El Malba explora el mundo de los tejidos y bordados: “Aó. Episodios de las artes textiles en el Paraguay”, exposición curada por Lía Colombino, directora del Museo de Arte Indígena del Museo del Barro. La misionera Mónica Millán (1960), integrante de la muestra del Malba, explica: “Durante la revolución industrial surgieron los defensores de los artesanos. La aceleración de la máquina problematiza la felicidad del hombre”, observa.
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El Malba abre sus muros al pujante arte textil
La muestra, dedicada al Paraguay, combina una técnica milenaria con tópicos modernos.
Los artistas paraguayos, Marcos Benítez (1973), Félix Cardozo (1973), Claudia Casarino (1974), Feliciano Centurión (1962 -1996) Arnaldo Cristaldo (1977), Ricardo Migliorisi (1948-2019), Osvaldo Salerno (1952), Joaquín Sánchez (1975), Karina Yaluk (1958) y la argentina Millán, despliegan expresiones contemporáneas con disciplinas milenarias. Al ingresar a la muestra, se divisa “El gran manto”, un inmenso tapiz de Ricardo Migliorisi que, cubre el muro desde el techo y se extiende varios metros por el piso. El humor se entreteje con el patchwork. Sobre los retazos de alfombras y réplicas de gobelinos europeos que decoraban las casas de la burguesía local, el artista bordó un texto de su autoría traducido a varios idiomas con las inexactitudes de la aplicación de la web. El resultado es un manifiesto incomprensible.
Los bordados de Centurión abren paso a las cuestiones privadas. Su obra cambia de rumbo cuando le diagnosticaron sida. Buscó entonces «la parte afectiva del mundo femenino» y se dedicó a bordar sentimientos. Los bordados están realizados en el paño cálido de las frazadas, soporte elegido por un artista único, que se distingue entre todos.
Desde el universo de la mujer, Claudia Casarino presenta una instalación en medio de la sala, una ronda de vestidos que cuelga lánguidamente del techo. En la transparencia del lienzo color crudo se adivina la historia de los cuerpos que no están.
Osvaldo Salerno recurre a la tradición doméstica del bordado a máquina y diseña “Wage di Stille”. Un texto en español y guaraní reitera, una y otra vez, una frase de Augusto Roa Bastos. “Salí del encierro oliendo a intemperie”. Benítez adhiere grandes lienzos a los troncos de unos árboles hasta labrar la huella. Su obra habla del Paraguay, país que alberga un tesoro forestal, pero permite la explotación y no preserva la naturaleza.
En la instalación de Millán hay una foto de Sara López, tejedora de Ao Poi del pueblo Yataity del Guayrá que ella visitó por 10 años. Allí reside un linaje de tejedoras. La madre de Sara era una de ellas y sus 10 hijos tejieron. Sara aparece en la foto junto a un mantel de encaje jú (encaje aguja en guaraní) Frente a la imagen de Sara, Millán señala: “Pensé inmediatamente en retratarla en encaje. La visitó Petrona Martínez, la encajera del pueblo, y le planteo el tema. Luego de largos meses de trabajo me devuelve el tejido que será expuesto por primera vez”. La belleza del encaje blanco está rodeada por unas formas almidonadas y abstractas sobre pedestales que, por momentos y según el ángulo de la mirada, se vuelven antropomórficas.
Cristaldo, a través de dos escudos de la bandera paraguaya, uno bordado y el otro desbordado, revela el apogeo y la caída de los símbolos patrios. Sánchez ovilla los hilos de las banderas de Bolivia y Paraguay. Así trae a la memoria la Guerra del Chaco y la dificultosa relación entre ambos países. Dentro de una vitrina hay un vestido de novia con un corazón rojo, también de Sánchez. Unas arañas tejen allí su ñandutí, una tela de encaje”.
La muestra se completa con Cardozo, que borda sus conjuros a partir de la fe religiosa, y Yaluk, que zurce retazos de satén donde estampa unas manchas indefinidas. Finalmente, los textiles participan sin retaceos de las vertientes contemporáneas y algunas piezas alcanzan el nivel de obras cumbre.


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