20 de septiembre 2011 - 00:00

El Malba se consolidó en sólo una década como polo cultural

Interior del Malba, museo que modificó la consideración pública y privada del arte y del coleccionismo.
Interior del Malba, museo que modificó la consideración pública y privada del arte y del coleccionismo.
El Malba cumple hoy 10 años y sobran motivos para celebrar. La historia del Museo comenzó a gestarse hace 17 años, cuando Eduardo Costantini, que ya era un financista exitoso, compró su primera pintura de Pettoruti en un remate. Se asemejaba entonces a Adam Verver, el personaje de la novela «La copa dorada» de Henry James, un millonario «relativamente ciego» sin «un motivo inspirador» (interpretado por Nick Nolte en el film del mismo título de James Ivory). Henry James relata que la vida de Verver cambió al descubrir el arte, en el momento preciso que comenzó a soñar con la idea de abrir el «museo de museos» que deparara goces estéticos a los habitantes de su ciudad.

En las páginas de Ámbito Financiero de mayo de 1995, se publicó la siguiente primicia: «El argentino Eduardo Costantini compra un autorretrato de Frida Kahlo en Sothebys de Nueva York por la cifra récord de 3,2 millones de dólares». En aquel momento, el coleccionista había diseñado su plan y adquirió sin regatear una obra de Guttero y otra de Torres García, ambas en valores récord. Al igual que la vida de Verver, la de Costantini también pegó un salto: su nombre apareció en todos los medios y el mundo del arte le abrió las puertas. Hasta aquí llega la semejanza con Verver, un personaje fascinado por el arte decimonónico y comprador asiduo en Londres y París.

Costantini, por el contrario, en medio de su primer remate neoyorquino, sostuvo ante este diario: «Quiero reunir la mejor colección de arte latinoamericano». Al promediar la década del 90, con una visión socioeconómica de Latinoamérica como región emergente, divisó el horizonte financiero que se ampliaba y descubrió por el arte de sus países. Así, se produjo un cambio rotundo en el perfil histórico del coleccionista argentino, hasta ayer enfocado en Europa. Un nuevo concepto territorial despertó la valoración de lo propio.

No fue fácil, no obstante, entender la colección: ¿Quíen era Di Cavalcanti? ¿Quiénes Covarrubias o Agustín Lazo? La empalizada del museo todavía en construcción, amaneció un día con gigantescas reproducciones de los cuadros de Berni, Kahlo y Pettoruti. Los «burgueses», como denominaba Borges a la sociedad criolla, comenzaron a tirar misiles. «¿Quién es Costantini?», se preguntaban.

Ese perfil tan alto (que hoy ha bajado), tan diferente del típico coleccionista argentino que, salvo excepciones, compra el arte en secreto y oculta sus tesoros con cierto temor o egoísmo, resultó irritante para algunos. La salida de Costantini sin antifaz y con una modalidad parecida a la de los estadounidenses, suscitó sin embargo la simpatía de otros, como Amalia Fortabat que de inmediato siguió su ejemplo, o Pacho ODonnell, quien desde la Subsecretaría de Cultura apoyó el proyecto y diseñó leyes para convertir a Buenos Aires en la sede del arte de toda Latinoamérica. Normas sancionadas y promulgadas que no se cumplen, como la de «Libre circulación del arte». La prueba es que para radicar de modo definitivo las 42 obras adquiridas en el exterior e importadas de modo temporario para el Malba, entre ellas algunas repatriadas, se tributó 10,5 de IVA como cualquier mercadería, o sea 2,5 millones de dólares.

El último gesto público del coleccionista fue convocar a la prensa para confirmar el destino del Malba como bien social y anunciar que financiaría el IVA con la venta de cuatro obras de la colección. Reiteró que él y sus herederos firmaron que, llegado el caso de que Fundación que lleva su nombre se disolviera, el Museo pasaría a formar parte del Estado. Agregó que la Fundación cuenta con fondos para solventar los gastos a perpetuidad, pese al déficit de 2,5 millones de dólares anuales. Informó, en suma, que ese patrimonio irrecuperable se iría para siempre. Y las obras salieron del país ante la indiferencia generalizada.

El Malba hizo lo que nadie había hecho: considerar el arte como un bien preferencial que merece desgravaciones, metros, espacio. Sin embargo, la política actual es el silencio. Y nadie puede emitir reproche. Poco antes de la inauguración el Gobierno de la Ciudad había parado la obra porque tenía unos metros de más, problema que quedó atrás con un abrazo simbólico de los amigos y, antes que nada, con la «donación» de 600.000 dólares al Gobierno, en «compensación» por el pecado de construir el Museo. A pesar de todo, el vernissage parecía una reunión de Gabinete de De la Rúa, los funcionarios no recordaban el peregrinar del coleccionista y sus amigos por el estrado de la Legislatura porteña, ni la confesión sincera de Nicolás García Uriburu, cuando dijo ante la Cámara: «Me avergüenza que le pidan cosas».

El Malba se inauguró el 20 de setiembre de 2001, en medio de la crisis, y Costantini destacó los límites morales que el arte impone a la propiedad privada: «El dueño de una obra de arte, no es más que un depositario transitorio de un bien que tiene valor público y que tarde o temprano debería pasar a formar parte del patrimonio de los museos, o sea, del público».

Luego de padecer un rechazo social y político que sólo se entiende al conocer las oscuras razones y los personajes que atizaron el fuego, entre ellos algunos medios, el Museo consolidó su lugar en el mundo. El Malba depara gratas experiencias estéticas y es un amable lugar de encuentro social e intelectual. En efecto, hoy rompe el silencio como institución estrella del escenario local y también del internacional, como entidad modelo que legitima el arte que exhibe, para celebrar el incremento de los visitantes, el crecimiento de todas las áreas y de una colección (que el Malba paga a los artistas, a diferencia de otros museos) y que se ha duplicado.

Esta tarde se abrirá una muestra retrospectiva del artista cinético Carlos-Cruz Diez. Se presentará un nuevo recorrido del arte latinoamericano del siglo XX, con las obras cumbre de la colección permanente, y 14 cedidas en comodato por el Museo de Bellas Artes de Houston. Además, en la explanada de ingreso al Museo, se emplazó «Homenagem» de Nushi Muntaabski y Cristina Schiavi. Casi un ejercicio para la memoria: la instalación se inspira en el proyecto paisajístico del artista brasileño Burle Marx para la aledaña Plaza República del Perú, cuyo original sucumbió bajo la topadora, en los tiempos del intendente Domínguez.

También hoy, gratis, aunque con inscripción previa, se inicia el simposio internacional «Arte latinoamericano. Diez años de cambios, perspectivas y proyecciones», con figuras como Mari Carmen Ramírez del Museo de Bellas Artes de Houston, Hans Michael Herzog de la Fundación Daros, Natalia Majluf del MALI de Lima, Adriana Rosenberg de la Fundación Proa, Luis Pérez-Oramas del MOMA, Marcelo Mattos Araujo de la Pinacoteca de San Pablo y Rodrigo Moura del instituto Inhotim - Brumadinho, entre otros, junto a Costantini y Marcelo Pacheco, curador en jefe del Malba. Los departamentos de Literatura, Cine y Educación se pliegan al festejo con actividades diversas y la entrada al Museo será gratuita hasta fin de mes.

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