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El drama de la guerra de monedas: el G-20 va tras pasos de Bernanke
Perder la Guerra de Monedas hubiese sido terrible. Ganarla podría ser peor. ¿Qué puede hacer Mantega para mantenerse en el camino de silla sin desbarrancarse en un sentido u otro? Es un rehén de lo que decida Bernanke con el QE3. Por fortuna, le quedó el recurso del G-20. La reunión de ministros y banqueros centrales, este fin de semana, permitió asentar personalmente el reclamo. No pudo ser un diálogo cara a cara: Bernanke, esta vez, no concurrió a Moscú. Pero la cuestión dominó el debate. El comunicado oficial reconoce "los riesgos y los efectos colaterales adversos no intencionales de períodos prolongados de relajación monetaria". Y promete que los cambios futuros de las políticas serán "calibrados cuidadosamente" ("y comunicados con claridad"). El anfitrión, el ministro ruso Anton Siluanov, fue más directo. "Los países emergentes están muy preocupados por la predictibilidad de estas políticas, por cómo continuará su aplicación". El representante indonesio declaró que todo atisbo de reducción de los programas de QE "afecta inmediatamente" a los países emergentes. La evidencia reciente le da la razón. Entre abril y junio lo que se produjo fue un formidable choque de trenes. De un lado, las Abenomics y la promesa del BCE de estudiar la posibilidad de una tasa negativa encendieron las expectativas de una mayor oferta de liquidez internacional. Pero Bernanke, con su anuncio, le salió al cruce al fenómeno de la "cacería de rendimientos" y las cortó de cuajo.
Quien se tome la molestia de revisar las pulsaciones de los mercados emergentes notará, a simple vista, los dos gatillos exógenos y los tres estadios que se sucedieron: el frenesí inicial, la brusca colisión y la caída vertical de todo signo de vitalidad. El Bernanke "light" de las últimas dos semanas contuvo el daño, pero sólo permitió una muy parcial recuperación. Sin participar de los manejos del Banco de Japón, del BCE y de la Fed, la factura que les toca pagar a los países emergentes es muy onerosa como para callar una protesta. Consiguieron, al menos, que la inquietud por el crecimiento global vuelva al tope de la agenda.
Los tiempos cambian. Varió la agenda de las preocupaciones, pero, como se ve, la necesidad de coordinación internacional persiste. Ya no rigen la zozobra de 2008 y 2009 ni el fugaz optimismo de la primera mitad de 2010. La recuperación global no se discute, pero su "techo de vuelo" restringido obliga a prestar suma atención a los accidentes del terreno. Los peligros no desaparecen. Si a principios de año el FMI alertaba sobre el crecimiento mundial a tres velocidades, en su revisión más reciente, consigna que las tres marchas bajaron un cambio. Desde la última cumbre presidencial del G-20 en Los Cabos se destacan dos novedades principales: el QE3, y la notable desaceleración de las economías emergentes, la franja más dinámica. A diferencia de su predecesor, el QE3 no derramó demasiados beneficios sobre los emergentes y, sin embargo, ahora que se baraja su desconexión, los castiga una salida pronunciada de capitales. Si el drenaje no modera, se resentirá la actividad real.
Que no haya dudas: en el mundo de tres velocidades, por primera vez, el carril que corre más riesgo de saturarse es el de la velocidad más alta. ¿Lo tendrá en cuenta Bernanke? Cuando los líderes mundiales se reúnan en septiembre, el QE3 podría comenzar a ser desmantelado. Que ocurra o no será función de las variables de cabotaje que prioriza la Fed. Los factores internacionales entran en la ecuación, pero con una ponderación baja. Haría falta un huracán para que inhiban la acción. Hasta el presente, el BCE aisló a la deuda europea de los sacudones. Y los percances de los emergentes, más allá de las protestas, tampoco dan la talla requerida. La debilidad de la propia economía estadounidense sigue siendo la mejor carta para pensar en un cambio de planes.


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