17 de agosto 2015 - 00:15

El "Loco" Prieto, el ladrón que más mató en el país

 A Miguel Alberto Prieto le decían "El Loco" o directamente "El Loco Prieto". Fue un pistolero y asesino que nació en Buenos Aires y murió, quemado en medio de una historia hasta hoy no aclarada, en la cárcel de Villa Devoto. Ocurrió el 25 de enero de 1965.

Si bien fue judicialmente acusado de haber cometido un centenar de asaltos y diez homicidios, muchos investigadores de aquellos años llegaron a endilgarle más de 80 asesinatos. Fue, quizás, el asesino más prolífico de la Argentina.

En el prontuario que aún se conserva figura la fecha de nacimiento: 14 de enero de 1929. También dice que su primer delito lo cometió a los 11 años y que lo metió en el mundo del hampa su hermano, Domingo Cipriano Prieto.

Cuando murió Domingo en un tiroteo, "El Loco" se sumó a una banda que asoló la Capital y el Gran Buenos Aires allá por los años 50. Se hizo conocido cuando mató al policía José Baitroqui, cuando robaban la recaudación de la empresa Nestlé.

Pero el delito que llevó el nombre de Prieto a las portadas de los diarios se produjo el 16 de mayo de 1961. Con la banda de Luis Caliguante, alias "Camota", robó la droguería La Continental, en Buenos Aires. Allí mató a balazos al empleado Miguel Jeystz. Después daría su particular versión de los hechos: "Imagínense, la pistola es celosa. El empleado se movió y yo creí que se me venía encima. Apenas oprimí el gatillo".

La Sección Robos y Hurtos de la Policía Federal Argentina, a cargo del legendario comisario Evaristo Meneses, terminó con las tropelías de la banda. A Prieto lo encontraron escondido en una casa de Ciudadela. Cuando rodearon la vivienda, el asesino imploró por su vida. Estaba solo y actuó como un cobarde. El juez lo mandó primero al hospital Ramón Carrillo para ser sometido a un tratamiento psiquiátrico, pero meses después se escapó y continuó con su carrera de robo y muerte. Le quedaban pocos años de vida.

Prieto conocía a varios oficiales corruptos de entonces. Por eso, el juez Carlos Arigós lo indagó en la Comisaría 43ª y lo mandó protegido a la seccional 1ª de Morón, donde se produjo un feroz tiroteo. Un grupo de delincuentes atacó la dependencia y nunca se supo si era para rescatarlo o para matarlo. Un pistolero murió en ese violento hecho.

El asesino declaró ante varios jueces por distintas causas y saltó de cárcel en cárcel hasta terminar en la Unidad Penal Federal de Villa Devoto. Decían que iba a hablar, contar los contactos que tenía con algunos jefes de la Policía. No le dieron tiempo: apareció quemado en una celda. Tenía 37 años, y su foto del prontuario se había hecho muy conocida en las crónicas policiales de aquellos años.

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