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El límite fue recibir a los radicales
El titular de la UCR, Ernesto Sanz, y el presidente del bloque radical del Senado, Gerardo Morales, dejan el Banco Central tras su reunión con Martín Redrado.
Lousteau. Ayer, retrocedió varias casillas y deberá esperar a una nueva reencarnación para renovar el sueño.
El lunes, Cristina de Kirchner hizo el último intento ante Redrado para que cumpliese la orden de abrir las cuentas en el Central y disparar así el Fondo del Bicentenario. No se habló de renuncia en esa charla, pero la intimación para que cumpliese el decreto fue firme. El clima de aquel encuentro lo terminó de convencer de algo más importante que el culebrón del Fondo: que en setiembre el Gobierno no le renovaría el mandato. Presentía eso y lo reveló en charlas con amigos: «Mi sueño es ser el primer presidente del Central desde Ernesto Bosch». Anoche parecía frustrarse también ese sueño.
El martes, a última hora, recibió un llamado de Aníbal Fernández invitándolo a reunirse en la mañana de ayer, cuando era ya público que el propio Redrado había disparado el misil que se convirtió en búmeran; invitó a Sanz y a Morales a pasar por su despacho para que le explicasen las razones de su rechazo a la creación del Fondo del Bicentenario. Néstor Kirchner, alojado en Olivos, dio la orden de pedirle la renuncia, que avisó un comunicado de guerra del viceministro Eduardo Felletti.
Kirchner hizo de la deslegitimación de todos los protagonistas de la vida pública el eje de su estrategia de Gobierno. Elegidos él y su esposa con una cantidad de votos que nunca superó el 30% de los sufragios sobre el total del padrón, ha buscado reforzar su legitimidad negándosela a los demás, fueran los partidos políticos, el Congreso, los foros de discusión de política, la prensa, la Iglesia, los organismos internacionales. Con ninguno de ellos se prestó a diálogo alguno, y menos en superficie. Que Redrado recibiera en medio del debate sobre el Fondo del Bicentenario a la cúpula radical quebró ese dictamen. Era una legitimización de la oposición política que ingresaba al Central para deslegitimar una medida clave del Gobierno.
El libreto del comunicado de Felletti desplegó la doctrina oficial sobre la coyuntura financiera: Redrado, Amado Boudou, incluso Mario Blejer pertenecen a un club que considera que el país debe volver al mercado de capitales para endeudarse al 10%. Frente a esa opinión, que Felletti caracterizó como propio de una «derecha» económica, el Gobierno alza el Fondo del Bicentenario que le permite al país endeudarse por los montos conocidos a una tasa Libor -uno a diez años-. Dinero barato.
Redrado, cuando lo enfrentaron con ese cuadro explicativo, respondía que lo importante era lanzar señales amistosas a los mercados, manejar las expectativas y no defraudarlas. Frente a esas esperanzas que encerraban al país en un mercado de dinero caro, el Gobierno había encontrado la panacea de cualquier gobernador de provincia, financiarse con el banco local, en este caso, el Banco Central.
Cuando Fernández vio que Redrado no iba a la reunión de ayer, el Gobierno despertó a la prensa amiga con el mensaje de que el «golden» había renunciado y que Mario Blejer, en Europa hasta el lunes, había aceptado reemplazarlo. Quería que el Redrado que recibiese a los radicales fuera el Redrado sin cargo. Éste los llamó a Sanz y a Morales a las 11 y les confirmó la entrevista a las 12.
Cuando los tuvo adelante les dijo que él, aunque fuera gateando, llegaría en el cargo hasta el 23 de setiembre, que no estaba incurso en ninguna de las causales de violación de los deberes del funcionario público y que les debía una disculpa por haberles mandado por mail este año el Programa Monetario 2010 en lugar de ir al Congreso a explicárselo personalmente. En ese texto, Redrado incluyó observaciones al DNU del Fondo y también puso en varios párrafos, como el proyecto principal de la autoridad monetaria, la vuelta a los mercados y la necesidad de cultivar las expectativas. Eso halagó a sus sepultureros, que festejaron hasta dónde llega su poder de opositores, que puede producir a este nuevo Cobos que les ha salido a los Kirchner. De paso, en el ascensor coincidieron con el vicepresidente del Central, el radical-kirchnerista Miguel Pesce, cuya militancia aún crea sospechas en los Kirchner, que postergan un ascenso, por ejemplo, reemplazarlo a Redrado.
Raro final para esta nueva singladura de Redrado, tanto como el misterio que acompaña a este personaje sobre qué les proporciona a los políticos en realidad. Es cierto que su profesión se alimenta de estos blancos, cultos, harvardianos y cemistas que aceptan cargos en gobiernos como los de Menem, Duhalde o Kirchner, pestilentes por ideología para lo que son, pero en el que funcionan como abrepuertas o blanqueando a los horribles políticos en los despachos lujosos del mercado.
Con eso sedujo Redrado a Menem, a Duhalde y a Kirchner. Cuando éste asumió, lo encontró en la Cancillería, en donde había ocupado todos los espacios aprovechando la dejadez para la gestión que había revelado Carlos Ruckauf. La orden que recibió Rafael Bielsa en 2003 fue jibarizarlo sacándole funciones en el Ministerio de Relaciones Exteriores. ¿Por qué no echarlo? Porque los Kirchner le temían a un Redrado suelto, opinando desde afuera del Gobierno. Ese semiólogo natural que es Kirchner lo prefería adentro y callado, que afuera y criticando. Le falló el cálculo: a los seis meses Bielsa había sido capturado por Redrado y hablaba como éste.
Un forzado del trabajo y de las relaciones públicas salió de la colectora y, ya en la autopista, se convirtió en el reemplazante obligado de otro «golden» con mala suerte, Alfonso Prat Gay. Era el peldaño que le faltaba para acercarse a la silla de ministro de Economía, que se frustró con la aventura del otro «golden» que no pudo, no supo o no quiso, Martín Lousteau.


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