la competitividad. En forma estilizada, migrar de prisa hacia la unión fiscal (y no sólo presupuestaria como quiere Berlín) y la integración financiera. No hay dudas de que para que la unión monetaria sobreviva -más allá de la partida de Grecia o no-, deberá completarse como una auténtica unión económica. Lo que supone -aunque nadie haga hincapié en ello- que, como contrapartida, exista una unidad política. No será el amor lo que una a los europeos, eso es evidente. ¿Podrá el espanto?

Todo lo que pide Cameron (o el FMI) desde fuera de la eurozona lo ansían también los líderes de adentro. Grecia y su izquierda dura le robaron cámaras a François Hollande, el flamante presidente francés, pero, a su vez, le abonaron el terreno para que su prédica ya no asuste a nadie (aunque, según la prensa alemana, «torture» a Merkel). En la Cumbre del G-8, Hollande llevó la voz cantante a favor de los eurobonos. Y pugnará por ellos en el cónclave de mañana de la Unión Europea. «Sé que no estaré solo», dijo, en alusión a otros apoyos como el de Cameron y del líder italiano, Mario Monti. La improbable foto de un presidente socialista francés con su par estadounidense, en el medio de una campaña eleccionaria en Washington, es una pequeña proeza que consignan los titulares de los diarios. No es Hollande, es su circunstancia, lo que gesta estos milagros. Y, tras dos años de crisis profunda, las ideas sobre qué hacer están en el tablero de diseño; lo que las frena es el veto político. Así lo que se discutió en la Asamblea del FMI ya forma parte del bagaje que reclama París.

¿Y a todo esto quién se opone? En esencia, Alemania. Pero no es la cerrada negativa de antaño. Si el electorado europeo quiere cambios, no se lo puede ignorar olímpicamente. Hay que tomar nota y corregir el rumbo o prepararse a enfrentar el dilema que hoy supone Grecia multiplicado por «n» países. La brecha en pugna es menos amplia que lo que parece: Hollande sabe que su posición es popular y que si quiere conseguir uno debe pedir tres. Cuando dice eurobonos, ¿no está negociando que Berlín avale la emisión de bonos comunitarios vinculados a proyectos; o sea, un primer paso a baja escala? Es que no habrá grandes avances si en paralelo no se profundiza la unión (y el comando) político. No hubo pases del BCE a destajo sino después que Merkel tomara el timón de Europa y consiguiera el reaseguro del «Fiscalpakt». Y ello requirió una ofensiva relámpago que, luego de hacer rodar las cabezas de Papandréu y Berlusconi, impuso su voluntad. ¿Qué hará Europa con el desafío griego? Antes que nada, recobrar el control de la política.

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